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Pilar Marcos

Amigos de Putin: ¡hijos de ‘putin’!

«¿Qué le diría el sábado ZP a Sánchez? ¿Defendería a los ucranianos o, sin ser tan explícito como su amigo Maduro, mostraría apoyo al autócrata?»

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Amigos de Putin: ¡hijos de ‘putin’!

Nicolás Maduro. | Agencia Venezolana de Noticias (Europa Press)

La criminal invasión de Ucrania por orden del cleptómano ex agente del KGB que eterniza su mandato en Rusia desde hace décadas puede tener algunos efectos colaterales positivos. Parece imposible encontrar ninguna buena noticia en una crisis en la que el invasor amenaza al mundo, incluso, con la bomba nuclear si no nos rendimos a sus chantajes. Pues este desastre, que crece sobre el dramático sacrificio de valientes ucranianos, no es la excepción. 

El primer efecto positivo del crimen de guerra que está perpetrando Vladimir Putin contra Ucrania es señalar nítidamente a los amigos de Putin; sí, a esos enormes ¡hijos de ‘putin’! que progresan en autocracias amparadas -cuando no teledirigidas- desde el Kremlin.

El más explícito ha sido, evidentemente, Nicolás Maduro, el tirano cleptómano que sigue hundiendo Venezuela. El más rastrero ¡hijo de ‘putin’! no podía fallar. El sábado se hizo grabar un vídeo para proclamar que él «siempre con Putin». No por previsible, y ridículo, el respaldo de Maduro al invasor es menos relevante. 

De este apoyo de Maduro nos faltan algunos datos muy relevantes para España. El sábado Moncloa difundió que Pedro Sánchez, como presidente del Gobierno, había telefoneado a sus cuatro antecesores en el cargo para pedirles opinión sobre la crisis de Ucrania. No consta que el presidente llame aún a la crisis por su nombre: ilegal invasión de Ucrania. Y sería muy instructivo conocer cuál fue la opinión que recabó de aquel expresidente que es más que su antecesor porque es su modelo y, en demasiadas ocasiones, su mentor. 

¿Qué le diría el sábado a Sánchez el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero? ¿Defendería a los ucranianos o, sin ser tan explícito como su amigo Nicolás Maduro, mostraría un taimado apoyo al autócrata? ¿Repetiría lo que dijo, a principios de mes, en una entrevista en RNE?: ¿diría otra vez que él «no cree» que la crisis entre Ucrania y Rusia vaya a desembocar «en un conflicto bélico de envergadura», y seguiría defendiendo su «apuesta a favor de la diplomacia y la paz»? Desde siempre, Zapatero entona como nadie el canto alegre de la paz.

Entre los ¡hijos de ‘putin’! los hay lanzados y taimados. Los hay incluso ridículos. Pocas cosas tan ridículas como ver a Oriol Junqueras, líder espiritual de la ERC que sostiene a Sánchez en La Moncloa, perorar sobre oníricas similitudes de Rusia con España, y de Cataluña con Ucrania. Y ver cómo lo hace con un ojo puesto en Arnaldo Otegi -que le vigilaba de cerca- y otro en Odessa (la película). Verles y escucharles a ambos -a Otegi y a Junqueras- hablar de Ucrania, en ensaladilla rusa con sus cosicas, ofrece la medida más precisa de la catadura moral de los apoyos políticos del Gobierno de España.

No por casualidad, el socio principal del Gobierno de Sánchez -esta vez vestido de Izquierda Unida- convocó este fin de semana una manifestación contra la OTAN como peculiar forma de repulsa a la invasión de Ucrania. Contra la OTAN y a favor de las soluciones diplomáticas, sin que se escape ni una ligera crítica al invasor, ¡faltaba más! 

Más discretos, los miembros del Gobierno más amigos del denominado Grupo de Puebla solo parecen haber exigido al presidente Sánchez que module su «belicismo» si no quiere poner en riesgo la coalición que le mantiene en el poder. Conviene no olvidar que entre los amigos del Grupo de Puebla no solo está Podemos sino insignes socialistas como el expresidente Zapatero o José Bono o Adriana Lastra… ¡Ay, esas maletas de Delcy! Quizá debido a  tan abundantes y excelsas compañías se ha dado tan escasa publicidad al infame comunicado que el Grupo de Puebla excretó el jueves en defensa de Rusia, como si el invasor fuera esa Ucrania que ellos ven plagada de nazis y neonazis. Y es que, en eso de llamar «neonazis» a los ucranios, el exlíder Pablo Iglesias -como buen ¡hijo de ‘putin’!- tiene alguna hemeroteca sin destruir. 

A la vista de los hechos, los de Podemos parecen haber tenido un moderado éxito en sus exigencias. España no formaba parte del grupo de países mencionados por Ursula Von Der Leyen en la noche del sábado como impulsores del endurecimiento de las sanciones contra Rusia. Esperó hasta el domingo para anunciar el envío de algún material militar (además del humanitario) a los ucranianos para ayudarles a defenderse de Putin. Y se sumó, cuando ya lo había hecho toda Europa, al cierre del espacio aéreo español para las compañías de aviación rusas. 

Al final nos sumaremos todos a todo, porque el creciente rechazo social a la invasión de Ucrania en todos los países democráticos es el segundo, y aún mejor, efecto positivo del crimen de guerra que está perpetrando el ex agente del KGB soviético. Es aún mejor porque está obligando a las dirigencias políticas a salir de su ensimismamiento, al comprobar el desprecio que desataron entre la ciudadanía con sus gestos de buenismo-woke… como pretender que serviría de algo iluminar los edificios públicos con la bandera de Ucrania o castigar a Rusia sin Eurovisión, ¡y sin postre!, mientras la población de Ucrania lucha en soledad contra un Goliat totalitario.

Este segundo efecto positivo demuestra que los valores europeos, que son los de la democracia liberal y la Ilustración, están muy vivos en el corazón de las gentes, aunque no sean defendidos con la determinación que debieran por sus elites. Son los valores que, en esta ocasión, ha reivindicado Polonia, con su primer ministro, Mateusz Morawiecki, y su presidente, Andrzej Duda, a la cabeza, aunque precedidos, por supuesto, por Ucrania y su presidente, Volodimir Zelensky. 

No por casualidad, la II Guerra Mundial tuvo su motor de arranque para Polonia en septiembre de 1939, con la invasión nazi de su territorio, y no empezó a terminar para los polacos hasta noviembre 1989, con el desplome del Muro de Berlín. Y tampoco por casualidad, los abuelos y los bisabuelos de quienes luchan hoy en Ucrania padecieron el Holomodor de Stalin: la terrible hambruna con la que el dictador soviético exterminó -como medida de castigo- a millones de ucranianos a principios de los años 30 del siglo XX.

El primer ministro Morawiecki se fue a Berlín a sacudir las conciencias europeas y horas después el canciller alemán, Olaf Scholz, anunció el envío de material militar de combate para los ucranianos. El presidente Duda pidió la inmediata incorporación de Ucrania a la Unión Europea. Es un buen contrapeso a la amenaza de Putin a Suecia y Finlandia para que ni se les ocurra pensar en incorporarse a la OTAN. 

Y el presidente Zelensky aguanta. Ya es el símbolo de la resistencia ante el invasor. Hoy, ese hombre, al que Putin tilda de nazi y sus corifeos (los ¡hijos de ‘putin’!) ridiculizaban como cómico, encarna mejor que nadie los valores de la libertad y la democracia que todos debemos defender. Lamentablemente, esa defensa no se consigue entonando Imagine, por bonita que sea la canción. 

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