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Argemino Barro

Capital simbólico

«Es sabido que el espíritu del líder se contagia a los liderados. Al menos en tiempo de guerra»

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Capital simbólico

EP

La última vez que estuve en Kyiv, el pasado julio, me crucé varias veces con Volodímir Zelensky. O eso me pareció. Durante una décima de segundo, Zelensky entraba en la cafetería, o en el vestíbulo del hotel, o se apeaba del metro. En realidad, solo eran espejismos provocados por la indumentaria y la pose de los hombres ucranianos, que habían adoptado el empaque bélico de su presidente. 

Es sabido que el espíritu del líder se contagia a los liderados. Al menos en tiempo de guerra. La cima es un punto de referencia, y desde ella brotan, en gran medida, la moral de las tropas y los tonos de la conversación nacional. Una vez iniciada la invasión, Zelensky cambió corbata por camiseta verde olivo, se dejó la barba y le echó más horas al gimnasio. Se convirtió en una especie de jefe tribal, un bloque de testosterona determinado y unívoco. Un mensaje con piernas que dice: somos un ejército. Vosotros también sois un bloque de testosterona. No nos rendiremos. 

La potencia de este mensaje no viene del gesto, sino de las acciones concretas: de quedarse en el Kyiv asediado, cuando era probable que lo asesinaran, o de la reciente contraofensiva de Járkiv, capaz de reconquistar 6.000 kilómetros cuadrados en una semana. Una proeza que ha renovado la pátina de valentía, ingenio y originalidad militar acumulada por Ucrania al principio de la guerra.

Una proeza que refuerza, en otras palabras, el capital simbólico de Ucrania.

Esta expresión, «capital simbólico», acuñada por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, hace referencia al poder intangible que emana del honor y del prestigio. Un político victorioso tiene capital simbólico, por ejemplo; un premio Nobel, un héroe de guerra. El capital simbólico puede ser canjeado luego por bienes tangibles, como un empleo, dinero, o, en el caso de Ucrania, armas de la OTAN.

«Es sabido que el espíritu del líder se contagia a los liderados. Al menos en tiempo de guerra»

Una de las propiedades del capital simbólico es su poder de atracción. La gente quiere hacerse fotos con los poseedores de esta riqueza invisible. Quieren ser sus amigos y confidentes, sacarse fotos con ellos, estar cerca. Todo el mundo quiere mojar el pico en los estanques de la reputación y de la gloria. 

Ucrania, que, para muchos occidentales, solo era un país desdibujado en las fronteras de Rusia, es hoy una marca premium con mucha demanda. Desde mediados de marzo, cuando se sabía que Kyiv resistiría, numerosos dignatarios y celebridades extranjeros peregrinan a conocer a Zelensky. Jefes de Estado y de Gobierno, académicos, divulgadores, presentadores o actores de cine elevan su estatus visitando al hombre del momento. 

Pero la línea entre respeto y oportunismo es fina, y algunos buitres de la riqueza simbólica se toman la libertad, incluso, de vestirse como el presidente de Ucrania. Van con atuendo deportivo, en camiseta o sudadera de capucha, como si fueran ellos los que estuvieran en guerra. ¿Cómo se atreven?

El historiador británico Neill Ferguson, que conoce a Zelensky desde hace años y que acaba de visitarlo en Kyiv, observó que, en Ucrania, solo los militares, el presidente y sus ministros tienen derecho a vestir de esa forma. Se lo han ganado. Vestirse así para la foto, sin haberse enfrentado a la muerte, es un fraude y una falta de respeto. Como quien se cuelga del pecho una Medalla al Valor sin haber pisado un campo de batalla. 

Según Ferguson, los ucranianos todavía se mofan del presidente francés, Emmanuel Macron, que un día se presentó en el Elíseo sin afeitar y en sudadera de capucha. Macron es un político victorioso al que le sobra capital simbólico. Pero una cosa es la política, y otra, una lucha existencial.

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