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Victoria Carvajal

Armas económicas de destrucción masiva

«¿Puede Rusia convertirse en una gigante Corea del Norte? Con el aislamiento económico que suponen las sanciones está camino de que ocurra»

Opinión
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Armas económicas de destrucción masiva

Colas en Moscú para sacar dinero en efectivo. | Zuma Press

¿Puede Rusia convertirse en una gigante Corea del Norte? Con el aislamiento económico que suponen las sanciones está camino de que ocurra. Faltaría que Europa pudiera extender su embargo comercial al gas y petróleo que importa de Rusia, que suponen respectivamente el 40% y 30% de su consumo, y que pagado en euros representa una importante fuente de financiación de la repugnante guerra desatada por Putin contra Ucrania. Eso y la cancelación de las visas extendidas a ciudadanos rusos, incluidos los hijos de los oligarcas que estudian en colegios y universidades de élite. Como bien decía la ministra de Finanzas canadiense, Chrystia Freeland, en una tribuna publicada en el Financial Times: «No se puede bombardear Kiev por la mañana y amarrar tu yate en el puerto de Saint Tropez por la tarde».

La Unión Europea, Estados Unidos y el Reino Unido han impuesto unas sanciones económicas de una contundencia sin precedentes contra una gran economía. El rublo vale hoy un centavo de dólar tras haber perdido más de un 30% de su valor en apenas ocho días y la economía rusa podría contraerse hasta un 35% en el segundo trimestre del año como resultado de la expulsión de Rusia del sistema financiero mundial. Más allá de su expulsión parcial del sistema de pagos bancarios SWIFT, la medida más dañina ha sido la congelación de las reservas del banco central ruso por parte de la Reserva Federal estadounidense y el Banco Central Europeo. Valoradas en 630.000 millones de dólares, casi el 70% están en euros y dólares. El resto, en oro físico por valor de 132.000 millones de dólares, difícilmente transportable en el caso de que lo lograra vender, y en renminbis, la moneda china.

Las sanciones contra el banco central ruso suponen una destrucción tal del sistema financiero ruso y de su economía que la respuesta de Putin no se ha hecho esperar. En una enloquecida escalada de agresiones, no sólo ha puesto en alerta a su fuerza nuclear, sino que ha convertido a las centrales nucleares de Ucrania en un objetivo militar. La perspectiva de un nuevo Chernóbil estremeció al mundo. Las llamas de la central de Zaporizhzhia, que suministra la quinta parte de la energía del país y que está ahora en manos rusas, provocaron el desplome generalizado de las bolsas de valores en el mundo. Y quedan más de una decena de instalaciones nucleares repartidas por el país. El presidente Zelenski, máximo representante de la admirable dignidad y la resistencia moral de los ucranianos, lanzó de nuevo a Europa una desesperada llamada de auxilio. «No permitamos que esto sea el final de Europa».

La victoria moral que estos días hemos celebrado los europeos, si es que hay algo que celebrar en medio de esta terrible tragedia, por haber logrado responder con unidad, solidaridad y contundencia a la agresión de Putin, palidece ante la amenaza nuclear. Europa ha demostrado estar dispuesta a aceptar el coste de las sanciones en su economía y debe mantener la presión sobre Rusia, aunque el pulso sea aterrador. El rebote de la inflación (el precio del gas, el petróleo y el trigo -Ucrania y Rusia son los principales proveedores del mundo- se ha disparado) incrementa las dificultades de los bancos centrales para elegir entre no perjudicar el crecimiento o frenar la inflación. El fantasma de una nueva recesión cuando aún las economías de la UE no se han recuperado de la crisis provocada por la pandemia vuelve a recorrer el mundo.

¿Qué posibilidades hay de que las sanciones empiecen a resquebrajar la unidad de Putin y las élites rusas, formada por los llamados siloviki, un grupo de altos cargos procedentes del KGB como el presidente ruso que al igual que él se ha enriquecido, y los grandes oligarcas afines al autócrata como Abrámovich?  Todos ellos forman parte de la lista de sancionados que han visto sus activos congelados en el extranjero. ¿Cuánto tiempo aguantará la población la escasez de productos básicos y no tan básicos que en su mayoría son de importación? Y por mucho que Putin haya disfrazado la guerra como una operación militar especial en la región de Donbas, tenga el control total de los medios, haya suprimido las redes sociales y encarcelado a quienes valientemente han protestado contra la guerra, como en los oscuros tiempos de la Unión Soviética, ¿podrá evitar las protestas de la ciudadanía por una brutal subida de la inflación? Y siendo una potencia militar infinitamente superior, ¿cuánto tiempo durará la moral de unos soldados que se han visto arrastrados a participar en una guerra engañados? ¿Qué pasará cuando empiecen a repatriar sus cadáveres?

El otro gran apoyo con el que Putin creía contar en esta aventura, el presidente chino Xi Xinping, empieza a debilitarse. China, que tal vez quería explorar la reacción del mundo a las aspiraciones expansionistas del presidente ruso por ambicionar ella misma la anexión de Taiwan, ha decidido distanciarse de Moscú ante la tajante reacción de Occidente contra Rusia. El gigante asiático tiene intereses encontrados. Xi ha invertido mucho en su amistad con Putin para hacer un frente común contra Estados Unidos en un intento de cambiar el peso del poder geopolítico en el mundo y ha tratado de mantener una ambigüedad en la guerra de Ucrania. Pero China exporta el 17% de sus productos a EEUU frente al 2% destinado a Rusia y no puede aliarse con quien está siendo aislado económicamente del resto del mundo. El giro de su postura lo verbalizó hace pocos días su ministro de Exteriores, quien destacó la importancia de respetar las fronteras y la soberanía de los territorios.

Las sanciones son más lentas que los misiles y los tanques. Pero junto a la heroica resistencia de Ucrania, la esperanza es que los apoyos de Putin comiencen a debilitarse con el tiempo. Mientras, al millón de refugiados ucranianos que ha abandonado el país se calcula que pueden sumarse otros tres. En Europa, hay quienes, como el presidente de Francia, Macron, a la cabeza, preparan planes de contingencia para hacer frente a este desafío humanitario y a los efectos de las sanciones en su economía y quienes, como el Gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos, andan divididos sobre el envío de ayuda militar a una desesperada Ucrania, no tienen plan alguno para acoger a los refugiados ni para anticiparse a los efectos económicos derivados del conflicto e instan a convertir el 8-M en la manifestación de un inservible ‘No a la guerra’, de paso apropiándose ideológicamente una vez más del acto. ¡Qué fácil es defender los grandes ideales de paz, justicia social, democracia y libertad, pero no estar dispuestos a pagar precio alguno por defenderlos! #YoConUcrania

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