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David Mejía

Corrupción presidencialista

«La corrupción económica del PP fue el motor electoral de Podemos y la corrupción presidencialista del PSOE es el motor de Vox»

Opinión
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Corrupción presidencialista

El ministro del Interior Fernando Grande-Marlaska; el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la ministra de Defensa, Margarita Robles. | Europa Press

A media mañana, terminado el Consejo de Ministros, se anunció la destitución de Paz Esteban, directora del CNI. El pretexto es el fallo de seguridad que permitió una infiltración externa en los móviles del presidente y de varios ministros; la causa es la necesidad de amansar la rabia nacionalista tras un espionaje moralmente justificado y legalmente ejecutado.

A primera hora, y desde la portada de EL PAÍS, Oriol Junqueras delineaba la jugada: estaba dispuesto «a ayudar» siempre que se depuraran responsabilidades por el seguimiento al independentismo y le dieran la garantía de que no volvería a ocurrir. Y la depuración comenzaría por quien coordinó la defensa legítima del Estado: Paz Esteban ha sido sacrificada en el altar nacionalista por hacer su trabajo. Pero a Junqueras le resulta inaceptable que el Estado español no se resigne a morir; el mensaje es claro: el apoyo de Esquerra está condicionado a la impunidad.

Todo lo que se puede decir sobre los escrúpulos de Pedro Sánchez está dicho, pero remarcaré una idea: sus intereses hace tiempo que dejaron de estar alineados con los intereses de España. Y cuando los intereses de un hombre se contraponen a los del país que gobierna, se produce una disfunción democrática de consecuencias inciertas.

Además de las lesiones institucionales, los autos sacrificiales del sanchismo provocan la ira ciudadana e incitan el ansia de respuestas vehementes. El Gobierno teatraliza el temor a la llegada de Vox mientras insiste en todas las conductas que explican su auge. Entiendo que resulta más gratificante explicar el ascenso de la ultraderecha apelando a la internacional reaccionaria o a la resurrección del franquismo, pero la causa motriz está mucho más cerca: los españoles no disfrutan viendo a su Gobierno genuflexo ante personas como Oriol Junqueras, un condenado por sedición y malversación, con un discurso sobre el expolio y la singularidad genética de los catalanes que debería estremecer a cualquier demócrata. La corrupción económica del PP fue el motor electoral de Podemos y la corrupción presidencialista del PSOE es el motor de Vox.

La semana pasada, defendí a Margarita Robles en este mismo rincón. La definía como la posibilidad de una izquierda alternativa al sanchismo, capaz de anteponer el Estado de Derecho al interés partidista; qué rápido ha corrido la realidad a desmentirme. Su permanencia en el Gobierno tras el ultimo ultraje institucional y el desprecio intelectual que mostró hacia los ciudadanos en su comparecencia («No es destitución, es sustitución») han desfigurado mi ingenuidad.

En una semana en la que el Gobierno debería arrinconar al independentismo por las reuniones de Puigdemont con emisarios rusos en la cresta del procés, que debería exigir el cumplimiento de la sentencia del 25% de castellano en las aulas de Cataluña, como ha pedido el TSJC, Pedro Sánchez vuelve a arrodillar al Estado ante sus enemigos.

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