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Eduardo Laporte

¿Celebrar San Valentín? Yo digo sí 

«Acabemos con la corriente de los amargados, los cenizos, los superiores estético-morales y abracemos el amor en todas sus formas»

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¿Celebrar San Valentín? Yo digo sí 

Kristina Litvjak (Unsplash)

«¿Qué vas a hacer el 14 de febrero? ¿En qué día cae? Lunes. Pues lentejas». La verdad del meme. Esa verdad que muestra parte del rechazo de tan romántica fiesta. La soledad de los no enamorados. Quizá como defensa ante ese restriegue de alegría de las parejotas y parejitas que podría bajar la moral aún más por debajo de la de Kafka, que cantaba aquel, del sempiterno single, de la solterona pertinaz. 

Unos ofendiditos del amor (ajeno) que se encontrarían entre los responsables del progresivo descrédito de esa fiesta que celebra algo tan libre de sospecha como el amor. Todo el universo obedece al amor, canta Franco Battiato, nada menos. Obedece, o no. Yo mismo acabo de mandar a freír espárragos a un vecino empeñado en seguir el camino del no-amor. No diré el odio, pero sí la inquina, la suspicacia, el encono, el malrollo, la envidieja, la desconfianza, la mezquindad, la ingratitud, la petimetrez.

¿Y qué tiene que ver San Valentín en todo esto? ¿Qué pinta este santo cristiano que se encargaba de casar a soldados con sus prometidas en las prisiones en que permanecían presos, jugándose el pellejo? Pues que es otra expresión de lo contrario a la retahíla anteriormente citada. Todos podemos ejercer esa serie de facultades de lo miserable citadas, y en nuestra mano está, grosso modo, tornar las velas hacia esas cuatro letras que al revés se leen como la hermosa película de Alfonso Cuarón. 

El libro de todos los amores, se llama la última novela de Agustín Fernández Mallo, que plantea la cuestión del amor «como la única salida ante el colapso actual». Lo leeré, cómo no. Porque en la prosa de este escritor se esconde, pese a su complejidad aparente, algo bien sencillo, el asombro ante el mundo, ante su belleza a veces cautiva pero siempre presente, es decir, el amor a las cosas. 

Ni confirmo ni desmiento que haya conocido a alguien que me haya hecho virar mis sempiternas reservas de Scrooge posmoderno hacia San Valentín, epítome para mí, hasta ayer, de la horterada más ful de centro comercial y franquicia recalentada. Santifiquemos las fiestas, dicen los textos sagrados. ¿Recuperémoslas? ¿No es acaso una postura tremendamente elitista considerarse no solo por encima del amor y su celebración sino de todos aquellos que sí optan por celebrarlo? Acabemos con la corriente de los amargados, los cenizos, los superiores estético-morales y abracemos el amor en todas sus formas, libres de todo postureo, de toda sospecha. 

«Yo soy de celebrar, en general», me dijo esa persona, sin atisbo de esos males contemporáneos del bienquedismo hípster, y aquello me emocionó y me envolvió de ternura. Dicho y hecho, fin de semana en la región vitivinícola de Madrid a la salud de san Valentín de Roma. Please, not disturb. Amén.

«Permanece enamorado», decía Hemingway que se casó unas cuantas veces para darse la razón a sí mismo. Démosle, también, la razón. ¿Y qué es estar enamorado? Pues lo mismo que vivir con entusiasmo, de en-theos-iasmo. En-amor-ado. Lo contrario a un des-gracia-do, con más amor que odio, con más luz que tinieblas. Lo opuesto a mi vecino malencarado que, en vez de facilitar, torpedea. Le pediré disculpas, precisamente, por eso. Espárragos fritos, también los justos. 

Porque estar enamorado, dice el Jesús de Sed, de Amélie Nothomb, te hace ver cosas que de otro modo no verías. ¿En qué consiste ser Cristo? se pregunta él mismo. «Soy el que consigue experimentar ese amor por todo lo que existe». Así de simple. Amarlo todo. Ser un pán-filo. «Mi palabra es tan sencilla que desconcierta», añade este Jesús revisitado en Anagrama no exento de las interpretaciones aviesas. Las raíces, la base, deben ser sencillas; luego, ya si eso, para rematar, hojas de acanto y tules de muselina.

Y si no existe o no has encontrado a la persona concreta con la que experimentar ese tipo de amor concreto, no te frustres; ese es un canal como otro cualquiera. Todo el universo obedece al amor, al margen de Tinder . Recuérdame lo infeliz que me siento lejos de todas tus leyes. La ley del amor. El único camino posible, decimos, para evitar el colapso de uno mismo, primero, del mundo después. Requiere cierto esfuerzo inicial, pero a la larga, como dejar de fumar, merece la pena. Feliz San Valentín.

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