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Enrique García-Máiquez

Los últimos mohicanos

«No es que el hundimiento de la natalidad sea un signo de los tiempos, sino que está en el mismo núcleo irradiador de estos tiempos»

Opinión
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Los últimos mohicanos

Tyler Nix | Unsplash

Cuando nos lamentamos de que en España los think tanks no funcionan como en Estados Unidos, quizá se nos olvida añadir que ese trabajo se hace aquí en el foro público, a lo socrático, en las páginas de opinión de nuestros periódicos, que se mantienen en tan buena forma reflexiva y polémica. Quizá pase lo mismo con las crónicas periodísticas, que se realizan por entregas en muchas columnas literarias. Cuando se reúnen en un libro los artículos de un autor que giraban alrededor de un tema, se ve lo que tenían de estudio en profundidad. Hay muchos ejemplos, el último y muy brillante es el libro Niños apocalípticos (Monóculo, 2022) de José María Contreras Espuny (Osuna, 1987).

El libro puede leerse como la crónica familiar del confinamiento por el coronavirus. No nos coge por sorpresa esta dimensión de cronista de Contreras, porque su primer e hilarante libro se tituló Crónicas coreanas y ya tenía un aire a Chaves Nogales, pero desmadrado. Ambos sevillanos tienen el don de la observación y de pasar de la anécdota a la categoría, y vuelta. Ahora Contreras nos narra las vicisitudes de una familia joven con cuatro hijos pequeños (sí, cuatro y todos muy seguidos) encerrados a cal y canto por el estado de alarma.

Como sabe cualquier que últimamente haya sido jurado de algún premio, el confinamiento disparó la creación literaria. Este libro no es uno más de los escritos aprovechando el encierro. Además de una prosa cuidada hasta la perfección más hilarante («Daba mis clases frente al portátil —un poco profesor, un poco narciso—»), hace el retrato de una época. Me ha pasado algo rarísimo. Yo también viví el confinamiento y también en un pueblo e igualmente con mis hijos pequeños, pero mientras leía a Contreras me costaba creer lo que yo mismo había vivido en mis propias carnes hacía dos o tres años. Aunque solo fuese por ese vertiginoso efecto de reconocimiento e incredulidad sobrevenida, ya merecería la pena el libro.

A lo Chesterton, para contar una anécdota coge una carrerilla filosófica y se va por los cerros de Úbeda o por los llanos de Osuna. Ese vagabundeo metafísico, previo al sucedido concreto, se disfruta mucho. Y al final, vuelve a sorprenderte con un requiebro moral, que uno ve que debería aplicarse: «Decidí evitar en adelante cualquier sermón que no pudiera refrendar con el ejemplo. En otras palabras, no he vuelto a dar sermones».

Pero hay otra crónica escondida que le da al libro un calado mayor. Se trata de un finísimo análisis del peligro de extinción de la especie familia española de clase media. Es el hilo rojo que atraviesa el libro. El coronavirus también ha contribuido, como dice por derecho: «porque hay cosas peores que el covid, y algunas las ha traído el virus consigo». Preocupa la asfixia económica de los jóvenes profesionales, pero también el desfondamiento del espíritu de combate. Aunque dándose por muerto, José María Contreras lo vive con un espíritu aventurero. Impera la sensación de que somos últimos mohicanos de Occidente. Ve el peligro, pero aquí lo espera. Da todas las batallas, incluso la compra de un coche nuevo, por fin, que será, claro, un monovolumen («la misma palabra es difícil de aparcar»). La pura biología se vuelve un baldón que hay que sobrellevar: «Meras tautologías del tipo ‘un padre es un padre y una madre es una madre’, pero que hacen que muchos educadores se retuerzan como si los hubieran rociado con agua bendita». Además, están los problemas reales de la convivencia estrecha. Tras una conferencia sobre vida familiar, se le acerca una asistente y le felicita: «Me has recordado a mi marido —y remachó—, el muy hijo de p…». Él tampoco se pone por las nubes: se considera «un padre decorativo, borbónico». Pero da la pelea (con las armas que tiene) por la defensa de su familia y, por tanto, indirectamente, por su «modelo» de familia. Entre risa y risa, hay una recia defensa del baqueteado amor conyugal, de la maternidad y la paternidad, que son cosas distintas, y de la mismísima fecundidad. No es que el hundimiento de la natalidad sea un signo de los tiempos, sino que está en el mismo núcleo irradiador de estos tiempos. Él lo dice al revés y más bonito: «En los tiempos actuales no puede haber reverdecimiento demográfico porque si hubiera reverdecimiento demográfico ya no serían los tiempos actuales».

No se queda en la queja. Alza el vuelo en cuanto te descuidas. De la preocupación por la muerte que el coronavirus ha inoculado en su pequeño hijo mayor, comenta lo siguiente: «Ya veremos cuando las tenga todas [las piezas del puzle de la vida] y compruebe que todavía le falta la mitad. En cualquier caso, empieza a ser el animal manriqueño que espero ardientemente que sea, pues, o se es manriqueño, o sólo se es animal. […] Mi hijo de pie quebrado». A pesar de la muerte, de la epidemia, de la extinción de la baja burguesía local, de las crisis solapadas y del vago aire a apocalipsis que reina en el ambiente, José María Contreras no se arrepiente de haber llenado Osuna de pequeños Contreritas. Porque «más vale vivir en una época con mala pinta que no haber nacido». Ese es el espíritu.

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