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Juan Claudio de Ramón

Heredar el mérito

«¡Negocios familiares, dónde se ha visto! ¡Ni que fuera un partido político! Lo cierto es que hay sagas de empresarios como las hay de médicos o jueces»

Opinión
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Heredar el mérito

Marta Ortega y su padre, Amancio.

A primera vista, la párvula polémica creada alrededor del nombramiento de Marta Ortega como presidenta de Inditex, importante empresa fundada por su padre, no merece mayor comentario. El asunto parece normal por ambos lados: que un padre quiera legar su obra a una hija, y que una hija quiera emular a su padre. ¡Negocios familiares, dónde se ha visto! ¡Ni que esto fuera un partido político! Lo cierto es que hay sagas familiares de empresarios como las hay de médicos, profesores, escritores, porteros, jueces y hasta periodistas. Es algo que está en el guion de la vida: los padres son el primer exemplum de los niños y, si les va bien, nada más esperable que la vocación y el oficio se aprendan en casa. Estaría bueno que entre los múltiples planes que la vida nos ofrece, seguir el camino de nuestros padres no fuera una opción igual de respetable que las otras.

Y sin embargo, el asunto tiene su miga: en él confluyen dos asuntos que causan sudores a la democracia liberal; en concreto, a la facción más a la izquierda: la transmisión familiar y el concepto de mérito. La familia, digámoslo rápido, es un cuerpo doblemente controvertible en nuestro mundo: ni la democracia pura ni el liberalismo estricto la pueden reivindicar del todo. La democracia, por ser una institución resistente al igualitarismo: todos los padres trabajan para transmitir a sus hijos ventajas que no tengan otros, y lo hacen sin dolor de conciencia. No he escrito «todos» a humo de pajas: todos es todos. No hacen excepción los padres que hacia fuera profesan la fe igualitarista, que hacia dentro mostrarán esa misma parcialidad con sus vástagos. Por su parte, el liberalismo no dejará de ver en la familia un club cerrado, un vasto archipiélago de islitas iliberales dentro del mar abierto de la sociedad liberal. Por un lado, cada una de esas islas puede entorpecer la autonomía de los individuos. Por el otro, el favoritismo paterno está en tensión con el ideal del mérito, llamado a ordenar la sociedad.

Con esto no quiero decir que democracia y liberalismo luchen abiertamente contra  las familias, sino que no tienen un lugar coherente para ellas en su cosmovisión. Por eso, a los demócratas liberales no nos gusta hablar mucho de familias porque sabemos que no se rigen por los ideales que defendemos en público. En todo caso, también la institución familia está permeada por los principios de igualdad civil y mérito social: los padres saben que hay límites legales y morales a lo que pueden hacer por sus hijos; los hijos, que la red de seguridad del estamento ya no existe, y que el lustre de un apellido se apaga si falta el propio afán.

La vida de Marta Ortega no ha sido hasta hoy ociosa; trabaja en la empresa desde hace más de quince años y conoce a la perfección los entresijos del negocio. Pero tampoco cabe ocultar que se encuentra ahora, por ser quien es, en esa paradójica situación que Rafael Atienza ha llamado de «heredar el mérito». Extraña condición que es connatural a todo cuerpo de nobleza al morir el fundador de la casa. Ya se trate de nobleza titulada o de aristocracia social, la situación no es exactamente halagüeña para el heredero con conciencia de serlo; así como solo se puede vencer una vez en la pradera de Waterloo, solo cabe fundar Zara una vez. Todo descendiente, por próspero que sea, contrae una deuda que se mide con el legado recibido: la de honrar el ejemplo del ascendiente, sabiendo que difícilmente podrá igualarlo. No es tarea liviana, tomada en serio. Yo le deseo toda la suerte a la heredera; el trabajo, no me cabe duda, lo pone ella. Al fin y al cabo, y como sugiere Atienza, también la nobleza es para quien se la trabaja.

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