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Jesús Montiel

Lo que no incluye una guía turística

«Siempre que viajo, acabo entretenido con lo secundario, mi verdadero destino»

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Lo que no incluye una guía turística

Encierro de San Fermín, en Pamplona. | Unplash

Una vecina me pregunta cómo me ha ido el viaje y qué cosas he visto en Pamplona, pero no sé qué responderle. No traigo ningún recuerdo parecido a una postal. Nunca, en los lugares que visito, sé comportarme como un buen turista: me aturden los museos y apenas me interesan los monumentos que se veneran como vacas sagradas. Todo aquello que se ensalza en una guía turística e incluye colas interminables y personas consumiendo historia como hamburguesas me produce una pereza invencible. 

Lo confieso: apenas contribuyo al tejido cultural de mi país

Una vez me instalo en el hotel, mi verdadero negocio consiste en hacer lo mismo que hago en mi ciudad: dejarme secuestrar por un detalle sin importancia. La distracción es la ruta más segura para alcanzar el milagro. Uno solo descubre la nube si se distrae, si deja de atender a la pizarra. De una ciudad me interesan la velocidad de sus hojas otoñales o la cantidad más o menos abundante de gorriones. Las ciudades que visito nunca están en los mapas. Dentro de cada ciudad –la oficial, esa que retratan las guías para visitantes- hay una segunda que la conforman los detalles, cosas sin importancia. De la que nunca vuelvo con las manos vacías.

Si soy honesto, si de verdad quieres una respuesta, te diré que mi viaje se reduce a esa minúscula fracción de tiempo en la que me sentí vivo

De mis visitas a Madrid, por ejemplo, conservo todas las lluvias que he mirado embobado en las ventanas de un motel de tercera, en la calle Princesa. La escalera donde comía esperando a mi profesora de tesis, con vistas a las urracas del campus. La soledad de una rosa que brillaba en un alféizar de la Gran Vía. También mi vida puedo reconstruirla a partir de un mirlo concreto, un desconchón en la pared del aula donde me despistaba o el musgo del muro donde apoyaba la espalda para fumar clandestinamente y hablar con los muertos que encontraba en la biblioteca. No tengo remedio: siempre que me desplazo, acabo entretenido con lo secundario, mi verdadero destino. 

Amable vecina del edificio de enfrente, de Pamplona solo traigo un instante. El momento en que toqué una secuoya en un jardín público, mientras anochecía. Si soy honesto, si de verdad quieres una respuesta, te diré que mi viaje se reduce a esa minúscula fracción de tiempo en la que me sentí vivo, como si toda mi historia convergiese allí, igual que el agua de la tormenta en un alcantarillado. Desde ahora Pamplona será ese instante, mi mano detenida en la piel de un dinosaurio

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