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José Antonio Montano

Contra el mangalarguismo

«Todo mangalarguista es un delincuente, cuyo delito, además de contra la estética, lo comete contra sí mismo»

Opinión
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Contra el mangalarguismo

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Se ha adelantado el verano y ya pueblan nuestras ciudades (¡y playas!) esos esforzados de la ruta estival que son los mangalarguistas con orugamiento. La misma manga larga que eligieron ponerse, porque alguien les dijo que la camisa de manga larga en verano es elegante, ahora se la recogen por el antebrazo como una oruga que trepa. 

El resultado es ese flotador de tela que llevan enroscado en cada brazo, pulserones flácidos, torpes floripondios que acarrean como quien acarrea una vida equivocada. Y encima se les desmenuza con frecuencia, alfombrillas en cascada o capirotes sin cartón, quedando una cosa como de bata de cola de folclórica arrastrándose por el mundo: infame aleteo de grajos en los alrededores del codo, sin poderse desprender.

Todo mangalarguista es un delincuente, cuyo delito, además de contra la estética, lo comete contra sí mismo; y cuya pena, por cierto, es su propia comisión: esos rostros congestionados por los calores, esos brazos impotentes a los que se les ha encasquetado el papelón; por no hablar del sudoroso pelo (¡las guedejas pringosas!) o la brillosa calva, y los goterones por las patillas y el cogote encharcado. El mangalarguista es un eccehomo veraniego, lacerado por las consecuencias de su error. Y yo me troncho cuando va tan erguidito (¡siempre va tan erguidito!) porque, por obedecer servilmente a la dictatorial etiqueta (¡menudo aristócrata: suele presumir de aristócrata!), se percibe a sí mismo como ejemplo de buen gusto.

Yo lo hubiera dejado ahí, como regocijo íntimo que no hace escarnio, como diversión privada para cuando me cruzo o me encuentro con mangalarguistas. Pero, como suele suceder con los perdidos, resulta que son unos inquisidores. La tienen tomada con nosotros los mangacortistas, contra los que están en campaña permanente: haciendo mofa de nuestro gusto y cuestionando nuestra elegancia. Por eso había que pasar al contraataque.

La camisa de manga corta, además de lo fresquita que es (¡se va en volandas con ella por el verano!), responde a una virtud tanto estética como intelectual: la de la admirable simplicidad. Como Guillermo de Ockham, no multiplica los entes innecesariamente; en este caso, los entes de tela. La famosa navaja del filósofo se aplica aquí al corte y confección: no permite los enredosos silogismos escolásticos por encima de la muñeca y evita con un tajo preventivo los repliegues churriguerescos que hacen del brazo humano una aparatosa columna salomónica. Como sentenció el límpido arquitecto Adolf Loos, «ornamento es delito». Y, lo apunté antes, orugamiento también.

No es casualidad que el exquisito José Carlos Llop cite el mangacortismo como elemento civilizatorio esencial en su poema ‘Civilización’, incluido en Mediterráneos. Tras repasar unos cuantos, concluye: «Al fondo, la invención de los afectos, / que nos hace sentirnos menos solos, / y una camisa de verano, azul pálido, / de manga corta y con bolsillo».

Lo repulsivo del mangalarguismo es su movimiento de ida y vuelta, la voluta inútil: el mangalarguista se pone la manga larga para luego subírsela, coaccionando el tejido de un modo que hubiera aborrecido Heidegger. Es un bajar y subir innoble, retórico, cabriolesco, que se desdice en su decir y se complace en exhibir su error. Hay un anhelo culpable de la manga corta, contra la que se carga desde el engrudo artificiosamente creado.

El energuménico mangalarguista no ceja. Sus pontificaciones se internan en territorio mangacortista, que trata de dividir con una casuística por la que sí serían permisibles la guayabera y la camisa de manga corta con palmeritas, que te hacen hípster. Pero el mangacortismo es uno y el mejor héroe mangacortista es el que, en efecto (¡ideal estético subversivo!), parece un jubilado.

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