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Anna Grau

Carpas

«La gente está infinitamente más escaldada de la política. Hay que respetar distancias de seguridad y hasta de sentimientos»

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Carpa de Ciudadanos. | Europa Press

El sábado 15 de enero a eso de las 11 de la mañana me aparezco en la plaza Isla Cristina de Mataró, donde los compañeros de Ciutadans me esperan plantando una de las características carpas del partido, de color naranja brillante. De esas que la gente se acerca y les regalan calendarios, folletos, globos, imanes para la nevera. Cuando llego están montando todo. Yo, que la única vez en mi vida que he ido de camping se me cayó tres veces la tienda de campaña encima, les miro proceder con secreta e ilimitada admiración. En un pis-pas aquello se tiene en pie y empieza a afluir gente. Mucha señora y algún matrimonio que vuelve con el carrito de la compra del mercado. Un joven de raza negra se acerca todo tímido: «Yo es que todavía no puedo votar». «Da igual, ya podrás», le suelta nuestro concejal José Antonio Molero, poniéndole en la mano un folleto con las propuestas de libertad y seguridad en las calles. Ninguna de las dos cosas es moco de pavo en Mataró, una de las ciudades con más índice de okupación y de delincuencia callejera de Cataluña. «La gente de este barrio (el barrio de Cerdanyola), cuando va al centro, dicen que van a Mataró, como si fuesen a una ciudad distinta», me cuenta Arnau Serrano, compañero jovencísimo que ha patentado una feliz fórmula para protestar contra todo lo que no pita: «¡Estamos hasta las naranjas!».

A mí esto de la carpa se me hace un poco raro porque en mi época, cuando yo era reportera política, Mahoma iba a la montaña, más que la montaña a Mahoma. Jordi Pujol, tras el cual reventé unas cuantas botas de siete leguas, era menos de estar en carpas que de tirar por la calle de en medio y meterse en la primera tienda que veía. Eso el día que no iba en helicóptero, veía desde el cielo a un payés quemando unos rastrojos donde no debía, y encima que se le arrojaba, con helicóptero y todo, para echarle la bronca padre. Esto era la Cataluña de los años 90, antes de que se jodieran unos cuantos Perús, para entendernos. De cuando TV3 la veíamos todos y a todos votar nos hacía ilusión.

Ahora hay que guardar muchas más distancias, ser mucho más cuidadoso, porque la gente está infinitamente más escaldada de la política. Hay que respetar distancias de seguridad y hasta de sentimientos. «¡Yo no quería que Inés Arrimadas se fuese a Madrid, a mí me gusta tenerla aquí!», protesta una señora, los ojos como carbones encendidos de exigencia. Que no deja de ser una forma de amor. ¿Ves? Esto tampoco pasaba en los 90. Entonces los políticos catalanes iban y venían de Madrid todo el rato, y Madrid no parecía estar en la cara sin iluminar de otro planeta.

Por lo demás la mañana fluye bien, la mesa con los calendarios, los folletos y los imanes se va quedando vacía, encadenamos charla cordial con charla cordial con los vecinos. Llega Ulises, un joven amigo del joven Arnau, para ayudar a desmontar la carpa. Nuevo asombro de servidora ante el intríngulis de la operación. «¿Os ayudo?», digo con la boca pequeña. Como me digan que sí, no sabría ni por dónde empezar. «Quita, quita», se ríen. Me regalan una libreta firmada por todos y me voy más contenta que unas pascuas.

Al día siguiente, domingo 16, me encamino a meterme de cabeza en otra carpa, pero distinta: esta no es naranja, es de color blanco, y no la ha levantado ningún partido. Es de Escuela de Todos-Escola de Tothom, una plataforma cívica recién creada para auxiliar a las familias que quieren solicitar el 25 por ciento de enseñanza en español para sus hijos. La plataforma recoge firmas de apoyo y también solicitudes de padres y madres para tramitarlas en el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña a través de la Asamblea por una Escuela Bilingüe, que hace así de parachoques ante amenazas y coacciones. Gracias a ellos y a las otras entidades que dan apoyo a la plataforma, nadie sabe por ejemplo quién es la criatura de Canet de Mar.

Me voy para allá con Sonia Reina, consejera de Ciutadans en el distrito de Les Corts, y amiga de Berta Romero, la menuda pero decidida mujer a la que encontramos al frente de la carpa, plantada a las puertas del Turó Park, a dos pasos de Francesc Macià. Una zona acogedora y elegante por donde esta soleada mañana de domingo pasean muchas familias con niños pequeños y con carritos de bebé. Viendo la tranquilidad con que se acercan y firman, como quien lleva al crío a echar la carta a los Reyes Magos, lo último que te imaginarías es que el Ayuntamiento de Vic, uno de los más hiperventilados de Cataluña -hace nada volvieron a descolgar la bandera española del consistorio y a quemarla en medio de la plaza-, ha denegado los permisos a carpas de esta entidad, alegando no sé qué ordenanzas municipales contra el escándalo público y moral. Vamos, que por poco no les hacen una ley de vagos y maleantes a medida.

La recogida de firmas y solicitudes es un éxito, un éxito tranquilo, pero que cansa lo suyo. Hablamos de una carpa blanca llevada por tres personas, ninguna de ellas demasiado joven, que llevan toda la mañana de pie. Llegada la hora de recoger velas, Sonia Reina me mira, yo miro a Sonia Reina, y siento mariposas en el estómago: comprendo que se acerca mi bautismo de fuego. ¡Por fin me voy a enterar de cómo se desmonta una carpa! Porque a esta gente decididamente hay que echarles una mano. Y por lo que sea, ahora mismo no hay nadie más.

Quitamos unas cintas adhesivas por aquí, apretamos unos botones para allá, y la carpa se pliega sobre sí misma como un paracaídas de película. ¡Magia! Eso sí, metida dentro de su funda pesa lo que quiere. Insistimos en ayudar a llevarla al coche, brevemente aparcado lo más cerca posible para facilitar la operación. Pasa un ciclista por el carril bici y protesta…ligeramente, educadamente, como se protestaba en Cataluña antes de que, como decíamos, se jodiera el Perú no sé cuántas veces. 

Que se desjoderá, se desjoderá… Poco a poco y gracias a mucha gente abriendo y cerrando carpas, día tras día, plaza tras plaza, sin pestañear y sin perder la fe en el prójimo. En la inmensa responsabilidad de tener prójimo.

Y es que si no… ¿qué?

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