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Félix de Azúa

Pinochito

«¿De verdad no estaba al tanto, Feijóo, de que el jefe del progresismo español es el máximo campeón de la mentira en provecho propio?»

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Pinochito

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con el expresidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo. | Europa Press

Las informaciones son confusas, como es lo propio del Gobierno de España, pero al parecer Feijóo ya ha conocido personalmente el temple progresista de Pedro Sánchez. Según algunos medios, el nuevo presidente del PP había acordado con el socialista una bajada de impuestos, dentro de las medidas para aliviar la catastrófica situación del país. No obstante, lo primero que ha hecho Sánchez ha sido suprimir ese supuesto en el pacto que se supone han de firmar ambos partidos. Feijóo ha reaccionado con sorpresa y ha dicho, según la prensa no oficialista, que Sánchez: «¡Nos ha engañado a la cara!».

No podemos saber si la sorpresa de Feijóo era auténtica o se trataba de un disimulo gallego de los que impiden saber si sube o baja la escalera. ¿De verdad no estaba al tanto, Feijóo, de que el jefe del progresismo español es el máximo campeón de la mentira en provecho propio? Sus engaños, fraudes, falsedades y disimulos se cuentan por decenas hasta el punto de que podemos afirmar (y afirmamos) que uno de los caracteres centrales del progresismo, al menos en España, es el recurso constante a la mentira. Quizás por eso los progresistas españoles admiran tanto a Putin. A Pinocho le crecía la nariz, al Pinochet hispano le crecen los asesores a dedo.

¿Qué es una mentira? Lo primero, ya me perdonarán, es consultar el diccionario de la RAE que tiene tres siglos de reflexión sobre el asunto. Dice así el santo libro: «Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente». Podría mejorarse, pero no está mal, el redactor se refiere ante todo a la conciencia del mentiroso, el cual sabe que lo que dice no es verdadero, pero con eso no se garantiza que no se esté equivocando o que no sea tan tonto como para desconocer la verdad y creyendo decir mentira dice verdad. Quizás por eso en el diccionario de Manuel Seco se añade algo esencial: «Cosa contraria a la verdad, dicha con intención de engañar». La intencionalidad es asunto de mucha dificultad, sobre todo en la filosofía analítica. Los anglosajones, expertos en perfidias, lo conocen sobradamente. De hecho, en el Oxford ED se lee: A false statement made with intent to deceive. Creo yo que Manuel Seco lo tenía presente cuando redactó su definición. La intención de engañar (to deceive) me parece fundamental.

Pero nosotros, ingenuos herederos de la confesión católica que todo lo borra a cambio de un padrenuestro, ¿cómo sabemos si la mentira ha sido dicha con la intención de engañar? En algunos casos no es en absoluto evidente, como cuando Jacob le birló su primogenitura a Esaú a cambio de un plato de lentejas (Génesis, 24). ¿Fue un engaño? ¿O una burrada más de Esaú? En cambio, sí que fue un engaño intencionado el momento en que Jacob, que era lampiño, se presentó ante su padre Isaac, viejo y ciego, cubierto por una piel de cabrito para que lo confundiera con su hermano mellizo, que era muy hirsuto, y le diera su bendición. Bendición que llevaba aparejada la entera herencia, claro. Eso fue como mentir en el currículo.

De modo que Feijóo va a tener que aguzar el ingenio si quiere vencer al Pinochet progresista, teniendo en cuenta que eso de decir: «¡Nos ha engañado en la cara!» a quien deja en mal lugar es al engañado. Como el marido, que es el último en enterarse.

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