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Jacobo Bergareche

Deslegitimar al nacionalismo

«Hasta que no haya un partido político que asuma el reto de deslegitimar al nacionalismo, todos los nacionalismos, no habrá en España un partido verdaderamente progresista»

Opinión
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Deslegitimar al nacionalismo

Josep Lago | AFP

Varios astronautas han descrito un cambio radical y automático en su concepción del mundo tras contemplar la tierra desde su nave. Ven una esfera diminuta, suspendida en una oscuridad insondable, sin más escudo que una fina capa de aire para defenderse de radiaciones letales y asteroides kamikazes, y entienden entonces la inmensa fragilidad de esa extraordinaria excepción que es la vida en la tierra. Este fenómeno fue bautizado ya hace tiempo como efecto perspectiva (overview effect). Quienes lo han experimentado vuelven a la tierra cambiados, no encuentran ya ningún sentido a las divisiones políticas que los humanos han inventado para separarse en países, ideologías, razas, clases sociales, religiones y demás grupos permanentemente enfrentados. Sienten desde ese momento una necesidad imperiosa de evangelizar a los habitantes del planeta para que se unan y se organicen con el fin de preservar el milagro de la vida en la tierra. Cualquier otra causa les parece absurda. 

Los que no hemos ido al espacio y no hemos visto la tierra desde lejos tenemos ejemplos en la ficción para poder entender la frustración que sienten los que han experimentado el efecto perspectiva ante absurdas divisiones terrenales que consume los esfuerzos de una humanidad que da la espalda a las verdaderas amenazas. Ilustra bien este drama la serie Juego de Tronos, en la que vemos a varios señores feudales tan absorbidos en sus luchas rutinarias por imponerse en sus respectivos terruños, que no son capaces de atender las advertencias sobre la verdadera amenaza global que les acecha, los White Walkers con su ejército de zombis.

Al igual que los protagonistas que siguen vivos en la temporada final de Juego de Tronos ya entienden lo que de verdad se juegan, nosotros también hemos entendido por fin, merced a la pandemia[contexto id=»460724″], qué cosa es una amenaza global, lo poco que sirven las fronteras para protegernos de ellas y cómo aumenta el riesgo cuando se priorizan los intereses particulares de un grupo cerrado frente al resto de la humanidad. 

Otras dos grandes amenazas de nuestro tiempo aún requieren de nuestra capacidad para imaginárnoslas y tomárnoslas en serio. Una, ya lo saben, es el cambio climático[contexto id=»381816″]. Como no soy científico no trataré de describir los diferentes escenarios que predicen los expertos, pero diría que a los legos nos basta para intuir la dimensión aterradora de esta amenaza con ver esos inmensos icebergs del tamaño de un país europeo que se desprenden de los polos, esos lagos desecados del interior de Asia o los millones de refugiados climáticos que huyen de tierras desertificadas y que se ahogan en nuestras fronteras. Otra es la robotización del trabajo, o más bien las consecuencias de una mala gestión de la robotización del trabajo, problema cuyo análisis requiere una gran dosis de especulación y de capacidad para la ciencia-ficción. En todo caso, está cada vez más claro que muchos de los oficios que conocemos desaparecerán, que serán sustituidos por otros nuevos y que cada vez será más difícil generar rentas y tributos a partir de las habilidades ordinarias de los humanos, por tanto, enormes masas de población quedarán desempleadas sin que esté claro de dónde ingresarán los Estados para mantener a los desempleados, sobre todo aquellos estados donde no tengan su residencia las grandes empresas digitales que van a reemplazar con sus servicios a los trabajadores. 

En paralelo a todas estas amenazas reales que afectan inexorablemente a todo lo que pulula sobre la tierra y bajo el mar -a excepción parece ser de los tardígrados- existe una amenaza intangible, de índole psicológica y no por ello menos real, que es la que constituye el conjunto de ideas, ideologías y sentimientos que nos impiden reaccionar unidos como especie para evitar la catástrofe climática y para lograr un nuevo pacto social en la era digital, que es una era irremediablemente global. Yo pondría a la cabeza de todo este conjunto la idea misma de nación, un concepto cada vez más caduco, que sirve esencialmente para dividir a la humanidad en grupos asociados a territorios, grupos cuyos rasgos distintivos con respecto a otros grupos vecinos son cada vez más insignificantes en la era de Instagram, Netflix y el whopper. El concepto de nación pudo haber sido útil en otros siglos, para agrupar a las clases más desfavorecidas en una comunidad de derechos y hacer frente a los tiranos, pero en el siglo XXI, cuando existe ya un amplio consenso sobre lo que debieran ser los derechos humanos universales, la organización de la humanidad en naciones-estado con intereses particulares y derechos diferentes, se demuestra cada vez más como una manera muy ineficiente de organizar al conjunto de la humanidad para hacer frente a todo aquello que en nuestro tiempo puede aniquilarla. 

Creo por todo esto, que el nacionalismo, como corriente de pensamiento que promueve la conciencia de grupo cerrado con derechos exclusivos que emanan de su lugar de origen, debe ser deslegitimado y combatido, con el mismo ímpetu que en los últimos años se ha combatido el machismo, el racismo o la homofobia –todos ellos junto al nacionalismo son síntomas de una misma enfermedad. Si los derechos a los que aspiramos y los retos a los que nos enfrentamos son universales, ¿es legítimo aspirar pues a tener derechos diferentes a los demás pobladores del planeta por haber nacido en un determinado lugar, hablar determinada lengua, ser hombre o mujer, tener un color de piel diferente o apellidarse de alguna manera? Son muchos los que creen que sí, y tengo claro que los que se encuentran en ese campo no pueden considerarse progresistas ni humanistas. 

Por todo lo expuesto, y ya descendiendo al espacio tan restringido en el que soy ciudadano de pleno derecho, España y en menor medida la UE, me indigna la postura de los supuestos líderes progresistas de mi país ante el discurso nacionalista, ya sea catalán, vasco, gallego o español. El diagnóstico que parecen haber hecho es que el nacionalismo es una enfermedad crónica e incurable, y la terapia paliativa que ofrecen es el apaciguamiento mediante una asimilación parcial de las aspiraciones nacionalistas. Esto ya solo se arregla, nos dicen, reconociendo en voz alta el derecho de autodeterminación y escribiendo cien veces en la pizarra los topónimos sin eñe. No oigo voces que se propongan deslegitimar políticamente el nacionalismo como proyecto retrógrado y equivocado. Los políticos que hoy se enfrentan a los nacionalismos regionales, lo hacen o bien solamente con el uso de las leyes, sin hacer jamás ninguna pedagogía para deslegitimar el nacionalismo como idea, o bien ofreciendo nacionalismo español para contrarrestar otros nacionalismos. Está claro que defensa de la ley para combatir los abusos del nacionalismo es fundamental, pues la ley es lo que nos hace a todos iguales, pero hasta que todos los ciudadanos entiendan que la única patria por la que deben luchar es el planeta y no el terruño, hay mucho que hablar y mucho pedagogía por hacer, y hasta que no haya un partido político que asuma el reto de deslegitimar al nacionalismo, todos los nacionalismos, no habrá en España un partido verdaderamente progresista. 

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