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Diogo Noivo

La mesa coja del abertzalismo

«Los condenados son ‘presos políticos’; lo de Euskadi fue ‘un conflicto’, pero se ponen exquisitos al hablar de víctimas»

Opinión
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La mesa coja del abertzalismo

El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi. | Europa Press

A principios de mes, Bildu decidió no sumarse a la declaración de recuerdo a Tomás Caballero, concejal de UPN asesinado por ETA hace 24 años. No fue la primera vez, y seguramente no será la última, en que la izquierda abertzale deniega una muestra de reconocimiento a una víctima del terrorismo etarra. Puede que ese recuerdo cause un arrepentimiento agónico que incapacite el buen juicio o, en sentido contrario, machaque el orgullo sentido por mantener ardiente la antorcha ideológica que recibió de las manos de la banda. La primera hipótesis es menos lamentable, aunque me temo que la segunda tenga mayor contenido explicativo.

Al parecer, el hecho de que la declaración presentara a ETA como organización terrorista inquietó a los abertzales. Los miembros de la banda condenados a pena de prisión por múltiples homicidios son «presos políticos», lo de Euskadi fue un «conflicto», pero se ponen exquisitos con la semántica cuando se habla de víctimas. En fin, hay mesas intelectuales tan cojas que es difícil calzarlas.

Sin embargo, algo aciertan con su objeción: ETA no fue simplemente una banda terrorista. Siguiendo al historiador Gaizka Fernández Soldevilla en su muy recomendable El terrorismo en España. De ETA al Dáesh (Cátedra, 2021), al contrario que las demás bandas en España ETA contaba con amplia cobertura político-electoral, medios de comunicación afines, un entramado asociativo especializado (jóvenes, mujeres, ecologismo, y otros), centros de encuentro social, un sindicato y un discurso que caló en segmentos no displicentes de la sociedad. Hubo incluso unas tabernas dichas del pueblo, establecimientos heteropatriarcales que conforman el lado gañán de la historia, risibles si no fuera por pertenecer a la red que impuso sufrimiento a miles de vidas. Más que una organización terrorista, ETA fue la vanguardia de un movimiento social creado a su imagen y tutelado por sus intereses. Y ese movimiento, sin el cual la banda no tendría la trágica longevidad que tuvo, hoy responde por el nombre de E.H. Bildu.

Nada tiene de durar para siempre, por lo cual hasta el abertzalismo tiene salvación. Basta con que acepte la ley democrática – el adjetivo sobra, pero coja como está la mesa, la redundancia puede ser útil. El marco legal aplicable a las víctimas del terrorismo las considera merecedoras de los derechos de memoria, dignidad, verdad y justicia. Bien es cierto que no son derechos formales sino principios que subyacen a todo el aparato jurídico. Pero su enunciación pone en evidencia el incuestionable carácter político de la violencia que se abatió sobre ellas, donde a la reparación material y al respaldo psicológico debe seguirse el reconocimiento público.

Hay muchas maneras de obtenerlo, dos con especial relevancia: un relato veraz de lo sucedido, edificado sobre hechos históricos; y la simple aceptación de su condición de víctima. A finales de 2021, Arnaldo Otegi aprovechó el décimo aniversario del «cese de la violencia» para decir a las víctimas de ETA que, de corazón, sentían – los abertzales – su dolor. Pasados todos estos meses nada ha cambiado. Y las proclamaciones inconsecuentes, por muy emocional que sea su puesta en escena, carecen de validez.

Negarle a una víctima una declaración de recuerdo contribuye a la ocultación de lo sucedido y a la destitución de su estatuto. Si a esto añadimos la escasa colaboración con la justicia, en particular para aclarar más de 300 asesinatos todavía con contornos por determinar, y los recibimientos festivos a presos de la banda, destinados a glorificar los crímenes perpetrados y menospreciar el dolor de las víctimas, de la casa abertzale ni las paredes se salvan.

Dijo el socialista Odón Elorza en el congreso de los diputados aquella inefable frase de que ETA no está aquí. Perdonada la miopía fanática de la segunda parte de la oración, que no cito por respecto al lector y porque le resta dignidad al congreso, sí es cierto que ETA ya no existe. Se disolvió para que su aparato social sobreviviera. Para que sus ideas y objetivos perduraran. Así que ahora toca elegir: si el abertzalismo desea librarse del estigma de marea social de ETA, debe empezar por involucrarse en el reconocimiento sincero y pleno de las víctimas, absteniéndose de puntillosos escapes retóricos; en caso de que se encuentre a gusto con ese legado, entonces discurre la senda que le conviene. Aunque, claro, entiendo que desde la atalaya de la dirección del Estado los incentivos al cambio sean más bien parcos.

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