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Félix de Azúa

Las notas de un espectador: mejoramiento

«Aquel resto de represión eclesiástica y de cutrerío franquista se ha transformado en uno de los más brillantes espectáculos del mundo»

Opinión
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Las notas de un espectador: mejoramiento

Manuel Balles (Europa Press)

Hay qué ver cómo ennoblece el turismo las cosas más plebeyas. Este fenómeno de masas que ha ido creciendo como un cáncer y que ha llegado a la metástasis está a punto de convertirse en una de las bellas artes. Todo empezó hace ya medio siglo cuando el ocio y el alcohol torturaban a los trabajadores que estaban empezando a dejar de ser trabajadores para convertirse en empleados. Las vacaciones pagadas, aquel invento inglés que transformó el mundo laboral del siglo XIX, necesitaban una vuelta de tuerca. El asunto era muy sencillo: ¿qué hay que hacer para que mientras los empleados se dedican al ocio nosotros, los empresarios (que aún no se llamaban «emprendedores»), sigamos ganando dinero? Porque lo inadmisible era que los trabajadores no trabajasen y los capitalistas no ganaran dinero. Ese era un mundo incomprensible incluso para mentes barbadas en el catecismo marxista.

La solución fue un invento genial: vamos a hacer que los empleados sean cada vez más dichosos durante sus vacaciones y de ese modo les podemos chupar los ahorros del año incrementando, cada vez de un modo más imperioso, su felicidad. Así empezó una industria, la ingeniería de la felicidad, que ha ido venciendo a todas las demás y que en este momento domina por completo el mundo occidental. Y lo que es aún más grave, ya ha abierto oficinas en el mundo oriental.

Al principio causaba estupor ver cómo crecían unas gigantescas setas de hormigón en lugares hasta entonces virginales, como las calas mallorquinas. Luego las sevicias arquitectónicas se expandieron por enclaves exóticos y casi desérticos como el pestilente conjunto de miserias llamadas «El Algarrobico». Se había producido la confluencia del capital industrial y la codicia política. Y si siempre se había llamado al nefasto rascacielos urbano «la torre del concejal», ahora ya era «la playa del alcalde» o «la isla del consistorio». Es muy recomendable leer La España Fea de Andrés Rubio (Debate) donde se analiza con inteligencia y conocimiento esa lepra de España.

Sin embargo, al tiempo que se arrasaban lugares excepcionales, también se ennoblecían otros por los que nadie habría dado un duro hace cincuenta años. El caso máximo es Benidorm, un cañizal lúgubre, unas dunas de secarral, que se transformaron en el Shangai o en el Dubai europeo. Un arquitecto superviviente de la generación de las estrellas, Óscar Tusquets (que acaba de publicar Sin figuración, poca diversión en Tusquets), es uno de los mejores defensores de aquella termitera gigantesca donde se guarecen cada año cientos de miles de personas en busca del sol, el calamar frito, el tinto de verano y la copulación.

Y ya que estamos, permítanme ustedes que les hable del último y para mí más admirable ennoblecimiento. Durante toda la vida y hasta hace veinte años los así llamados progresistas teníamos a la Semana Santa como el Museo de Cera del franquismo. Llegaron los socialistas al poder en Andalucía y de las diez o doce cofradías que existían en Sevilla pasaron a cincuenta o a mil, que ya nadie sabe cuántas hay. Esta explosión de procesiones se convirtió pronto en un espectáculo asombroso y es hoy un fenómeno mundial que ya nada tiene que ver ni con la religión, ni con la Semana Santa, ni con Sevilla. Es un estallido telúrico, un fenómeno como el del volcán canario, algo que surge de las profundidades de la tierra y produce efectos ígneos, ríos de lava, lluvia de cenizas, sobre los millones de visitantes que contemplan el cataclismo sonoro y visual derramando lágrimas de verdadera emoción. Aquel resto de culpabilidad católica, de represión eclesiástica, de cutrerío franquista, se ha transformado en uno de los más brillantes espectáculos del mundo. Sólo espero una buena imitación china.

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