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Jacobo Bergareche

En defensa del libro de papel

«La acumulación de libros digitales en detrimento de los libros físicos conduce a un tipo de hogar, de espacios familiares, donde se pierden las huellas de nuestro camino como lectores, donde ha desaparecido la historia de nuestra curiosidad»

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En defensa del libro de papel

Chuttersnap | Unsplash

Mi mujer se ha pasado definitivamente al libro digital. Lee por la noche en la oscuridad, el texto blanco sobre la página negra, yo aún me resisto: hay que leer a la luz, mostrar lo que uno lee. Ella me habla de las evidentes ventajas de tener todos esos libros que siempre ha querido leerse en su dispositivo portátil, inmateriales, al fin comprimidos en un mismo artefacto, siempre a mano donde quiera que uno esté, con un texto vivo sobre el cual basta posar el dedo para obtener la definición de una palabra desconocida, para apuntar una cita que queremos recordar o para aumentar el tamaño de una letra demasiado pequeña. Jamás los textos en otra lengua fueron más accesibles.

Y sin embargo, creo que comete un error no comprando ese pesado e incómodo libro de papel. Ese libro que, junto con los demás, ocupan un gran espacio en casa y más aún en la maleta, que no caben en su bolsillo y que están llenos de palabras o de referencias que exigen acudir a un diccionario o una enciclopedia.

Yo le argumento que la acumulación de libros digitales en detrimento de los libros físicos conduce a un tipo de hogar, de espacios familiares, donde se pierden las huellas de nuestro camino como lectores, donde ha desaparecido la historia de nuestra curiosidad. Nadie, ni nuestros amigos ni nuestras hijas, podrán saber qué cosas leímos o aspiramos a leer si la biblioteca queda encerrada en las tripas opacas de su iPad.

Somos padres de tres hijas, la mayor tiene quince años. Hay tantos textos que aspiro a legarles, tantas ideas, relatos, teorías que quisiera que consideraran. Es un esfuerzo estéril, la mayoría de las veces. El simple hecho de ser su padre me convierte en una fuente sospechosa cada vez que quiero convencerles de algo: no son tontas, cualquier idea o teoría que les trato de transmitir se convierte en algo que hay que poner en cuestión por el simple hecho de que fue su padre el que se lo expuso: la resistencia a lo que yo deseo que lean y que crean o sientan es para ellas una gran oportunidad de rebelarse al control paternal de sus mentes.

Ahora que ya son demasiado mayores como para que les podamos leer cuentos a la hora de dormir, lo única esperanza que nos queda en nuestro propósito evangelizador es exponerles a la convivencia con una biblioteca física, para que pasen cada día, en su trayecto del dormitorio a la cocina, ante un escaparate de libros: quizás algún día alguno les llame la atención, a veces basta con recordar lomos de libros, los títulos y los autores, para que algún día, ya lejos del hogar familiar, emprendan una búsqueda.

La acumulación de libros de papel nos permite poner a la vista de nuestros hijos, de nuestros amigos y de nosotros mismos, la evolución de nuestros intereses, las preguntas que nos hemos hecho, desde la vez que nos dio por saberlo todo sobre las palomas hasta cuando nos obsesionamos con Mehmet el Conquistador, los platos de cuchara, el sexo tántrico o el origen del Cristianismo.

Abandonar la biblioteca física por una digital empobrece nuestra vida familiar y reduce en gran medida nuestra capacidad de reflejar en quienes nos rodean la luz que nos llega de los libros.

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