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Juan Marqués

Una tarde con Eloy Sánchez Rosillo

«’Qué difícil es escribir mal’, exclamó Juan Ramón Jiménez, y es eso lo que se siente al leer a Sánchez Rosillo»

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Se habla mucho estos días del Ulises, por aquello del centenario de su publicación, y media vida después ha habido que releerlo para ver cómo hemos cambiado nosotros, desde las lecturas omnívoras e invariablemente provechosas de la facultad hasta las que, con la ventaja de tener más criterio pero con la desdicha de leer con menos inocencia. Es, claro, una novela descomunal, arrolladora, pero si se lee con la plantilla de la alegría, lo que el lector recibe es bastante poco o, por decirlo mejor, una alegría que es sublime, pero exclusivamente literaria.

Eloy Sánchez Rosillo se ha pasado décadas hablando de Ulises en sus clases de la Universidad de Murcia, pero del original, el de Homero. Sánchez Rosillo se hizo célebre en la facultad porque en sus cursos sobre poesía nunca pasaba de la Odisea, con eso le bastaba, y de hecho a ese poema fundacional ha dedicado nuestro poeta también algún poema, y con eso le bastaba, en esos hexámetros encontraba una alegría suficiente, inspiración para siempre.

Ya alguna vez expliqué que hace años me propuse escribir un estudio extenso sobre la poesía de Eloy Sánchez Rosillo, pero pronto me di cuenta de que el propósito era bastante innecesario: ¿qué decir de una poesía que lo dice todo, o, si se prefiere, dice lo esencial y con eso captura toda la vida que se pueda atrapar con las palabras de nuestro idioma? ¿Qué comentario hacer a una poesía tan clara (y por ello, precisamente, tan misteriosa)? Sólo se podría comentar, glosar, en un discurso circular y antipático, por obvio: no conviene decir cosas evidentes sobre una poesía que consigue aquello tan extraño y difícil de acertar a decir lo que tenemos delante, la realidad y sus significados más altos, entendiendo que la «realidad» también contiene los recuerdos, los sueños, las decepciones, la nostalgia… Pero, por volver al principio, ningún poeta que yo conozca ha insistido en la alegría tanto, ni la ha sabido expresar con más hondura, verdad y seriedad, por mucho que esto último pueda parecer paradójico. La alegría de los versos de Sánchez Rosillo es tan conmovedora porque es seria, porque no es una alegría retórica, ni forzada, ni histriónica, ni teatral, ni desde luego postiza, ni siquiera deseada o buscada… sino una alegría madura, una alegría puesta a prueba, una alegría consciente del dolor del mundo y de la Historia, de los destrozos del tiempo y de lo que nos espera al final de este camino, es decir, una alegría verdadera.

 «Qué difícil es escribir mal», exclamó Juan Ramón Jiménez en un aforismo, y es eso lo que se siente  al leer a Sánchez Rosillo. Que sus poemas logren ser tan sencillos es otro mérito, pues cualquiera que quisiera imitarlos saldría malparado. Es algo consabido: es incomparablemente más difícil parodiar a Antonio Machado que a cualquier poeta «difícil» o hermético, no hace falta explicar por qué. La poesía mala y la mentira son hermanas mellizas. La poesía verdaderamente buena es hija de la verdad, no hay otro parentesco posible, no hay otra forma de llegar.

Eloy Sánchez Rosillo viene a Madrid dos o tres veces al año, en días en que se le echa de menos por las riberas y los parques de Murcia, su ciudad, donde me cuentan que es muy fácil verlo caminar durante horas. En una de estas visitas a la capital, entre sus compromisos y los «asuntos digamos literarios» de los que haló en algún verso, le invitamos a que visite la redacción de THE OBJECTIVE y no recite dos poemas de su último libro, La rama verde, publicado por la editorial Tusquets en noviembre de 2020 (y que en enero de 2021 recibió el Premio ‘Las Librerías Recomiendan’, otorgado por las cientos de librerías asociadas a CEGAL (Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Librerías).

Y en ese libro hay otro poema, «Café Iruña», que no nos resistimos a copiar, pues es un gran ejemplo ya no de aquello del ‘multum in parvo’ (mucho en poco), sino del todo en el casi nada, el absoluto en una anécdota explícitamente trivial, contada además de un modo que, de tan sencillo, podría parecer casi prosaico, y que es sin embargo literalmente glorioso, obra de un poeta privilegiado que además lleva lustros en estado de gracia:

Llegué a Pamplona anoche

Estuve esta mañana paseando unas horas

por la ciudad. Y acabo de sentarme

en la terraza del Café Iruña,

ante una oportunísima cerveza. Es abril -24-, mediodía.

Lo más interesante y llamativo

de la agradable y larga caminata

(aparte de las gentes que encontré

-muchachas resurgidas del invierno,

pintorescos paisanos con grandes boinas étnicas-

y las vetustas tiendas de colores alegres)

fue ver en ciertas calles principales

filas bien dibujadas y surtidas

de castaños en plena floración.

Habían alzado delicadamente,

por entre el verde limpio de las hojas,

todos sus lampadarios encendidos

de flores, rosas blancas.

Desde el viejo café tengo a la vista

la Plaza del Castillo,

en la que tantas cosas ocurrieron.

Nada sucede hoy de relevancia

en el recinto inmenso y recatado,

si no es este silencio de matizados tonos

que se escucha en el aire como sutil acorde.

Y el sol que nos alumbra,

un sol amable y tierno, rozagante,

que rima por color y suavidad

con mi buena cerveza.

Uno y otro confortan alma y cuerpo,

por más que alguna vértebra rebelde

esté empeñada en recordarme ahora

su exacta posición con arteros envites.

No podrá amilanarme.

He apurado la copa, y sigo contemplando

la plaza, la mañana, la luz grácil del día.

Lo importante es vivir, aunque el vivir nos duela,

estar vivos del todo mientras dure la vida.

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