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Esperanza Ruiz

Comisiones horteras

«Uno puede ser un golfo. Ahora, es imperdonable que añada a lo anterior una horterez desorejada»

Opinión
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Comisiones horteras

Luis Medina. | Europa Press

Uno puede ser un golfo. Ahora, es imperdonable que añada a lo anterior una horterez desorejada. En ese pasado que nos conminan a ningunear, cuando un calavera aristocrático andaba corto de cuartos se le presentaban varias posibilidades: estafar a una compañía de seguros de manera rocambolesca; irse de cazador blanco a África, por aquel entonces llena de mercenarios, pero como subterfugio para traficar con armas; o bien intentar casarse con una rica heredera poco agraciada.

En cuanto a esto último, se conoce la historia de un conde que llegó a encargar en la sastrería el uniforme de Maestrante (o como diría Alfonso Ussía: «De portero del circo Price»). Sin embargo, en cuanto se le propuso pasar por el notario a firmar capitulaciones matrimoniales, el desafortunado se vio en la obligación de comunicar a la futura novia que un caballero español nunca podría unirse maritalmente bajo el régimen de la separación de bienes. Luego puso los pies en polvorosa y si te he visto no me acuerdo. El sastre quedó como la futura: compuesto y sin novio.

Sin embargo, hay aristócratas que no se olvidan del sastre. Aunque en épocas distintas, hubo dos que fueron destinados a morir de la misma trágica manera y, antes de abandonar este valle de lágrimas, solicitaron a sus próximos que se saldara la cuenta pendiente con el alfayate. Uno fue José Antonio Primo de Rivera, que renunció al boato social y que en una cuartilla de administración, entre otras mandas, escribió: «debo dos trajes al sastre Cid». El otro fue un líder vandeano llamado Francisco-Atanasio de Charette de la Contrie, fusilado en Nantes por la muy fraternal República Francesa. Era conocido por su bravura y estilo flamígero en el campo de batalla. Siempre se le retrató con un sombrero tocado de plumas exóticas parecido al de Rackham el rojo. Al haber sido oficial de la Marina Real y atravesado medio mundo para servir en la Polinesia, gastaba un aro en el lóbulo y utilizaba el sable de servicio. El escapulario con el Sagrado Corazón (Dieu et Roi) venía de serie. Sé que es pecado contra la democracia, pero con estos mimbres dan ganas de hacerse «reaccionario» (o lo que algunos entendidos quieran decir por tal cosa).

De hecho, esto último me recuerda a una escena de Patrimonio Nacional, la tercera película de la saga berlanguiana dedicada a la imaginaria, noble y malograda familia Leguineche. José Luis López Vázquez encuentra en una de las estancias del Palacio de Linares un dolmán de húsar y pregunta a Luis Escobar si lo puede utilizar en alguna recepción regia. Éste, socarrón, le responde que eso es un disfraz y que al no ser Príncipe de la Iglesia, militar o caballero de ninguna orden, irá de chaqué: «Como todo el mundo». La respuesta de López Vázquez no se hace esperar: «¡¿De chaqué?! ¡¿Como un diputado?!» Y es que ante la planicie con levita, es normal preferir cierta hidalguía.

Es precisamente la hidalguía, entendida como el honor de respetar el sacrificio o esfuerzo de quienes nos precedieron, lo que le ha faltado a alguno en el asunto de las comisiones cobradas al Ayuntamiento de Madrid. Ya saben: lo de la adquisición de material sanitario al inicio de la crisis del covid. La nobleza de sangre, esa con la que he comenzado estas líneas, estaba, pero faltó la del espíritu. Porque si aquella sólo existe para servir de comparsa a los delirios de un gran hortera en una relación simbiótica, ¿qué altura tiene? Si es un mero apunte en un registro del Ministerio de Justicia, ¿para qué sirve? Si no se ha entendido que debes tu vida de regalo al esfuerzo de tus antepasados, de los que deberías imitar el ejemplo en la medida de tus posibilidades, ¿por qué deshonras su memoria?

Desde hace tiempo sabemos que las antiguas élites ya no son ni el reflejo de lo que fueron. En cuanto olvidaron su sentido trascendente y confundieron el fin con los medios, se unieron al mundo y se transformaron en aquello mismo que despreciaban. El dominio de ciertos códigos tenía sentido cuando eran herramientas utilizadas entre iguales que civilizaban o servían de ejemplo. Hoy son meros instrumentos que juzgan la idoneidad de pertenencia al grupo, pero sin ninguna otra finalidad. Señalar el lugar que debe ocupar un individuo dentro de un sistema sin pulso no tiene interés, pero es lo que le queda a la nobleza descastada.

El gentilhombre ha sido reemplazado por el globo stultus homo (gilipollas global): un mero consumidor de símbolos de estatus. Él consume, porque existe a través de una serie de fetiches que cree le elevan, cuando es todo lo contrario. En nuestra época, el envoltorio es aspiración en casi todos los ámbitos. Ahí tenemos el caso del tal Luceño, o de Óscar Puente. Pero los haigas, embarcaciones y pelucazos pueden acabar poniendo en situaciones difíciles a más de uno. Saber el lugar que debe ocupar lo superfluo en la vida es todo un arte. Algo sobre lo que los «marqueses» a caballo de la Castellana (realmente había sólo un conde) podrían dar alguna lección al sheriff de Valladolid, al tal Luceño o quizá al propio Luis Medina, que igual necesita un curso de refresco.

Las comisiones son legales en el Derecho positivo, nadie lo discute, pero todavía es necesario que se ganen honradamente. Es decir, ofreciendo una contraprestación que esté a la altura de las circunstancias. De todas maneras, este episodio es muy útil para educar al ciudadano medio en «cultura financiera» (esa obsesión del liberalio medio). Yo no lo necesito porque a mí ya me instruyó alguien que se dedicaba a hacer modelos matemáticos predictivos para el sector. Les cuento mi primera lección: «Imagina un conducto por donde pasa un flujo dinerario con cierta presión. Todo el secreto consiste en encontrar dónde agujerearlo para que puedas poner el cazo»…

Y luego que si apostar por la primacía de la economía real y el valor trabajo es populismo. Pues así estamos.

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