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Juan Carlos Laviana

¿Periodismo ciudadano?

«Para aproximarnos a la verdad, ¿qué fotografiamos? ¿Las estanterías llenas o las vacías?»

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¿Periodismo ciudadano?

Supermercado en Cáceres. | Xinhua News

La pasada semana proliferaron las imágenes de estanterías vacías. Se convirtieron en icono de una situación terrible que, por inusual, suena a épocas o lugares remotos. Mostraban el desabastecimiento. De una forma anárquica y sin sentido alguno, se echaron de menos en nuestros supermercados, sobre todo la leche, el café descafeinado, el arroz, las pastas, y, cómo no, la estrella de todos los desabastecimientos: el papel higiénico.

Cualquiera que haya ido al supermercado en esos días aciagos, habrá podido ver con sus propios ojos las aterradoras estanterías vacías. En cuanto esas imágenes aparecieron en los periódicos y las televisiones, una legión de practicantes del llamado periodismo colaborativo se apresuró a desmentirlo. Se apresuró a enseñarnos las estanterías a rebosar de los supermercados, casualmente justo debajo de su casa. Allí, aseguraban  orgullosos de su pueblo, no faltaba de nada.

Cualquiera diría que lo que se libraba era una batalla informativa. Las estanterías llenas o vacías eran las mismas para unos y otros, pero las enseñaban de distinta manera. Se enfrentaban, en fin, quienes intentaban imponer su visión de las cosas contra quienes intentaban informar,  sin más intención que la de mostrar la realidad, con todo lo difícil que resulta  atrapar la realidad.

Como resulta imposible tomar una instantánea de un supermercado entero, en la que se aprecie con detalle qué falta y qué no, surge la gran pregunta. Para aproximarnos a la verdad, ¿qué fotografiamos? ¿lo lleno o lo vacío? No caben términos medios. Con la lógica de un periodista, fotografiaremos lo vacío. Lo lleno no es novedoso. Es lo habitual que los productos estén en su sitio. Suena a Perogrullo, pero la obligación del periodista es contar lo novedoso, lo noticioso, no conformarse con lo normal.

Nada más aparecer publicadas las primeras fotografías de los insólitos huecos, se oyeron los indignados gritos de guerra. Esto es cosa de los periodistas. Esto es cosa de la prensa que se dedica a alarmar. Sacan lo que les interesa. Negando así la evidencia de que las estanterías estaban, vacías o medio llenas o como se quiera, tal y como demostraban las imágenes. Sólo faltaba decir que, en un descuido, el periodista se había dedicado a vaciar estanterías para lograr una imagen más efectista.

Las redes –las dichosas redes- se convirtieron una vez más en el cadalso de la prensa. Como es sabido, hay una inquina ancestral a los portadores de malas noticias o simplemente a los portadores de las noticias que no nos convienen. ¿Qué intención tenían aquellos que nos mostraban las estanterías llenas, presumían de no carecer de nada y, además, culpaban a sus vecinos de acaparadores, atribuyéndoles la responsabilidad de los  desabastecimientos? No puedo imaginar otra intención que la de hacer creer que la tan discutida huelga había sido un fracaso.

Estamos acostumbrados a que los españoles nos partamos en dos bandos ante cualquier acontecimiento. Al de que se trata, que me opongo. Ya sea por la linde del vecino, las medidas contra una pandemia, o quién lleva razón en una guerra. Lo que no estamos tan acostumbrados es a que esas disputas sirvan de espectáculos propios de la arena romana, amplificados en impunes redes sociales, platós de televisión convertidos en pistas de circo y estudios de radio imposibles de insonorizar.

Esto ocurre cuando dejamos la información en manos de aficionados. Es como si el pastor encomendara a los lobos la vigilancia de su rebaño. Hemos dejado algo tan esencial como la información no ya sólo en manos de aficionados, sino de espontáneos, con intereses espurios y fáciles de manejar.

Recuerda Xavier Pericay en su pequeña joya Las edades del periodismo una muy significativa cita al respecto. Corresponde al año 2008, cuando internet aún estaba en mantillas y un año antes de la invención del teléfono llamado inteligente. El acierto corresponde a Arcadi Espada, quien advertía, «ante el advenimiento del llamado periodismo ciudadano, de la ‘gran novedad’ que implicaba  el uso periodístico de internet, por personas que no son periodistas (…) el acceso directo de la fuente al medio».

Estamos, debemos reconocerlo para no negar el problema, en un momento de gran desprestigio de la prensa. Y no digo tradicional, porque la prensa no necesita adjetivo más allá de buena o mala. Pero, sobre todo, padecemos un problema de autoestima –quién nos lo iba a decir a los periodistas-, de falta de fe. Basta con ver las campañas de desprestigio, las acusaciones de alarmismo, servilismo, amarillismo y un infinito rosario de ismos. No estará la prensa tan en crisis cuando algunos políticos se apresuran a tomar posiciones estratégicas en tribunas desde las que influir. Es más, hay todo un exvicepresidente del Gobierno que presume de tener más influencia ahora desde los medios, de la que tenía en el mismísimo Palacio de la Moncloa. Sus dos millones y medio de seguidores en redes sociales no deben de ser suficientes.

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