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Nicolás Redondo Terreros

Los peligros para España

«Las sociedades progresan cuando los partidos políticos no enarbolan camisas ensangrentadas o se sienten secuestrados por odios del pasado»

Opinión
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Los peligros para España

Santiago Abascal pasa delante del escaño de Pablo Iglesias. | Europa Press

Hace unos días Santiago González volvió a recordar una ocurrencia mía: si los socialistas jugamos a Podemos ganará Podemos. La verdad es que pasado el tiempo sería más atinada complementándola con otra: si el PP juega a Vox ganará Vox. Supongo que esta segunda simpleza también será del gusto de Santiago, porque en estas circunstancias corren el  mismo riesgo de contagiarse con el populismo las dirigencias del partido socialista y del PP. El peligro de fractura, de quiebra del sistema es parecido tanto si desde la izquierda del PSOE como desde la derecha del PP terminan imponiendo su discurso. 

Veo ahora como en la derecha, para justificar sus alianzas con Vox, reproduce los mismos argumentos que antaño se esgrimían para adecentar las coaliciones del PSOE con Podemos. Algunos han llegado a establecer comparaciones entre el partido de Abascal y Bildu. Despejemos rápido y sin miramientos la mentirosa comparación: Bildu es un partido que sigue introduciendo en su discurso justificaciones y enaltecimientos a la acción terrorista de ETA; con ellos, hasta que rechacen ese pasado, no hay nada de lo que hablar. Son legales, pero les debería rodear el más absoluto vacío, el desdén que deben provocar también los cómplices de los liberticidas que quisieron amordazar a la sociedad vasca con sus atentados terroristas. Pero que rechacemos antes de empezar cualquier vínculo con el partido de Otegui no debería cegarnos ante los peligros de partidos extremos como Vox o Podemos para la democracia española. 

Los que escriben habitualmente y los que lo hacemos de vez en cuando podemos tomar partido sin disimulo. Desligados de las presiones directas del poder, de la esclavitud de gobernar el presente, se nos brinda la oportunidad de reflexionar libremente sobre lo que es más conveniente a nuestra sociedad, al fin y al cabo la evaluación sobre las posibilidades de llevar a cabo determinadas políticas corresponde a nuestros representantes. Nosotros no estamos obligados a elegir entre dos males, son los políticos los que deben optar entre gestionar lo que pueden o lo que ellos desearían, justamente en esa diferencia entre el pragmatismo de quienes interpretan correctamente la realidad social sobre la que actúan y las fantasías revolucionarias de unos o la desenfrenada vocación de buscar refugio en el pasado de otros, encontramos las diferencias de las formaciones populistas con los partidos institucionales responsables.

Siendo afiliado del PSOE opté, obviando tanto la conveniencia partidaria como mi comodidad, por oponerme a la coalición del PSOE con Podemos. Creía y creo que no beneficia al partido centenario y, lo que es más grave, perjudica los intereses de  España. El resultado está a la vista de todos. Los dirigentes de Podemos se acercan a los problemas de la sociedad para profundizar en las contradicciones de un sistema que consideran en unas ocasiones insuficiente y en otras una verdadera cárcel para sus fantasías emancipadoras. Los partidos institucionales por el contrario se enfrentan a la miríada de problemas que aparecen en la sociedades democráticas para solucionarlos. Nosotros aceptamos que las  sociedades libres y abiertas son el producto de tendencias contrapuestas: atracción/ repulsión, armonía/ conflicto, coincidencia/disenso, asociación / competencia. Por el contrario en los populistas de izquierda subyace el deseo de imponer a toda la sociedad su discurso, para ellos «justo», «equitativo», «reparador» … pero que es en realidad monolíticamente uniforme, ofensivo para las minorías, mortal para los discrepantes.

Muchos socialdemócratas de buena fe creyeron y  creen que las diferencias con los neocomunistas son sólo de cantidad, de límites más o menos ambiciosos. Sin embargo yo veo diferencias sustantivas, de naturaleza, son las que provoca la defensa radical de la libertad individual con mayúsculas, que ellos sencillamente rechazan, antaño con la excusa de la clase, ahora empeñados en atrincherarse en políticas identitarias y haciendo del pasado, ¡otro punto en el que se tocan los extremos!, un arma política de confrontación. Los socialistas no creemos en la igualdad sin libertad individual para discrepar, para rechazar, para oponerse. Nuestro discurso es complejo y en ocasiones contradictorio, el suyo es simple y monolítico, nosotros queremos moldear el presente, ellos lo sacrifican en aras a un futuro imposible. 

Pero creo que correríamos el mismo peligro con partidos que reniegan, que no comprendan la sociedad actual  y que se refugian en caducos marcos políticos, culturales y hasta morales. Formaciones políticas que ocultan con su lenguaje agresivo y en ocasiones gamberro su falta de valentía para adentrarse en un futuro lleno de complejidad, de interrogantes, pero también de posibilidades esperanzadoras para la mayoría. Merecen el mismo rechazo los partidos que hoy vuelven a sacar de su sepulcro al Cid Campeador para combatir al diferente, a las minorías, a los que vienen de sociedades pobres y sin libertad. Formaciones políticas que en España  muestran su incomprensión con las autonomías, utilizando los errores y excesos que se han cometido, y sin duda se han cometido, para impugnar  la característica más definitoria de la Constitución del 78: las autonomías. Partidos que bajo subterfugios y silencios cobardes rechazan o desvirtúan el proyecto de la Unión Europea y que en estos momentos se oponen a la vacunación contra la epidemia provocada por la covid (no sabemos si algunos líderes de Vox se han vacunado, ocultación que obedece al interés por no molestar a algunos de sus seguidores claramente negacionistas). Partidos que utilizan el miedo a un futuro tan complejo como inevitable para sacar los peores instintos del ser humano: insolidaridad, falta de empatía con el extraño, rechazo a nuevas formas de vida en común, exhaltación de lo propio y desdén por lo ajeno o desconocido. 

Podemos y Vox, si uno representa la negación del futuro y enaltecimiento de una nostálgica e imposible vuelta al pasado, el otro se desentiende de la gestión de nuestros interés para postrase ante un futuro inexistente, la mayor de las veces quimérico. Ambos son un mal negocio para España. Y son los partidos institucionales nacionales los primeros que deberían combatir ese peligro. Porque así lo creo, en su momento felicité a Casado cuando empeñó su futuro remarcando las diferencias con Vox y he lamentado públicamente el gobierno de coalición del PSOE con Podemos. Son los partidos institucionales los primeros cortafuegos para que el populismo no se extienda y termine carcomiendo la concordia mínima que diferencia una democracia fuerte e integradora de un sistema en el que la libertad, el derecho a ser distinto o a discrepar sea laminado.   

Las sociedades progresan cuando los partidos políticos no enarbolan camisas ensangrentadas o se sienten secuestrados por odios del pasado, origen una bilis política destructiva y guerracivilista. Desde luego los partidos políticos tienen su ideología, pero desde sus respectivas perspectivas están obligados a convencer, a seducir a los que no piensan como ellos. Están obligados a salir de su monólogo, reconfortante e inútil, para conversar con todos, también con los que no son próximos. En ese amplio marco encuentra sentido el diálogo, la transacción, el acuerdo, porque la pureza ideológica (muy estimable teóricamente) nos puede llevar a la intransigencia y en el mejor de los casos a una fractura extenuante, improductiva y que frecuentemente ha sido el detonante de conflictos civiles. 

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