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Daniel Capó

¡Es la identidad, estúpido!

«La clave de la guerra de Ucrania es la identidad, lo que la convierte en un conflicto particularmente moderno»

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¡Es la identidad, estúpido!

Población civil en Mariúpol. | Zuma Press

Resulta interesante el comentario de David Brooks sobre Rusia en The New York Times. La clave de la guerra de Ucrania es la identidad, lo que la convierte en un conflicto particularmente moderno. Según Brooks, el gran logro de Putin «ha sido ayudar a los rusos a recuperarse de un trauma psíquico –las secuelas del fin de la Unión Soviética– y darles una dignidad colectiva para que sientan que importan, que su vida tiene dignidad».

Por supuesto, no se trata de la única razón que se oculta detrás de la agresión a Ucrania, ni la única lectura geopolítica que admite. La Pax Americana que se instauró en 1989 se sostenía sobre un consenso liberal y globalizador, el cual tuvo sus ganadores y sus perdedores, pero ahora renquea como consecuencia del ascenso de China a la categoría de superpotencia. Tras la derrota (y en el caso de la URSS fue doble: primero como imperio, y después como nación moderna y competitiva), late una herida que hace de Rusia una víctima inocente –según las políticas de la identidad– y, por tanto, queda inserta en una narrativa de humillación, como bien sabemos en España, con los delirios del nacionalismo, y en Occidente en su conjunto, con otros fanatismos ideológicos.

Discursos identitarios

Los discursos identitarios conocen de sobra el poder de la acusación y, en cambio, ignoran la exigencia de la  autocrítica, característica más bien de la madurez. La potencia de fuego de la identidad es bien sabida, porque –como observó en su día el historiador John Lukacs, creo que citando a Chesterton– el odio une más que el amor. Y, en efecto, ¿cuántas veces son las pasiones negativas –ya sea el encono, el miedo, o el rencor– las que cohesionan una identidad personal o colectiva?

Por supuesto, el trauma ruso –tras la caída del comunismo– no fue irrelevante y libros como el fabuloso El fin del Homo Sovieticus, de la nobel Svetlana Aleksiévich, lo explican maravillosamente bien. La libertad no trajo consigo la prometida prosperidad económica. La influencia de Rusia en la política internacional se desplomó. Los antiguos aliados del este se convirtieron en acérrimos adversarios. Una plutocracia oligárquica tomó el poder, imposibilitando el salto a un modelo democrático con estándares occidentales.

Una nación antigua, grandiosa, con una cultura rica y compleja, empezó a comportarse económica y socialmente como un país en vías de desarrollo, casi sólo capaz de mantener el desarrollo de la industria militar y de exportar materias primas. Entre Europa y China, Moscú podría haber desempeñado un rol geoestratégico clave en el nuevo continente euroasiático, pero se fue escorando hacia la desconfianza y el rencor. De forma hábil, Putin ha ido alimentando una identidad profundamente conservadora en un sentido antieuropeo, mientras buscaba debilitar los consensos occidentales mediante el uso de la propaganda, la desinformación y fomentando las divisiones internas.

Cataluña como Rusia

Cuentan que Pujol una vez dijo que las heridas de Cataluña nunca deberían cerrarse porque, con ese resentimiento ulceroso, la nación seguiría creciendo; y algo de esto hay en la mirada del Kremlin sobre el mundo. Siempre habrá motivos para la desconfianza, porque siempre podrá encontrar una razón para sospechar. Siempre habrá una causa para culpar a otro, porque la dialéctica amigo-enemigo borra la vergüenza sobre nuestro propio rostro. Siempre habrá una excusa para enseñar los dientes, porque el desprecio del otro es un resquicio identitario. Los imperios caídos son peligrosos, como aprendimos tras la experiencia de la I Guerra Mundial, puesto que los fantasmas colectivos se convierten en los escombros humeantes de la realidad. Un edificio que se desploma cae violentamente. Sería ingenuo pensar que la Historia transcurre hoy de un modo muy distinto a la experiencia del pasado. 

El peligro último de esta guerra es la identidad: la de unos y otros; también la nuestra. El nacionalismo no sólo no ha desaparecido, como pensamos ingenuamente a finales del siglo pasado, sino que ha retornado junto con la Historia. Se diría que el mundo es un lugar más peligroso hoy que ayer, sencillamente porque el mundo de ayer –que es el nuestro– ya no existe. La razón no entiende los motivos de las pasiones heridas, pero los hombres tampoco son actores meramente racionales, ni nunca lo han sido. En este sentido, haremos bien si leemos la realidad con una mirada más próxima a la de la literatura, ese gran depósito de experiencia humana.

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