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Esperanza Ruiz

La ley de Magaluf

«Nos cuentan que la invasión de Ucrania ha supuesto un renacer de eso que llaman ‘valores europeos’. Yo no lo creo»

Opinión
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La ley de Magaluf

Ingleses en Magaluf. | Europa Press

En la recta final de una adolescencia que convivió con la mugre y el invierno del grunge, unos grandes almacenes anunciaban, además de lo suyo, el ruido del cortacésped y el ritmo de la noche. La primavera venía forrada en carpetas con fotos de Albert Delègue que se apretaban fuerte contra el pecho. No había más barrera que el niki. O eso creíamos con la ingenuidad de nuestros quince años. 

Casi tres décadas han pasado desde entonces. Delègue dejó un bello cadáver, culpa del sida; los ritmos de la noche siguen ahí aunque añoremos otros, más antiguos; y los grandes almacenes continúan con lo suyo: anunciar la primavera. Sin embargo, no hay institución que inaugure oficialmente el verano. 

El estío que proclaman las jugueteras o los hípsters bebiendo cerveza a orillas del Mediterráneo no es fiable. Llega a contratiempo. Nunca ha habido manera de calcular con exactitud cuándo quitarse el sayo. De predecir ese momento en el que tu compañero del departamento de Servicios Generales dirá, con solemnidad, que ya le huele el culo a playa. Pero eso era antes.

Y es que no contábamos con Albión, cuna del progreso, para salvar (una vez más) a los pobres salvajes del sur de Europa. Después del sándwich de pepino, la moqueta, el papel pintado con flores de lavanda sobre fondo amarillo, la arquitectura brutalista, la cerveza templada y la democracia liberal, vuelven a ser pioneros. Han creado una nueva unidad de medida: el balconing. Todavía no forme parte de los «Exchequer Standards» de 1826, pero todo se andará. El balconing, basado en las «Leyes de Magaluf», indica el momento preciso en que da comienzo la temporada estival, lo avanzado de la misma y lo recaudado por la hostelería patria.

La primera ley de Magaluf es simple: el día que el primer turista inglés tatuado, de entre 18 y 27 años se lance, ebrio, desde la terraza de su habitación en el hotel Beach and Sand (4* todo incluido) con la intención de amerizar en la piscina, aun no alcanzando ésta, será considerada fecha oficial de inicio del verano. La segunda ley es algo más compleja y opera de la manera siguiente: el número de criaturas que practica balconing («N»), multiplicado por el número de semanas desde que se produjo el primer lanzamiento («S»), arroja un índice al que debe aplicarse el coeficiente reductor  «0,90». Así evitamos la distorsión que elementos germánicos o escandinavos pudieran provocar en el cálculo «(NxS)x0.90». Si el resultado es inferior a 6, el verano ha sido flojo o está comenzando. Entre 6 y 9, la cosa está entre la normalidad y un estío avanzado o prometedor. Por encima de 9 nos enfrentamos a algo parecido a un rito británico de inmolación que, por lo menos, deja algo de dinero a la hostelería, las aseguradoras y las arcas públicas.

Personalmente, creo que hemos sido engañados por Albión. De ahí su perfidia. Nos han vendido una Inglaterra aristocrática de buenos modales, palacetes y campiña; cuando en el fondo es más una isla gris de banana flats, packed lunchs y pubs de dudosa higiene. Es más Phil Daniels que Edward Fox. Ni siquiera el famoso «corte inglés» es suyo, sino la obra de un holandés y un escandinavo que abrieron una de las sastrerías más conocidas de Savile Row.

No es por enmendar la plana a Don José Ortega y Gasset, o a Pérez-Reverte, pero no sé qué Europa solucionaría el «problema» que es España desde la época de Indibil y Mandonio. Seguramente no la del hotel Beach and Sand (4 estrellas, todo incluido). Tampoco la que, pesando cuarenta kilos en mojado y sin motivo alguno, se desgañita delante de un micrófono en la Torre de Babel bruselense o practica la «danza interpretativa» (auspiciada por Macron) en los pasillos de su parlamento.

Nos cuentan que la invasión de Ucrania ha supuesto un renacer de eso que llaman «valores europeos». Yo no lo creo. A no ser que a la servidumbre, el suicidio económico y al control de la vida privada puedan llamársele «valores». La intoxicación de un think tank o los sueños húmedos salidos de algún despacho lúgubre entre Francia y Alemania, por mucho que sea mandanga de analistas y plumillas que jaman de ese rancho, no responde a ninguna realidad. 

Gente poco sospechosa de darse a eso que los cursis llaman «repliegue identitario» ha criticado las performances del Parlamento Europeo. Y con razón. Como lo de Magaluf, son el enésimo síntoma de algo en fase terminal, pero lo más importante es que no han debido caer en lo ridículo que queda poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias. Otra unión alrededor de los auténticos valores europeos, de los que España fue punta de lanza en su momento, quizá sea posible algún día. No hagan ni puñetero caso de aquellos que lloran porque hubieran querido para nosotros la falsa luz de la guillotina y de una mentalidad usurera, esclava y egoísta. Eso termina en el gulag o en el hotel Beach and Sand (4 estrellas, todo incluido). Fuimos civilización frente a ídolos y espejismos, pero todavía quedan las brasas. Nunca se sabe qué o quién podría reavivarlas. Es lo que les jode, y yo me alegro.

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