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Félix de Azúa

Goya y Moratín: dos vidas

«Goya y Moratín: dos de nuestros más emocionantes artistas, unidos por el destino español»

Notas de un espectador
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Goya y Moratín: dos vidas

Retrato de Leandro Fernández Moratín, Francisco de Goya. | Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Pocas cosas me han impresionado más en el ámbito de la pintura que la comparación entre los dos retratos que Goya pintó de Leandro Fernández de Moratín. El primero y más conocido data de 1799, a unos meses del cambio de siglo, y es una de las piezas mayores de la Academia de San Fernando. Tenía entonces Moratín casi 40 años, pero en el cuadro parece un adolescente astuto, de agudeza evidente, el típico joven despierto y brillante en un Madrid aún polvoriento. Pero eso es lo que era, un modelo de ciudadano ilustrado, y en eso debía de coincidir con Goya a quien había conocido tres años antes.

El segundo retrato, de 1824, es desolador, un rostro abotargado, con una nariz protuberante y una mirada perdida. Es un hombre derrotado. Y, sin embargo, Goya lo pintó en Burdeos, donde vivían ambos exiliados, y sin duda le tenía una profunda amistad. Eran dos supervivientes de aquella marea negra que había asolado a España. Dos náufragos de las tempestades totalitarias desatadas por Fernando VII y la nobleza inquisitorial.

Habían sido dos figuras de extrema notoriedad entre los que se ilusionaron con las reformas de Carlos III y contribuyeron a eso tan raro en España que es un pensamiento liberal. Pero el reinado de Carlos IV, con uno de nuestros característicos sinvergüenzas encaramado en el poder, Manuel Godoy, fue ya un comienzo de represión y bandazos eclesiales, seguido por la invasión francesa y el gobierno de José Bonaparte. Ambos creyeron en la posibilidad de una España reformada y liberal, pero eran, también, dos patriotas, de modo que fueron triturados por las dos Españas (más Moratín que Goya) y acabaron en el exilio bordelés.

Siempre me he preguntado cómo sería aquella relación. Sin duda Moratín conservaba su fino olfato y tenía por Goya un gran aprecio. Es muy conocido este fragmento de carta que les copio dando noticia de que había llegado el pintor a Burdeos en 1824, con sus ochenta años a cuestas:

«Llegó en efecto Goya, sordo, viejo, torpe y débil y sin saber una palabra de francés y sin traer un criado (que nadie más que él lo necesita) y tan contento y deseoso de ver mundo.»

Se transpira el afecto, ¿no es cierto? A Moratín le maravilla, a él que es un hombre acabado y hace años que no escribe, la energía y el amor a su oficio que muestra el santo viejo. Un año más tarde, tras haberle visto instalado en su taller y trabajando con entusiasmo, vuelve a escribir en otra carta: «(Goya) pinta que se las pela, sin querer corregir jamás nada de lo que pinta». Y lo que pinta es el segundo retrato, el que se conserva en el Bellas Artes de Bilbao, y es posible que Moratín hubiera deseado que corrigiera un poco más, pero el gran anciano no tiene tiempo para nada, se le agota la vida y sigue adelante a toda velocidad. Es decir, a la velocidad que le deja su pobre cuerpo. Ambos morirían poco más tarde, el mismo año de 1828.

Emociona ver a aquellos dos talentos tras haber pasado media vida de esperanza, hundidos luego en la expulsión y el desprecio de las autoridades españolas, juntos en un lugar tan azaroso como Burdeos. Uno querría quedarse algunas horas junto a ellos, al amor del fuego, que allí hace un frío polar, y viendo cómo se pasan papelitos con mensajes ya que Goya no oía absolutamente nada. Dos de nuestros más emocionantes artistas, unidos por el destino español.

Cuando ahora me encuentro de vez en cuando con algún superviviente de aquellos años finales del siglo XX en los que llegamos a creer que este país tenía remedio, siempre me regresan los cuadros de Moratín. También nosotros tenemos dos retratos, pero por suerte ningún Goya nos ha dejado fijos para la eternidad.

He tomado las citas de la última biografía aparecida, la de D.F. Fernández Díaz, editada por la Fundación Lara con el título Leandro Fernández de Moratín. El ilustrado errante. Hoy es el día del libro y más nos vale hacerles caso porque son nuestros últimos educadores, ya no hay otros. Me permito, por lo tanto, recomendarles un libro monumental que leerán con provecho y también lo harán sus hijos y nietos, si antes no prohíben la lectura los actuales expertos en educación: Cervantes, Santiago Muñoz Machado (Editorial Crítica). Allí está todo.

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