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Ricardo Dudda

La trampa de la moderación

«Se produce una paradoja: hay que resultar moderado sin resultar irrelevante»

Opinión
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La trampa de la moderación

El presidente de la Junta, Juanma Moreno. | Europa Press

El votante medio es moderado. Es el famoso indeciso, poco politizado, que no tiene claro el voto hasta última hora. Quizá no es simplemente una cuestión de temperamento o ideología; es más un sano desinterés por las rencillas políticas diarias, por la política como reality. Los partidos políticos están sumergidos en una deriva autorreferencial, endogámica, y el votante que necesitan, que es el mayoritario, no tiene ni idea de la última declaración viral de determinado diputado en el Congreso (a la gente le importa la inflación, no Pegasus o los tuits de Gabriel Rufián).

En tiempos de polarización, la alternativa moderada quizá resulta atractiva, pero a menudo tiene un problema comunicativo. Si eres moderado y no eres el incumbent, el que ostenta el poder y tiene toda la infraestructura comunicativa y las instituciones a su servicio, te cuesta colocar tu mensaje. El ruido siempre tiene mejor prensa. A algunos partidos, el ruido es lo único que les queda y lo único que tienen. ¿Qué gestión puede vender Vox? Unidas Podemos tampoco puede vender mucha, teniendo en cuenta que su poder está en ministerios florero. Lo único que les queda es la guerra cultural-mediática y llamar la atención. La peor muerte política es la irrelevancia, porque es más lenta que la caída en desgracia o la muerte reputacional. Cuanto más irrelevante es, más ruido hace el político.

En la búsqueda del votante moderado, y lo estamos viendo ahora que entramos un ciclo electoral eterno (que empieza con las elecciones andaluzas y culminará el año que viene con las generales), se produce una paradoja: hay que resultar moderado sin resultar irrelevante. Hay que hacer ruido para que te vean, pero no el suficiente para verte sumergido en la deriva populista y polarizadora.

En general a quien tiene poder le resulta más fácil alcanzar este equilibrio. Están los ejemplos de Yolanda Díaz, con su discurso sentimental sobre los cuidados y una economía de las personas desde el Ministerio de Trabajo, y Juanma Moreno, que busca alejarse todo lo posible de Vox y vender exclusivamente su gestión en la Junta de Andalucía de cara a las elecciones del 19 de junio. Pero para los partidos sin cartera o sin poder, el problema es casi irresoluble: si no gritas o haces un zasca, el clip sobre tu intervención en el congreso no será viral ni aparecerá en los medios. A veces funciona el moderado que lanza una reprimenda a los polarizadores que ensucian todo; es el diputado profesoral que recuerda a «sus señorías» que si están ahí es para servir a los ciudadanos. Pero en general el moderado es un poco el que nunca consigue hacerse oír por encima del ruido.

La deriva polarizadora empapa todo, incluso al que aparentemente no debería tener incentivos para entrar en ella. El que está en el poder vende su gestión y tiene el aparato comunicativo más poderoso para venderse. Sin embargo, acaba cayendo en la trampa polarizadora por miedo a la irrelevancia, a que solo con su gestión y sus ideas no sea suficiente para conservar el poder. Es lo que le está ocurriendo al Gobierno en las últimas semanas, de cara a las elecciones andaluzas: no sabe cómo movilizar a su electorado y ha decidido entrar en el juego sectario contra Vox. Y al partido de ultraderecha le encanta que bajen al barro.

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