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Carlos Mayoral

Dostoievski el moderno

«El lector del XIX comprende, de pronto, que se puede amar a un canalla, que los barrios de baja estofa tienen su encanto, que hay placer en la inmundicia»

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Dostoievski el moderno

Wikimedia Commons

De vez en cuando aparece en la historia una voz revolucionaria que lo cambia todo. No es exactamente una manera de narrar, tampoco una novedad en la trama, ni la expresión de una idea concreta. Es ese fenómeno inexplicable del estilo. Es eso que nadie sabe lo que es, pero que es lo único que importa. Esta semana se cumple el segundo centenario del nacimiento de Fiódor Mijáilovich Dostoievski, uno de los tres o cuatro nombres de la historia que consiguieron eso: modificar con su sola presencia las reglas de la narrativa universal. Quizás ya se intuía este don cuando una turba de campesinos asesinó a su padre haciéndole tragar vodka hasta la asfixia. El joven Fiódor se pondría del lado del campesinado, aun en contra de su propio padre muerto. O quizá macerase este talento en las frías cárceles de Siberia, donde Dostoievski memorizó la Biblia antes de librarse de una ejecución en el mismo pelotón de fusilamiento.

Era un ser, como digo, especial. Una personalidad oscura, como oscuros eran sus personajes, pero a la vez amable, tan amable como lo serían aquellos seres de su prosa. Este es uno de los méritos de su revolución narrativa: el crimen es empático. El lector del XIX comprende, de pronto, que se puede amar a un canalla, que los barrios de baja estofa tienen su encanto, que hay placer en la inmundicia. En un paraje, el literario, de aristocracia y elitismo, de lujos y poder, de Karéninas y príncipes Andréi, Dostoievski viene a mostrar la otra cara, la del jugador pendenciero -no en vano fue un amante de la picaresca española-, del asesino, del preso, del duelista, del inquisidor. Un cambio de paradigma que nace al socaire del Romanticismo, y que otros como Charles Baudelaire o Edgar Allan Poe llevarán a sus respectivas páginas.

«Soy un ser infecto, soy una persona despreciable». Así comienza una de las obras preferidas por el arriba firmante, Memorias del subsuelo, y creo que condensa en un solo renglón lo que Dostoievski vino a cambiar. Desde el punto de vista técnico, el narrador salta por los aires, algo que ya había conseguido su amado Cervantes siglos atrás. El paralelismo no es azaroso: si el ruso es el primer novelista moderno, el español es el primer novelista. Desde el punto de vista moral, ya se intuye que el autor buscará la complicidad entre el narrador y el lector, pese a la moral reprobable que exhibe. Esta insurrección ética marcará parte del XIX y todo el XX novelístico. Dostoievski es una especie de protoexistencialista, que cree en Dios a la manera unamuniana: mejor tener fe en una mentira que resignarse ante la verdad. Esa angustia de vivir se mantuvo firme desde aquel 11 de noviembre de 1821 que hoy celebramos y se reflejó en su narrativa hasta que se apagó sesenta años más tarde, cuando arruinado y enfermo Dostoievski dijo adiós con un epitafio digno de su novela: «De verdad os digo que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere produce mucho fruto». Dos siglos después, todavía germina. Salve, Fiódor.

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