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Velarde Daoiz

Mascarillas y petróleo

«Recomendaciones, siempre bienvenidas. Obligaciones y prohibiciones, cuantas menos, mejor, gracias. Que a estas alturas nos conocemos ya todos demasiado»

Opinión
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Mascarillas y petróleo

Tráfico en Madrid. | Carlos Luján (EP)

Hace menos de una semana, la Agencia Internacional de la Energía (IEA) emitió un documento llamado Plan de 10 puntos para recortar el uso del petróleo. El texto nace ante las tensiones del mercado que han incrementado el precio del petróleo hasta niveles superiores a 100$/barril, que la IEA prevé que pudieran acercarse al récord histórico de 150$ de 2008 durante el momento punta del verano de 2022 (el momento de mayor utilización del transporte en las economías avanzadas del hemisferio norte). El objetivo declarado del plan es conseguir una reducción significativa de la demanda de petróleo en el corto plazo, dado que el lado de la oferta está dominado fundamentalmente por la OPEP, y no se ven signos claros de que haya voluntad o capacidad a corto plazo de lograr un incremento suficiente de la misma que pueda reducir las tensiones en las cotizaciones actuales del precio del crudo. Además, la IEA ve probable o al menos posible que parte de los suministros rusos al mercado global (del que es el tercer productor y primer exportador mundial) pudieran reducirse sustancialmente. 

Teniendo en cuenta que la mayor parte de los países de economías desarrolladas son miembros de la IEA, que la demanda de petróleo de esos países es casi la mitad (el 45%) del total global, y que por el mero hecho de pertenecer a la IEA los países miembro tienen la obligación de tener unos planes de contingencia para emergencias que incluyan la reducción de la demanda, el plan se centra en acciones que puedan ser adoptadas por los países miembros con rapidez, antes del verano de 2022. 

Aunque la IEA no incluye en su documento las hipótesis y cálculos numéricos que lleva a las reducciones que predice y que supondrían una reducción de la demanda de 2,7 millones de barriles de petróleo diarios (apenas un 3% de la demanda global y poco más de un 5% de la demanda en países avanzados), paso a continuación a mencionar el contenido de esas propuestas:

  1. Reducir los límites de velocidad en carreteras y autopistas en 10 km/h. Según la IEA, esto ahorraría en las economías avanzadas 290 kb/día, a los que habría que añadir otros 140 kb/día si la reducción se aplicase también a vehículos de mercancías. Sin ver la fuente de los datos ni las hipótesis de cálculo, no puedo juzgar la precisión del resultado final. Lo que casi con certeza sí puedo afirmar es que la IEA no ha considerado el posible impacto en pérdidas de productividad: si los transportes de mercancías, los trayectos por autopista o carretera a y desde el trabajo o los muchos viajes de representantes comerciales se alargan, habrá algún tipo de impacto negativo en la productividad de esos transportes o trabajadores. También sospecho que el cálculo estará realizado asumiendo que los vehículos en efecto cumplen al 100% con la nueva regulación.
  2. Teletrabajar tres días por semana en aquellos trabajos en que eso sea posible. La IEA asume que uno de cada tres trabajos puede realizarse a distancia, y que cerca de 2,7 millones de barriles diarios en las economías avanzadas se consumían antes de la pandemia entre idas y venidas a y desde los centros de trabajo, de los que con esta acción podrían reducirse alrededor de 500 kb diarios. De nuevo, como no he podido (o sabido) acceder a la fuente de los cálculos, no sé si tienen en cuenta que actualmente los viajes a los centros de trabajo están en niveles sustancialmente inferiores a los de 2019. El teletrabajo total o parcial ha venido para quedarse. Tampoco sé si han tenido en cuenta que el éxito futuro del trabajo remoto dependerá mucho de las regulaciones laborales de cada país: si al empleador fomentar el teletrabajo le produce costes, pérdida de control o productividad y no tiene facilidad para revertir la medida o finalizar la relación contractual con los trabajadores poco productivos «a distancia», difícilmente lo promoverá activamente. Y, si para el trabajador trabajar desde casa supone trabajar más horas, tener sobrecostes o un peor equilibrio entre su vida personal y su vida laboral, tampoco preferirá trabajar desde su casa a desplazarse al centro de trabajo.
  3. Ciudades sin coches los domingos. Simplemente cerrar las ciudades para su acceso por coches y camiones reduciría la demanda de petróleo, según la IEA, en cerca de 400kb diarios.
  4. Reducir el coste del transporte público, e incentivar los viajes a pie, en patinete o bicicleta mediante subvenciones a su compra y la construcción de carriles bicicleta o peatonales específicos, podría reducir el consumo de crudo en más de 300 kb diarios.
  5. Restringir el acceso de coches a las ciudades según su matrícula sea par o impar. Es decir, que si tienes matrícula par no puedas desplazarte a la ciudad en vehículo privado nada más que tres días por semana. Aunque la propia IEA admite que esta medida pronto favorecería a los ricos, que podrían tener dos vehículos, y que los menos favorecidos estarían más afectados, no le da mayor importancia y propone mitigar esos efectos reduciendo el coste del transporte público e incentivando el compartir vehículo. El ahorro con esta medida sería de unos 200 kb/día, y los autores dicen haber tenido en cuenta en ese número el posible efecto de los ricos con vehículos con matrícula par e impar y el hecho de que los viajes de los coches el día que «se pueden conducir» podrían ser más largos para realizar más tareas de las habituales.
  6. Introducir el vehículo compartido y adoptar prácticas de reducción de combustible. Construcción/dedicación de carriles para vehículos de alta ocupación, reducción de peajes a vehículos compartidos, o promoción de aplicaciones tipo Bla Bla Car buscarían incrementar el número de pasajeros por vehículo. Fomentar la revisión frecuente de neumáticos (que ahorraría según la IEA el 1,5% del consumo de carburante, en este momento y en España cerca de dos euros por depósito) o subir el termostato del aire acondicionado en verano tres grados (que ahorraría alrededor del 5% de carburante durante los meses de verano) fomentarían la reducción del consumo. En total y según el informe, estas medidas reducirían la demande de crudo en cerca de medio millón de barriles diarios.
  7. Promover la conducción eficiente en vehículos de mercancías, mediante campañas para promover una conducción más ecológica y vigilar la presión adecuada de los neumáticos, produciría una reducción de la demanda superior a 300kb diarios, según la IEA. Por haber trabajado en mi vida laboral en contacto con clientes de este tipo de flotas, y sin descartar que se pueda mejorar algo, por la cuenta que les trae la mayor parte de los transportistas, prestan atención máxima a esos detalles. El consumo de carburante representa una parte enorme de sus costes variables, y la mayor parte de ellos monitorizan el consumo de cada conductor individualizadamente y chequean la presión de los neumáticos antes de cada viaje.
  8. Utilizar los trenes de alta velocidad y los trenes nocturnos como alternativa al avión. Cita el ejemplo de Francia y su prohibición de vuelos si existen alternativas de menos de 2,5 horas para los trayectos. La propia IEA admite que el potencial ahorro es muy modesto, de apenas 40 kb/día, es decir menos del 0,1% de la demanda de petróleo de los países avanzados.
  9. Eliminar los vuelos de negocios si existe otra alternativa, como las reuniones virtuales. La IEA estima en más de 250 kb diarios la reducción de demanda producida por esta medida (de nuevo, y al no haber sido capaz de acceder a las hipótesis de cálculo, no puedo saber si se refieren al periodo prepandemia o si hablan de reducción respecto a la demanda actual, aunque en teoría debe de referirse a esto último.
  10. Reforzar la adopción de vehículos eléctricos y más eficientes. En particular, y ante la crisis logística de semiconductores y repuestos, la IEA propone dar máxima prioridad a estas entregas para que los vehículos eléctricos puedan estar en la carretera cuanto antes. Asimismo, propone penalizar vía impuestos la venta de vehículos más contaminantes y favorecer (se supone que mediante subvenciones o rebajas fiscales) la venta de vehículos eléctricos. Según sus cálculos, esta medida puede producir un ahorro a corto plazo de 100kb/día.

En definitiva, una mezcla de prohibiciones, acciones de promoción, recomendaciones y prácticas de buen uso para reducir la demanda de petróleo con rapidez. Lo que, según la IEA (y el sentido común), debería llevar a una contención del precio del crudo, sacudido actualmente no solo por la guerra de Ucrania, sino por las súbitas «paradas y arranques» de la economía global debidas a las medidas para contener la covid (paradas y arranques que podrían no haber terminado, especialmente si China decide seguir aplicando su política de covid cero con una variante tan contagiosa como la actual versión de ómicron). No puedo resistir la tentación de mencionar los hilarantes gráficos de la IEA para aparentar que las reducciones de demanda si se cumplieran sus propuestas son mucho mayores de las que en realidad son. Son dignos de Radio Televisión Espantosa (Rosa María Mateo dixit). A continuación incluyo los gráficos de la IEA y unos gráficos caseros realizados por mí con los mismos datos, para ver la verdadera magnitud de las reducciones a las que aspira la IEA con estas medidas, tanto dentro de las economías avanzadas como a nivel global (siempre asumiendo que los cálculos de la Agencia Internacional de la Energía se cumplieran en su totalidad, algo bastante cuestionable).

Si todas estas medidas fueran recomendaciones de uso voluntario (si condujera usted a 110 km/h en autopista en vez de a 120 km/h ahorraría X€/depósito, «revise sus neumáticos una vez al mes y ahorrará Y€ por depósito»), o sugerencias para empresas y trabajadores (ventajas fiscales por teletrabajo acompañadas de mayor facilidad de despido o reversión de la medida para empresas, campañas de concienciación del uso de las herramientas virtuales de reunión frente a reuniones físicas de negocios o promoción pública de herramientas de vehículo compartido, por ejemplo), no tendría ningún problema en suscribir casi todas estas medidas.

Sin embargo, hay varias propuestas cuya aplicación se sugiere poner en práctica de manera claramente coercitiva (prohibir acceso a conducir los días pares, prohibir acceso a las ciudades los domingos, reducir obligatoriamente la velocidad en autopistas y carreteras) que me preocupan y mucho. Bajo el pretexto de protegernos (son medidas supuestamente temporales en una situación temporal de emergencia para limitar la posible subida del crudo), se va a continuar limitando la libertad de movimiento de los ciudadanos (cuya máxima representación es el vehículo privado, quizá por ello siempre bajo el foco de las políticas restrictivas de fuerzas políticas de izquierda). Y por desgracia, y como estamos teniendo la desagradable oportunidad de comprobar durante estos dos últimos años, una vez que una obligación o prohibición se introduce «temporalmente», el riesgo de que permanezca durante largo tiempo o incluso eternamente, independientemente de si los datos empíricos apoyan su eficacia o de si las circunstancias de contorno han cambiado sustancialmente, es enorme. Ahí seguimos reunidos cientos de personas comiendo, bebiendo y chillando en un bar o restaurante cerrado cercano a un estadio deportivo para a continuación ponernos la mascarilla que llevamos hace dos semanas con las llaves del coche en el bolsillo al entrar en el recinto, donde debemos permanecer al aire libre con ella puesta sin comer ni beber durante la duración del evento «para protegernos de posibles contagios». Ahí siguen nuestros hijos desde hace dos años con las mascarillas puestas en las aulas durante ocho horas al día y en grupos «burbuja», con las dificultades que ellos les crea en el momento en que deben desarrollar sus capacidades de relación social, pese a no existir la menor evidencia de que llevar esas mascarillas reduzca la transmisión respecto a no hacerlo en entornos escolares, como demuestra el ejemplo en Cataluña, donde se midió la diferencia entre niños de cinco que no llevaban mascarilla obligatoria y niños de seis que sí lo hacían y no se encontró diferencia estadística significativa. Recomendaciones, siempre bienvenidas. Tanto empresas como ciudadanos las adoptarán si comprueban que les producen beneficio en términos de ahorros de carburante (o de contagios) sin dañar otras facetas de su negocio o sus vidas privadas. Obligaciones y prohibiciones, cuantas menos, mejor, gracias. Que a estas alturas nos conocemos ya todos demasiado bien.

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