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Julia Escobar

El cuarto Rey Mago

«Según algunos «revisionistas», habría un cuarto rey Mago por ahí tirado»

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El cuarto Rey Mago

Cabalgata de Reyes Magos. | Alberto Ortega (EP)

Como escribo esto precisamente el día de los Reyes Magos, no puedo sustraerme a la fuerza de esta importante festividad tan arraigada entre nosotros, a pesar de la competencia de Santa Claus, más conocido como Papá Noel. Pues bien, hay quien considera que no es tal competencia, sino un avatar más del mismo impulso que llevó a los famosos monarcas orientales, Melchor, Gaspar y Baltasar a seguir la señal de la estrella que les condujo hasta donde cualquier otro astro quedaba eclipsado, como decía Lope de Vega en un poema a ellos dedicado («Reyes que venis por ellas / no busquéis estrellas ya / porque donde el sol está / no tienen luz las estrellas»). Según esos «revisionistas» habría un cuarto Rey Mago por ahí tirado. 

El historiador L. Regino Mateo del Peral, en un libro titulado La Navidad en Madrid (Ediciones La Librería) alude brevemente a la leyenda de ese cuarto Rey Mago que permaneció en el anonimato, pues nunca pudo llegar a Belén. El autor se basa en una película de 1992, protagonizada por Martin Sheen, titulada El cuarto Rey Mago. En ella, un mago de origen persa decide unirse a los otros tres magos para honrar al Niño, pero su buen corazón le hace detenerse tantas veces a socorrer a los enfermos, niños abandonados, leprosos y doncellas en peligro con los que se encuentra, que nunca consigue llegar a su destino.

No es esta la primera vez que me topo con este intruso que desbarata la aritmética de nuestra hermosa tradición. La primera fue en una conferencia de Michel Tournier quien, a su vez, se decía deudor de un folclorista alemán cuyo nombre ahora no recuerdo. Según él, nada se opone a que haya existido un cuarto rey mago, en este caso un príncipe ruso, quien decidió seguir las mismas señales que los otros tres monarcas astrólogos. Visto así, nada nos impide relacionar al príncipe ruso ―y en consecuencia, al cuarto rey mago― con la figura de quien llegaría a ser el famoso Papá Noel en otras tradiciones cristianas, hoy imperantes. Para transmitirles lo que Tournier contó en aquella conferencia me he atrevido a reproducir aquí sus argumentos en un cuento inspirado en ellas que titulé precisamente «El cuarto Rey Mago»:

«Ya era tarde. Habíamos realizado todos los ritos de la Nochevieja española. Los niños estaban en la cama y los jóvenes en el bullicio exterior mientras que nosotros, más recatados, pero excitados por la copiosa cena, las uvas, el champagne y los vivas al Año Nuevo, seguimos bebiendo en torno al fuego. Hablamos de la Navidad, de sus tradiciones y sus contradicciones, sus defectos y sus virtudes, su vigencia y su significado. Mi hermano Raúl se quejó de su duración excesiva entre nosotros: esa semana más hasta Reyes, y con la que estaba cayendo, era la ruina de su empresa y dijo preferir, con mucho, la tradición nórdica y anglosajona del Papá Noel. Aquello generó una discusión bizantina sobre las diferencias entre la Cristiandad, dividida por tradiciones tan dispares hasta que Vasili, el amigo ruso de Michel, nuestro cuñado francés, dijo en un perfecto castellano:

― ¿Y no se os ha ocurrido pensar que no hay tal disparidad?

― ¡No vas a decir que son lo mismo!

― Prácticamente —añadió— y os lo voy a demostrar. A ver, ¿de dónde han salido los Reyes Magos?

Nos quedamos desconcertados. Yo me atreví a balbucir:

― Pues de Oriente.

― Me refiero a las fuentes documentales, contestó mirándome con desprecio.

Tras un breve silencio, Raúl recobró su aplomo:

― ¡De los Evangelios!

― Bien —dijo Vasili— ¿Pero todos?

― ¡Eso es de nota! —protestamos.

― Pues os diré —añadió Vasili con resabio de erudito— que, a pesar de su fortuna posterior, solo Mateo los menciona y si habéis leído con atención ese Evangelio veréis que no dice en ninguna parte si los reyes eran dos, tres o nueve. Solo dice que hubo tres regalos –oro, incienso y mirra– pero no que cada regalo perteneciera a un solo rey.

― ¿Y qué tiene que ver eso con Papá Noel, si se puede saber? —preguntó Michel, haciéndose eco de nuestra perplejidad.

― Muy sencillo. Hay una leyenda de la Iglesia ortodoxa según la cual un príncipe ruso, urgido por las mismas señales que los otros tres monarcas, decidió seguirlas. El joven se cubrió con un manto y un sombrero de lana, porque hacía mucho frío, llenó un trineo de juguetes para el niño Dios y, conducido por los renos, inició su largo viaje a través de la estepa, pero como era tan compasivo iba entregando los regalos a los niños necesitados que encontraba en el camino. Cuenta la leyenda que la ruta era tan larga y los niños, tantos que llegó a su destino 33 años después, con las manos vacías y Cristo en la cruz, donde no le pudo entregar más que su alma cansada. ¿No pensáis que este príncipe ruso es Papá Noel y que en consecuencia este último podría ser muy bien el cuarto rey mago?

Estábamos sobrecogidos. Hubo un silencio emocionado que Michel rompió con alegría:

― ¿No os parece más bonito pensar que en realidad sigue vivo, que ha renunciado a encontrar al Niño Jesús y que prefiere entregar los regalos en su nombre a todos los niños con los que se encuentra?

― ¿Y la barba blanca? —pregunté yo por decir algo.

― ¡Es que han pasado 2.000 años!»

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