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Félix de Azúa

¿Exageramos?

«Si a los jóvenes este asunto de la educación, tal y como se lo están predicando los socialistas, les parece una cuestión menor, hemos llegado al final de la escapada»

Notas de un espectador
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¿Exageramos?

Arrancan las pruebas de acceso a la universidad 2022 en Valladolid. | Europa Press

He observado que la actual destrucción que tiene lugar en el ámbito educativo escandaliza sobre todo a personas mayores de sesenta años, aunque no faltan los jóvenes que también se muestran horrorizados, pero es sobre todo entre gente de mi edad y hacia abajo, hasta los 60, quienes nos mostramos más virulentos. Estoy pensando en gente como Luri, Savater, Cercas, Marías y similares. Me pregunto si será un rasgo generacional.

Es cierto que la gente mayor tenemos una confianza en el poder de la educación que posiblemente ya no exista. Incluso bajo el sectarismo franquista, tan similar al actual, no dejamos de creer en la necesidad de amueblar el cerebro y el respeto profundo a disciplinas que en la actualidad han sido condenadas a la hoguera inquisitorial como la filosofía. Creíamos en la necesidad de educar y ser educados por varias razones. Algunas un tanto peregrinas.

Por ejemplo, fuimos devotos espectadores del cine americano de la primera mitad del siglo XX y nos creímos (al menos yo lo creí) la potencia de la educación como ascensor social. El modelo mítico era siempre un pobre desgraciado enamorado de la hija del senador que sólo la conseguiría si estudiaba con enormes sacrificios la carrera de derecho y demostraba su valía derrotando a un delincuente enemigo del senador. Era una metáfora excelente. Pero también habíamos visto con qué seriedad se tomaba la educación una familia miserable de la India (El mundo de Apu, del grandioso Satyagit Ray) y el respeto que merecía. Pero es que además lo habíamos visto a nuestro alrededor. En mi caso, en Barcelona, hasta que llegaron al poder los supremacistas, una gran cantidad de hijos de inmigrantes hicieron brillantes estudios y se convirtieron en especialistas de la máxima categoría en todo el país. 

No obstante, estas razones prácticas tenían un peso relativo. Lo que de verdad nos entusiasmaba del estudio era el desarrollo de la inteligencia por sí misma, sin necesidad de sacarle ningún rendimiento económico. Recuerdo aquella discusión entre Savater y Ferlosio sobre las diferencias entre «educar» e «instruir» que hoy debe de sonar a disputa de archimandritas. ¿A quién le importa? Si alguien quiere conocer el valor de la educación verdadera, lea el artículo de Ferlosio titulado «Borriquitos con chándal». Y desde luego todos los libros pedagógicos de Savater.

Si a los jóvenes este asunto de la educación, tal y como se lo están predicando los socialistas, les parece una cuestión menor y se trata tan sólo de pasar curso, hemos llegado al final de la escapada. No creo que haya una escena más abyecta que la de los pedagogos sanchistas jubilosos porque este año el número de sobresalientes es muy elevado y casi nadie repite curso. La infamia moral que se está cometiendo con los estudiantes tendrá consecuencias desastrosas porque sí que les están enseñando algo, sí que les están inculcando una educación: la de ser tan cínicos como ellos mismos y con suerte y padrinos llegar a ser un empleado del partido, bien pagado y privilegiado, tras escalar, obsequioso y servil, todo lo que le permita su ambición funcionarial.

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