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Esperanza Ruiz

Una defensa de la caza

«El monte es un gran instrumento igualitario. Por eso no se entiende la inquina contra la caza de aquellos que más reclaman esa igualdad»

Opinión
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Una defensa de la caza

Sebastian Pociecha | Unsplash

Media tarde de un soleado sábado invernal en la provincia de Cáceres. Un conocido montero se encargaba del «noviazgo» de un título del reino. Algunos llamarán novatada a esta especie de bautismo cinegético pero, bien entendido, es un pequeño rito de pasaje donde se significa que el adolescente u hombre joven ya es «cazador». Y esto en el sentido más primitivo del término. El grupo acoge a un nuevo miembro.

Nuestro protagonista, un marqués cualquiera, ya era un tío talludito. En un bonito lance había tirado su primera res en montería. Un venado que cobraría gracias al ancestral principio de la «primera sangre». Después del aperitivo y las legumbres de rigor, despojado de jersey y corbata, se sometió con paciencia a los trasquilones que le hicieron con el cuchillo de monte. También al gusto terroso y olor pútrido de las vísceras que le restregaron por la cara. La camisa de cuello blando quedó para el barreño de la lejía.

Terminado el bautismo cinegético, el ilustre cazador y maestro de ceremonias dijo al novio:

– «Enhorabuena, macho, ya eres montero».

El aristócrata le dio las gracias, a lo que el otro, yéndose, replicó:

– «Es el único título que merece la pena de verdad».

El marqués quedó un poco magullado en el pundonor de su abolengo, pero enseguida comprendió. Como dijo un personaje histórico al que no puedo citar porque sería tildada de fascista: «la tierra no miente». Pues el monte tampoco. Y es un gran instrumento igualitario. Por eso no se entiende la inquina contra la caza de aquellos que más reclaman esa igualdad. Además, la familia cinegética española es «diversa y muy resiliente». No sé por qué esto no es tenido en cuenta por el Gobierno actual. En el caso de la montería, por ejemplo, se «pone en valor» el fruto de las raíces, todavía vivas, de una tradición genuinamente española que arranca en la baja Edad Media. Puro patrimonio cultural, tan de moda en nuestros días.

Muleros y Grandes del Reino; acaudalados urbanitas de Range Rover y rehaleros; cazadores de knickers, calzona o pantalón técnico de camuflaje; secretarios y postores… Todos comen las mismas migas y, en ocasiones, algunos comparten la misma bota de pitarra cuando, en un ganchito, van a zorras o a cochinos. Todos hablan el mismo lenguaje. Aman lo mismo. Se aprecian y ayudan. O así debería ser. Porque el monte obliga y ser cazador imprime carácter.

La caza es un arte que se sustenta en unas reglas de conducta y respeto por la naturaleza que se transmiten de padres a hijos. Al monte no se va a masacrar nada. No se tiran hembras acompañadas de sus crías, ni especímenes jóvenes. Se abre fuego cuando no suponga un riesgo para las posturas colindantes y jamás se maltrata o se apunta a los perros para tomar referencias. Se les respeta y se les protege. Si no se ha interiorizado lo anterior, entre otras cosas, no se es montero, a pesar de la parafernalia, y solo se está perjudicando a los demás, amén de a uno mismo. Por cada accidente, estupidez o cretino que vemos en las redes sociales, hay cientos de acciones de caza que transcurren con total normalidad. Pero, tristemente, solemos hacer categoría de la anécdota.

Uno vuelve a casa con aquello que la mancha quiera darle. Y si es un buen rato de camaradería, un taco con su vino y su chacina y un agradable día de campo, sea. Por eso el montero es un privilegiado.

Sin embargo, el amante español de la venatoria es también un tipo sufrido. Contrariamente a la idea general, está sometido a una estricta reglamentación que no es equiparable, en absoluto, a las de los países «de nuestro entorno». Mientras que en el centro del continente europeo miman su tradición cinegética, nosotros nos la cargamos. Incluso nuestra excelente industria armera vasca ha pagado las consecuencias. Ya no se mantienen talleres que empleaban a decenas de personas y algunos nombres míticos han cerrado o se han transformado. Pero eso es harina de otro costal.

La reglamentación actual dificulta algunas cuestiones que permitirían evitar sufrimientos innecesarios a las reses. Entre ellas, el entrenamiento del tiro real en movimiento para los cazadores de mayor; o el uso de reductores de sonido que, en determinadas circunstancias, preservarían la paz en el monte y la salud auditiva del tirador. No es solo un reglamento de armas muy fastidioso en algunos aspectos. Es que, ahora, para darle más emoción a la cosa, la Ministra de la Agenda 2030 y nosequé, ha propuesto un anteproyecto de Ley de Protección y Derechos de los animales que, bajo el subterfugio del bienestar animal, afecta a las actividades cinegéticas. Si obviamos otros aspectos, la madre del cordero toca al adiestramiento y control de los cánidos en el monte. Tiene collares la cosa…

En un principio se pensó separar los perros de caza de los domésticos. Pero, por lo visto, no hay rastro (nunca mejor dicho) de esta iniciativa en el anteproyecto de ley. Una vez más, la incertidumbre creada por políticos, que deben perderse fuera de Lavapiés, Malasaña o el piso oficial, podría afectar a un sector del que viven orgánicas, rehaleros, postores, secretarios, armeros, guarnicioneros, cuchilleros, industria química e, incluso, hoteleros y restauradores. Por no nombrar las aseguradoras y arcas del fisco autonómico. Solo en el caso de Extremadura, la caza mantiene 10.000 empleos estables por temporada que sobrepasan los 60.000 jornales al año en monterías y ojeos de perdiz (fuente: Fedexcaza).

Sin embargo, lo cinegético no solo se limita a lo económico. La caza, con responsabilidad y en condiciones, es fundamental para disfrutar de un ecosistema equilibrado, para controlar eficazmente los daños provocados por ciertas especies y para la mejor selección y gestión de otras. Mención aparte merecerían las reivindicaciones de agricultores y trabajadores del campo que también se verán afectados por el mencionado anteproyecto de ley. Al final, no será más que otro generador de chiringuitos, como si el sector no estuviera ya suficientemente maltratado. La voz de la gran familia del mundo rural y la caza se oirá el próximo domingo 20 de marzo en Madrid. En estos días, más que nunca, ¡viva España y nuestras tradiciones! ¡Perros al monte!

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