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Enrique García-Máiquez

Crear a la fuerza

«Más trascendente que sortear las limitaciones personales, es la gran lucha por la libertad. Quizá sea la tarea encomendada a nuestra generación»

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Crear a la fuerza

Ariana Ruiz (Zuma Press)

Una de las noticias más importantes de los últimos días ha sido la creación de la Universidad de Austin, en Texas, para proteger al menos un ámbito académico de las presiones de lo políticamente correcto. La noticia merece sopesarse. Desde mi pereza constitutiva y mi coyuntural —espero— pobreza, me pasma la cantidad de esfuerzo y la inversión astronómica que los fundadores van a tener que aportar para que algo tan grande, complejo y burocrático como una universidad se ponga en marcha y subsista. Si tenemos en cuenta, además, que los promotores no son gente que tenga que buscarse un sueldecillo, sino prestigiosos académicos (Jonathan Haidt, Niall Ferguson, David Mamet, Ayaan Hirsi Ali, etc.) que podrían bandear el temporal bastante bien, todavía asombra más.

Las arremetidas de la corrección política tienen que ser, por tanto, de aúpa para que se haya tenido que dar un paso semejante. Casi desesperado. En otro caso, habría bastado con hacer un esfuerzo en sus respectivas cátedras, tribunas y editoriales, y ya está.

Lo que nos sirve para caer en la cuenta de que la creación artística e intelectual siempre resulta desesperada o irremediable si es verdadera. Pasa incluso con la escritura más personal. Creo que, si yo hablase con precisión, soltura, belleza y capacidad de convencimiento, no escribiría. Escribo para suplir una serie de carencias que asfixian mi capacidad de expresión. (Ahora caigo en que quizá esta sea la explicación lógica del hecho de que Jesucristo nunca escribió. Ni Sócrates).

Todavía lo veíamos más claro cuando el brillante articulista y poeta Francisco Bejarano intentaba convencernos de alguna teoría suya en una tertulia. Se enredaba un poco y, al ver que no lograba su objetivo, clamaba, como nos ha recordado recientemente Paula Fernández de Bobadilla: «¡Pero mañana escribiré una columna y entonces os lo haré irrefutable!». Y lo hacía.

Así hay que leer el paulino «Oportet haereses ese», o sea, «Conviene que existan los herejes». Nos impulsan a crear con vehementes empujones, que nunca agradeceremos bastante. El marqués de Tamarón nos recuerda, en la misma línea (de combate), que «Sin cesura ni censura, / no hay buena literatura». Dentro de cien años, cuando la Universidad de Austin sea un prestigioso centro educativo donde la verdad brille por su presencia (si es fiel a su carisma fundacional), nuestros nietos tendrán que alegrarse de que existiese algo (ya completamente olvidado salvo por los abnegados profesores de historia de la postmodernidad) llamado «Cultura de la cancelación». Convino.

Por ahora, aún más trascendente que tratar de sortear las limitaciones personales, es la gran lucha por la libertad. Quizá sea la tarea que estaba encomendada a nuestra generación. A la cual se suma la nueva universidad. Solamente su creación ya supone un buen varapalo doble a lo políticamente correcto: 1) lo denuncia y 2) ejemplifica un modo bastante señorial de burlarlo: el desdén. Nos recuerda la última verdad de esta cuestión: el mejor modo de defender la libertad es practicándola. Como se quiera, donde se quiera, siempre.

Así que permítanme desear una larga vida a la nueva universidad; pero también a los profesores que en las viejas universidades e institutos y colegios tampoco se rinden y ejercen su libertad de pensamiento, expresión y enseñanza. Las mismas albricias por los nuevos medios de comunicación y por los remozados con entusiasmo y ambición, como éste, hip, hip, hurra, pues serán baluartes de la libertad. Albricias también por los que escriban en cualquier parte con libertad de espíritu.

Y larga vida a usted lector, que lee lo que le da la real gana, majestuosamente. Lo juzga con su criterio soberano. Y no contento con eso va y lo comenta, tan tranquilo. Hace muy bien. A la civilización la han salvado a menudo un puñado de soldados. Hoy a la nuestra, sin faltarle a las Fuerzas Armadas, la salvarán, si la salvamos, que eso espero, un puñado de hombres y de mujeres libres y valientes, creativos a la fuerza.

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