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José Carlos Llop

La peste y sus géneros literarios

«De nuevo somos hombres antiguos, víctimas del capricho de los dioses, y la Antigüedad es lo más moderno que tenemos a mano»

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La peste y sus géneros literarios

De nuevo somos hombres antiguos, víctimas del capricho de los dioses y la Antigüedad es lo más moderno que tenemos a mano. El hombre desvalido y sin ciencia y los médicos como hechiceros de la tribu. Hay contadores de historias y visionarios que aún no conocemos y un chino de Wuham dijo que durante la rutina del confinamiento era bueno llevar un diario. No sé cuántos leyeron el consejo, pero estoy seguro de que son multitud ahora los que lo intentan o escriben, convencidos de que aquello es un testimonio de la dolorosa incertidumbre que vivimos.

Para soportar el confinamiento, lleven un diario, dijo el wuhamita, y debe de haber docenas de escritores y no escritores trazando su Diario de la Peste, supieran o no del consejo. Como para no escribir un diario nunca más, pensé, y como para suicidarse los editores cuando esto amaine y empiecen a recibir batallones diarísticos. Samuel Pepys y Daniel Defoe escribieron sobre la peste de mediados del XVII y lo hicieron muy bien. Arcadi Espada tomó el título de Defoe –Diario de la peste, precisamente– para relatar la dolencia independentista cuando se hizo tumoral y en el resto de España seguían pensando en otra cosa; fueron sus mejores páginas: alguien estaba pintando lo que ocurría sin más anteojeras que los artilugios del retratista. El retrato como crónica de época.

Por otra parte, los periodistas culturales se han apresurado a pedir –casi a exigir– la novela del momento que estamos viviendo. Las prisas del día a día en una Redacción eliminan el concepto de calma y sobre todo, el distanciamiento del tiempo para crear sobre un hecho real. El lema ‘basado en hechos reales’ tiene muy buena prensa desde Tom Wolfe y Truman Capote, pero sin calma ni tiempo la creación literaria deja de serlo y pasa a ser un objeto coyuntural al que quizá acudan los historiadores, el día que padezcan un ataque de modestia. Pero poco más, A sangre fría aparte. ¿Cuántas novelas cuyo marco es el 11 de septiembre de 2001 son mejores novelas que las anteriores o posteriores de sus autores? No diré que ni una –de Philip Roth a Ian McEwan– porque no las he leído todas, pero por ahí debe de ir la cosa. O sea que tampoco ninguna novela que se escriba ahora y se centre en la peste de 2020 podrá abarcar la inmensa y fatídica riqueza de hechos y matices, de claroscuros y sfumatos con que la realidad nos vuelve a tener agazapados al fondo de la caverna. Falta tiempo –el tiempo es un gran escritor; o si lo prefieren: el gran colaborador del escritor– para que el contador de historias encandile a la tribu y le haga olvidar el sufrimiento desde la misma crónica del sufrimiento.

Descartados, desde un insano escepticismo, los Diarios y la novela, nos queda la poesía y en este apartado lo visionario y lo profético ocupan un lugar de preeminencia. ¿Por qué? Porque el exceso de construcción intelectual –y lo hay en la novela y a menudo en los diarios– impide lo profético y la verdad de su origen. Vayamos, pues, a lo profético, con tres nombres: David Bowie, Leonard Cohen y Bob Dylan. ¿Por qué ellos? En principio porque han sido ellos –especialmente Cohen y Dylan, ambos judíos como Elías o Daniel, pero también Bowie en cuanto apoteosis de todas las caras de la modernidad– los que han cantado para todos la elegía de nuestro tiempo y se han asomado a lo que nos ha llegado ahora, antes de que llegara.

Lo han hecho, Bowie y Cohen, con las últimas canciones de su vida, justo antes de morir: Lazarus You want it darker, respectivamente. El atrezo del vídeo de Lazarus –el rostro de Bowie vendado y con unas arandelas metálicas en el lugar de los ojos y él retorciéndose en la cama mientras canta: ‘Mira aquí arriba, estoy en peligro/ No me queda nada que perder’– es impresionante y se parece más a una UCI de hoy que a otra cosa. El álbum se titulaba Blackstar.

En la voz de Leonard Cohen –‘Un millón de velas encendidas por la ayuda que nunca llegó’ o ‘Quieres más oscuridad/ apaguemos la llama’– siempre ha habitado el profundo eco del Antiguo Testamento y aquí volvemos de nuevo a la Antigüedad, nuestra contemporánea ahora: You want it darker. En cuanto a Dylan –el judío errante, el juglar que pasa de la acústica folk-country al aparataje eléctrico de The Band, como de Bangla Desh al Papa Juan Pablo II– su última canción, Murder most foul, es la gran elegía de la segunda mitad del siglo XX, centrada en el asesinato de Kennedy y Dylan como giróvago.

Me la aconsejó hace unos días Jaime Rosales –lean, por cierto, su libro de notas cinematográficas, El lápiz y la cámara– y es extraordinaria. En ella Dylan no canta, sino que recita; como hacía Cohen en You want it darker; como Bowie –al que apenas le salen unas tímidas notas de lo que fue– en Lazarus. Los tres recitan, los tres hablan al vacío que somos nosotros; en los tres está el fin de una época y la gran inquietud por lo que ha de venir. Pero es la voz de Dylan, la voz de todos los tiempos, la más nuestra. En los tres está el preludio de lo que vivimos ahora y en Dylan, siempre el primero –que esta vez es el último pero quien ha vuelto a elegir el momento preciso– las claves de lo que perdimos. No nos habla un contemporáneo; lo hace el Tiempo, con mayúsculas.

Ni diarios wuhamitas, pues, ni novelas apresuradas: en los modernos profetas estaba todo anunciado y hemos tenido la fortuna –sí, la fortuna–, de vivir su misma época y que ellos hayan sido y sean nuestra propia voz.

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