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Natalia Bravo García

Manzanas traigo

Opinión
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Manzanas traigo

Cuando se aglutinaron cientos de personas en las plazas de cincuenta ciudades de este país aquel mayo de 2011, uno de los gritos más coreados fue eso de “esto no va de izquierdas contra derechas, va de los de abajo contra los de arriba”. Brotó la indignación de miles de ciudadanos, algunos más jóvenes y otros con la piel más arrugada, que desangraban ante las consecuencias de la crisis y con una clase política con la que no se sentían protegidos.

 

Un año antes, algunos estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid agitaban conciencias desde la Asociación Universitaria Contrapoder, con un claro espíritu reivindicativo contra las injusticias sociales que, como jóvenes, creían que sufrirían de lleno según atravesaran la vida adulta. Entre sus miembros estaban Rita Maestre o Íñigo Errejón.

Años más tarde, en 2014, nació un partido político con la intención de recoger el reclamo de todas esas voces que votaban con la nariz tapada a los viejos partidos. Cabe recordarlo, para cuando alguien se pregunte por qué existe Podemos. Aún no se había desinflado el enfado colectivo y miles de personas, entre ingenuidad e ilusión (que quizá sea un poco lo mismo), abrazaron esa opción como la forma de oxigenar el panorama político español. Sus líderes vinieron para hacer de la política algo mejor y aseguraban que recaería en los ciudadanos el poder de todas sus decisiones. Una organización que no fuera personalista, con visión democrática.

Pablo Iglesias, su líder y cara más visible del partido, despierta pasiones y aversiones. O bien le adoran o bien le detestan. Difícilmente deja a alguno destemplado. Son muchos los que se aferran a él al creer que hará un cambio real en la política mientras que otros tantos no votarían jamás a Podemos si sigue él al mando. Muchos creen que él es el timón de ese relevo que se espera a lo grande, algún día, en las instituciones españolas. Otros muchos están convencidos de que su narcisismo puede acabar asfixiando las buenas intenciones del partido. Los primeros confían en que nunca será como PP o PSOE, los segundos calculan cuánto tiempo tardará en comportarse como ellos.

La fidelidad de voto siempre se ha atribuido a los votantes más conservadores y, por contra, siempre se ha creído que la izquierda estaba condenada, por inherencia, a un continuo examen crítico de los suyos que la debilitaba. Pablo Iglesias, dispuesto a demostrar que lo suyo con la clase trabajadora es de raza, ha acabado tratando a sus bases como votantes conservadores. Su incoherencia recién cuestionada va más allá de comprarse una casa de lujo, de alejarse del Vallecas que le enorgullecía o en busca de colegios mejores que los públicos de su barrio. Ha desbordado el sentido de otorgar poder a sus bases. La decisión de emprender un estilo de vida que hasta ayer mismo proclamaba que era el mal no suponía ningún riesgo.

Con una militancia que fulminó a Íñigo Errejón para avalarle a él hace menos de un año, Iglesias se ve capaz de rehuir la autocrítica. Con la polémica en torno al chalet, se sentía con la holgura suficiente para consultarles si está acreditado para seguir dirigiendo la formación, sea lo que sea lo que les preguntase. Con los resultados ya en mano, en efecto, así ha sido. Junto al resto de consultas y apoyo unánime recibido, se ha embelesado hasta olvidar si fuera de sus fieles militantes habrá una masa amplia dispuesta a subirle hasta La Moncloa. Mientras la indignación sigue latente y desamparada en la calle, ¿a dónde dices que ibas, Iglesias?

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