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Ferran Caballero

La libertad es un burka

«Un hijab es cosa seria, señal de sumisión a Dios y demás y como tal habría que tratarlo»

Opinión
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La libertad es un burka

Mónica Oltra. | Jorge Gil (Europa Press)

En la tienda de Benetton ya se pueden comprar hijabs unisex y de colorines y yo me temo que al final los musulmanes europeos se van a hartar de tanta hipocresía y de tanto paternalismo. Porque un hijab no es un simple pañuelillo de colorines que echarse a la cabeza para salir más [email protected] de fiesta o para que no se nos mueva la melenita haciendo deporte. Un hijab es cosa seria, señal de sumisión a Dios y demás y como tal habría que tratarlo. Por eso es tan ofensivo tratarlo como símbolo de libertad, como hacía el Consejo de Europa, como tratarlo como de una mera imposición estética, como los tacones o el maquillaje, como suelen hacer tantas feministas y como hacía ayer mismo Mónica Oltra en la radio.

El Consejo de Europa ha retirado la campaña en la que nos informaba de que «la belleza está en la diversidad como la libertad está en el hijab». Y lo ha hecho, entiendo, porque esta frase podría ser tan cierta en su sentido como en el contrario. Que bien podría ser, en realidad, que en el hijab hubiese opresión y que la belleza se encontrase en la singularidad de, digamos, la pobre Ratajkowski y no en una diversidad tal que incluya al mismo tiempo sus abdominales y los míos.

Por eso entiendo tan bien y también a Mónica Oltra cuando sale a decir que al fin tan opresivo será el hijab como otras opresiones patriarcales tales como el maquillaje o los tacones. La entiendo perfectamente porque a mí también me duelen más mis poquísimas horas de gimnasio que las muchísimas horas de la pobre Emily. Pero, por mucho que me duelan y por mucho que la entienda, eso es algo que yo suelo callarme porque sospecho que a lo mejor ahí pesan algo más mis egocentrismos que mis opresiones. El hiyab es como el maquillaje o los tacones, pero solo para los pijos como Mónica y como yo, que podemos construirnos y deconstruirnos en los probadores del Benetton sin esperar a cambio más que mucha comprensión, un par o tres de miradas de aprobación y quizás incluso algún aplauso y felicitación.

Decía sir Humphrey Appleby que la primera ley de la política consiste en no creer nunca en nada hasta que haya sido oficialmente desmentido. Que el Consejo de Europa considere necesario recordarnos que el hijab es libertad debería hacernos sospechar que quizás sepan algo que nosotros sólo intuimos. A ver si será cierto que no en todos los barrios de Europa hay un Benetton en el que libremente podamos jugar a ser musulmanas por un ratito. Algo hay de profundamente injusto, de cínico, de inmoral incluso, y diría que no precisamente pequeño, en hacer por esnobismo lo que los otros hacen por necesidad. En la apología de la descarbonización en bicicleta Brompton, en comer gusanillos y raíces en restaurantes de estrella Michelin, en pasearse con un hijab unisex de colorines y marca Benetton por los Campos Elíseos de París o en presumir de mujer oprimida desde todas las instituciones del poder político, mediático y cultural de una democracia occidental mientras vistes como te da la real gana y quemas en el gimnasio incluso menos calorías que yo. Que ya es el colmo.

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