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Antonio Caño

El rey Juan Carlos en la España actual

«El rey emérito es el pasado y como tal hay que tratarlo»

Opinión
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El rey Juan Carlos en la España actual

europa press

De todas las lecciones que deja el escándalo desatado por la presencia en España del rey Juan Carlos, la que me resulta más inquietante es lo que este asunto nos dice sobre la incapacidad de nuestra sociedad de asumir la historia, debatirla con serenidad y encajarla en nuestra realidad, como no puede ser de otra forma.

De acuerdo con la opinión publicada, aunque me temo que en este caso no coincida con la opinión pública, España se ha dividido en dos mitades. Por un lado, están quienes creen que la conducta de don Juan Carlos en los últimos años es una afrenta a los ciudadanos, una vergüenza para nuestro país, y que merece por ello desprecio eterno y condena permanente a la ignominia, ya que no ha podido ser a la cárcel. Por el otro, se encuentran los que consideran que cualquiera de los errores cometidos por el anterior monarca palidecen ante la grandeza de su obra anterior, por lo que no merecen siquiera ser tenidos en consideración. Se presentan estas versiones como irreconciliables, cuando, en realidad, no lo son tanto.

Descartando a quienes, de forma ostensible, utilizan los fallos del rey emérito para crear el caldo de cultivo contra la Monarquía, que son los líderes de algunos partidos de la izquierda, incluidos miembros del Gobierno, hay muchos ciudadanos sin un interés político determinado que comparten la visión de que don Juan Carlos ha dilapidado su prestigio y, cuando menos, merece el retiro en deshonor. Al mismo tiempo, dejando de lado los que en la derecha saltan como un resorte en defensa del anterior monarca cada vez que oyen un ataque contra él, existen ciudadanos comunes que consideran injusto olvidar la contribución que hizo en el pasado.

Estos son los dos puntos de vista que es necesario conciliar para situar al rey Juan Carlos en el espacio de la historia que le corresponde, sin dramatismo ni alboroto. El rey emérito es el pasado y como tal hay que tratarlo. El pasado puede ser a veces demoledor y lacerante, como comprobamos con frecuencia en España. Pero es el pasado, no lo podemos cambiar ni afecta a nuestras vidas. El pasado es nuestro, irremisiblemente, es de todos. Aunque no nos guste, lo compartimos; nadie puede desprenderse de él ni esconderlo tras una pared ni atribuírselo a los demás. Pelearse por el pasado es propio de pueblos irracionales y tercos.

El rey Juan Carlos es sólo uno más de una larga lista de líderes políticos en todo el mundo que, a lo largo de toda la historia, incurrieron en franca contradicción entre los méritos de su gestión y la falta de virtud en su vida personal. Se me vienen a la cabeza media docena de grandes personajes de la política de Estados Unidos, Francia o Inglaterra que se encuentran en situación similar. Cada uno lo va resolviendo de la forma que puede, de manera que se cause el menor daño. Si es preciso, se les juzga; si corresponde, se establece un círculo sanitario a su alrededor. Y, en todo caso, se coloca su busto en el salón de próceres de la patria y se crea la biografía oficial más favorable posible, por el bien de todos, es decir, por el bien de la imagen del país y de las generaciones venideras. No me imagino yo que quien estudie en el futuro el papel de John F. Kennedy encuentre destacados de forma prioritaria sus devaneos amorosos.

Puede argumentarse que, al tratarse de un rey, que no está sometido al veredicto de las urnas, su ejemplaridad es mucho más exigible que en el caso de un político electo. Cierto. Pero es que el rey del que hablamos tomó la decisión correcta de abdicar en el momento en que fue consciente de que ya no era ejemplar, y lo hizo en una persona cuyo comportamiento modélico no puede ser discutido ni siquiera por aquellos que buscan la menor prueba debajo de las piedras de la Zarzuela.

Don Juan Carlos acabó muy mal su mandato y su conducta es reprochable, se mire como se mire. Pero también es innegable su generosidad al acceder al trono y su visión para tomar la decisión correcta en los momentos más difíciles de nuestra democracia. No puede ser tan difícil encontrarle un lugar digno en nuestra historia, con sentido práctico y sentido común. Esta cacería es absurda, además de injusta. No sé si lo de Sanxenxo está bien o mal, pero tampoco es para tanto. ¡El rey emérito ha estado en una regatas, no en una bacanal con cocaína! Estoy convencido de que la Casa Real trata de hacer esto de la mejor manera posible para no ofender ni molestar a nadie. Puede equivocarse, pero todos tenemos que poner un poco de nuestra parte. No nos estamos jugando nada decisivo en este asunto. Ignoremos a quienes pretenden conducirnos al enfrentamiento por esto. No lo merece. Cada uno tendrá su propia opinión sobre el rey Juan Carlos y no tiene por qué cambiarla. Él, por su parte, ya ha pagado un precio considerable por sus desaciertos. Lo que ahora nos corresponde como sociedad democrática y madura es dejarle pasar sus últimos días en paz, en España o donde él y su familia decidan, anotar tranquilamente su nombre en el libro de nuestra historia y pasar página.

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