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José García Domínguez

Aznar, Prodi y el error del euro

«El euro existe por una razón muy simple, a saber: porque, una vez establecido el principio de la libre movilidad de capitales a través de las fronteras nacionales de los países miembros, no quedaba más remedio que crearlo»

Opinión
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Aznar, Prodi y el error del euro

José María Aznar. | Cézaro De Luca (Europa Press)

Preguntado en La Vanguardia por el euro, aquella mala idea que ahora va a cumplir veinte años, Romano Prodi, el presidente de la Comisión Europea que la introdujo dentro de los cajeros automáticos de todos los bancos el 1 de enero de 2002, ha dado en echar nada disimuladas  pestes contra José María Aznar. El motivo de esa inquina crónica que les guarda a los dos de Valladolid (también recuerda con horror retrospectivo a Miguel Ángel Rodríguez, cuando los hechos responsable de comunicación en La Moncloa) un venerable anciano de 82 años, alguien ya ajeno a toda reyerta política, tiene que ver con una muy estratégica entrevista que MAR le consiguió a Aznar en el Financial Times, entrevista en la que, según Prodi, el presidente español se inventó, literalmente se inventó, que Italia pretendía, por oscuras razones no aclaradas, condicionar la adhesión de España a la moneda única. Veinte años han pasado de aquello, pero Prodi sigue sin perdonar

En todas las épocas, escribió Orwell, existe un conjunto canónico de ideas y creencias compartidas que todo el mundo debe asumir, so pena de arrostrar de por vida el estigma de la marginalidad extravagante. En la Europa de hoy, el euro es una de esas contadas ideas incuestionables. De ahí que incluso su genuino padre biológico, el honorable Prodi, se vea forzado a recurrir a alambicados circunloquios retóricos para dejar entrever su frustración por la distancia que separa los objetivos teóricos que se planteó la unificación monetaria y sus magros resultados reales tras cumplirse cuatro lustros desde su puesta en marcha. El euro existe por una razón muy simple, a saber: porque, una vez establecido el principio de la libre movilidad de capitales a través de las fronteras nacionales de los países miembros, no quedaba más remedio que crearlo. Y no quedaba más remedio que crearlo por la imposibilidad metafísica de que los países puedan satisfacer tres grandes deseos económicos al mismo tiempo. 

Así, un país puede aspirar a poseer una divisa estable, puede desear la libre circulación de capitales a través de sus fronteras, y puede querer dotarse de una política monetaria soberana. Lo que ningún país puede, sin embargo, es gozar de esas tres prerrogativas juntas. Se impone elegir dos y renunciar a la tercera. Y las élites del continente ansiaban, por encima de todo, tipos de cambio fijos y permanentes en el tiempo entre sus divisas. De ahí, pues, el euro. El euro, sí, era inevitable. Pero que España e Italia formasen desde el inicio parte de él, bien al contrario, hubiese sido perfectamente evitable. Porque no había ninguna obligación de que españoles e italianos nos pusiéramos con tanta urgencia aquel traje nuevo que nos venía 10 o 15 tallas más grande. Repárese a esos efectos, el de las tallas, en el revelador dato estadístico de que el marco alemán se revaluó el 500% en relación a la peseta, ¡el 500%!, durante los 30 años previos a la creación del euro. 

Polonia, sin ir más lejos, un país que no sufrió en absoluto los estragos de la Gran Recesión de 2008 y que mantiene un crecimiento económico envidiable desde antes del cambio de siglo, sigue sin mostrar la menor urgencia por renunciar a su moneda nacional para adherirse al euro. Españoles e italianos, huelga decirlo, podríamos haber hecho lo mismo. Y Alemania, por cierto, nos habría apoyado. No por casualidad fue Helmut Kohl el mayor defensor de la llamada entonces teoría de la coronación, la doctrina consistente en defender que la unificación monetaria fuese la última fase, no la primera, de un largo proceso temporal de armonización entre las economías del Norte y del Sur. Pero Aznar tenía mucha prisa, según revelaría por escrito el hoy principal asesor económico de Macron en El Elíseo, Jean Pisani-Ferry. A decir de Pisani, que puede contar lo que Prodi calla, el jefe del Gobierno italiano propuso a Aznar en 1995 que sus dos países retrasasen la entrada en la nueva divisa. Pero el español se negó en redondo. No hubo, cuenta, manera de convencerlo. Una terquedad, la de Aznar, que acabó obligando a que Italia, a fin de cuentas un país fundador del Mercado Común, también se adhiriera. Y entraron. Seis años después, solo seis, se desencadenó el desastre.

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