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Economía

Renuncia silenciosa: ¿revolución laboral, pereza o coyuntura económica?

La tendencia de la Gran Renuncia se ha bifurcado en otra que insta a permanecer en el puesto de trabajo, pero sin hacer más de lo necesario

Renuncia silenciosa: ¿revolución laboral, pereza o coyuntura económica?

Arlington Research (Unsplash)

«Ganarás el pan con el sudor de tu frente». Está en la Biblia, el libro con el que comenzó nuestra civilización. En concreto, en el Génesis. El comienzo del comienzo. Desde entonces y hasta ahora (y lo que queda, si la robotización no nos redime), lidiamos con el objetivo más o menos secreto de maximizar el pan minimizando el sudor. Lo último al respecto se llama Renuncia Silenciosa. O Renuncia Invisible, según el sentido que se elija engañar con la sutileza del movimiento clave: trabajar menos cobrando lo mismo.

La tendencia viene, cosa habitual desde el primer gran estirón industrial, del mundo anglosajón: Quiet Quitting podría traducirse como renuncia tranquila. En cualquier caso, asume una atemperación de algo tan radical como dejar el trabajo. Porque el nuevo fenómeno es en realidad una bifurcación de otro que acaparó portadas de diarios y dio lugar a sesudas reflexiones: la Great Resignation, traducido comúnmente como la Gran Renuncia, aunque quizá «dimisión» sea un término más exacto. Porque su gran motivación consistía, precisamente, en no renunciar a algo.

Durante la pandemia, los estadounidenses tuvieron mucho tiempo para pensar, algo no siempre al alcance de la economía más veloz del planeta. Además, se acostumbraron a trabajar en casa, con sus reuniones online y demás neoparafernalia. Concluido el periodo de excepción, hubo que volver al tajo, y unos cuantos simplemente no lo aceptaron. Comenzaron a dimitir en masa para buscar algo que se ajustara más a sus necesidades vitales. Aunque perdieran el sueldo y la posición adquiridos. Cada mes de 2021, una media de casi cuatro millones de empleados dejaron sus puestos de trabajo en EEUU tras pelearse con sus jefes por la típica conversación sobre flexibilidad y conciliación. Había nacido la Gran Renuncia. Nada más acuñarse el término, se hizo viral, trascendió las fronteras y se extendió por todo el mundo.

Matices. Justo tras la pandemia, coincidieron dos circunstancias. Una: la gente tenía unas ganas locas de hacer cosas, todas (o por lo menos algunas de) las que habían soñado durante el encierro. Dos: en Estados Unidos, la economía se recuperaba a marchas forzadas y, dato clave, prácticamente no había desempleo. Después llegó Putin y las cosas ya no pintan tan bien. Ojo, el informe mensual del Bureau of Labor Statistics, uno de los indicadores clásicos de la salud económica del país,  sigue mostrando más dimisiones de lo normal, aunque Maury Gittleman, experto del departamento, matiza tras un sesudo estudio lleno de ecuaciones y datos históricos que «las recientes tasas de dimisión, aunque ciertamente elevadas para el siglo XXI, no son las más altas históricamente. No obstante, el ritmo de las dimisiones parece haber aumentado más rápidamente de lo que cabría esperar por la mera restricción del mercado laboral».

Desde distintos frentes se apuntaba al campo de cultivo de lo que Donald Sull, del MIT Sloan School of Management, llama «cultura tóxica» en la gestión empresarial. Una insatisfacción de fondo encontró en las circunstancias del coronavirus la espoleta para explotar en una fuga en masa. Para revertir la tendencia, se ofrecen recetas con mucha flexibilidad, horizonte profesional más pintón, teletrabajo, empatía y un largo etcétera. Otros dan saltos más estupendos, como Terry Rybolt, que directamente profetiza una Great Reconfiguration, una gran reconfiguración de los recursos humanos como resultado (y ¿cura?) de la Great Resignation.

Pero lo realmente interesante ha sido el deslizamiento del fenómeno hacia el concepto de Renuncia Silenciosa. De momento no hay movimiento en la Academia alrededor de este asunto. Los medios, en cambio, lo han lanzado al estrellato. Alyson Krueger ensaya en The New York Times una suerte de biografía del concepto, cuyos orígenes rastrea hasta… ¡TikTok! Al parecer, un tal Zaiad Khan, un ingeniero de 24 años con más de 10.000 seguidores en la red social de los bailecitos, colgó en su cuenta un vídeo  que arranca en el metro de Nueva York y, entre imágenes con cierto aire a anuncio de compresas, dice: «Hace poco aprendí sobre este término llamado Renuncia Silenciosa, en el que no estás renunciando directamente a tu trabajo, pero estás renunciando a la idea de ir más allá. Sigues cumpliendo con tus obligaciones, pero ya no estás suscrito a la cultura del ajetreo mentalmente de que el trabajo tiene que ser nuestra vida». Días después, otro usuario de TikTok, Clayton Farris, este ya con 48.000 seguidores, sacó su propio vídeo con el lema: «No me estreso y me destrozo internamente». Y así se escribe la historia estos días.

Los medios mainstream se unieron a la fiesta. El 12 de agosto, The Wall Street Journal tituló a lo grande: «Si tus compañeros de trabajo están ‘callando’, esto es lo que significa». Poco después, el británico The Guardian confirmó que no se trataba solo de un extravagancia americana: «Quiet Quitting: por qué hacer lo mínimo en el trabajo se ha vuelto global». 

Desde entonces, se suceden los análisis de urgencia sobre la posible trascendencia del fenómeno. Desde la pereza de una generación desnaturalizada a la revolución sociológica o, incluso, antropológica, puestos a ponernos estupendos (aunque no consta que Yuval Harari haya usado el término… todavía), pasando por análisis más moderados y complejos. 

Krueger explica que, «para algunos, se trata de retirarse mentalmente del trabajo. Para otros, se trata de no aceptar trabajo adicional sin remuneración adicional». Y muchos simplemente «se sienten perplejos: ¿por qué se necesita un término para describir algo tan ordinario como ir a trabajar y hacer tu trabajo, aunque no esté bien? Algunas personas se sienten validadas por no levantar nunca la mano en el trabajo, o juzgadas porque en realidad les gusta ser superadas. Luego están los que sienten envidia: desearían poder renunciar tranquilamente, pero creen que nunca podrían salirse con la suya debido a su raza o género. (También hay algunas profesiones que lo ponen menos fácil. ¿Quién quiere que su médico o el profesor de su hijo tomen el camino más fácil?)».

Con un poco más de profundidad (o, por lo menos, una retórica más ‘profesional’), Matt Spielman, coach autor del libro Inflection Points: How to Work and Live With Purpose (Puntos de inflexión: Cómo trabajar y vivir con propósito), se muestra comprensivo: «Si alguien está realmente quemado o al límite de sus fuerzas o tiene problemas personales, creo que tiene sentido bajar el ritmo». Y apunta un detalle interesante acerca de la ola de teletrabajo propiciada por la pandemia: «Con el trabajo a distancia es mucho más fácil sentirse menos involucrado, menos parte de un equipo, y es más fácil para los jefes romper con los empleados y viceversa. Hay menos límites de cuándo empieza el trabajo y cuándo termina». ¿Algo se ha roto? 

Spielman teme que se utilice la renuncia silenciosa como instrumento de venganza. «Parece muy pasivo-agresivo. Si alguien está agotado, debería haber una conversación sincera al respecto, y debería ser en ambos sentidos. Decir simplemente: ‘Voy a hacer el mínimo absoluto porque tengo derecho a ello o porque tengo problemas’, no ayuda a nadie». Además, cree que el abandono silencioso impide a las personas encontrar trabajos que les proporcionen un sentido y una pertenencia: «Trabajas cuatro, cinco, seis, a veces siete días a la semana. No hay cosa más triste que perder todo ese tiempo de tu vida intentando no disfrutar y estar comprometido y entusiasmado con el trabajo que haces».

Otros prefieren seguir otros rastros en la búsqueda de las causas últimas de la tendencia, lo que normalmente ayuda a pronosticar posibles desarrollos. Si antes mencionábamos cómo Donald Sull, del MIT, acusaba a la «cultura tóxica» del management actual de propiciar la Gran Renuncia, ahora encontramos un equivalente en el reportaje «Cómo la ‘renuncia silenciosa’ se convirtió en la siguiente fase de la Gran Renuncia» de Anuz Thapa para la CNBC 

Varios detalles antes de entrar en el contenido. Para empezar, es un reportaje de televisión de hace tres días, literalmente, el fenómeno está aún en la calle, recordemos, aún por analizar más concienzudamente. Y el nuevo concepto aparece en minúsculas y en cursiva, a diferencia del ya bastante cristalizado de Gran Renuncia, que sería algo así como su matriz, la casa madre desde el que se bifurca.  

¿Es el momento de replantearse los fundamentos existenciales relacionados con el trabajo con la que está cayendo?

Desde ahí, Thapa se aventura a lanzar la hipótesis de que, «en Estados Unidos, el quiet quitting también podría ser una reacción a la llamada cultura del hustle [algo así como ‘la prisa’], la rutina de las startups 24/7 [trabajo 24 horas al día, siete días a la semana] que  popularizaron figuras como Gary Vaynerchuk». Y cita los sentimientos de Nadia De Ala, fundadora de Real You Leadership, que renunció silenciosamente a su trabajo hace unos cinco años: «Es un antídoto contra la cultura del ajetreo. Es casi una resistencia directa y una interrupción de esa cultura. Y creo que es emocionante que más gente lo haga». Suena bien, una madura decisión con resonancias zen. Pero Thapa también apunta que la tendencia llega en un momento en el que «el índice de productividad de Estados Unidos está suscitando cierta preocupación», con su mayor caída anual en el segundo trimestre. 

¿Es el momento de replantearse los fundamentos existenciales relacionados con el trabajo con la que está cayendo? Aquí podría aparecer de nuevo el famoso cartel del Tío Sam señalando al patriota estadounidense: «I want you». Ahora no se les reclutaría para un esfuerzo bélico contra el fascismo. El enemigo sería ahora, por ejemplo, un chino con una ética del trabajo bastante más productiva.

La cuestión de fondo consiste en averiguar qué queda de la ética del trabajo que los estadounidenses han establecido como la norma en el capitalismo global. Más o menos discutible, se considera aceptada la teoría de Max Weber sobre los orígenes del capitalismo en el protestantismo. Habría mucho que discutir ahí, como el sospechoso olvido de la Escuela de Salamanca, sin ir más lejos, pero, en definitiva, el hecho es que los estadounidenses han hecho propia la teoría, que bajó de las alturas académicas a la calle poco a poco, permeando de forma más o menos sutil en forma de mitos. Hacer dinero es importante en parte porque te permite comprar lo que quieres, y la industria de la publicidad cumple su papel de correa de transmisión dilatando ese «querer», como bien sabe Gilles Lipovetsky. Pero, sobre todo, el dinero te revela como elegido por Dios. O, en versión adaptada por los tiempos, como un ganador. El peor insulto para un estadounidense probablemente sea loser

El Sueño Americano, filtrado por todo lo que generalizamos como Occidente y, en menor medida, por buena parte del resto del mundo, da muestras de cansancio. En los años 60 del pasado siglo, movimientos contraculturales como el hippie, intentaron horadarlo a conciencia, pero llegó la crisis de los 70, el renacer capitalista de los 80… El movimiento actual se antoja más sutil y, por lo tanto, más peligroso. Ya no hay que soñar con peregrinar al Tibet, fumar porros no llama la atención de nadie, John Lennon está muerto. En cambio, levantar el pie del acelerador en el trabajo puede ir minando con más eficacia el sistema establecido.  

En España, con nuestros niveles de paro siempre demasiado altos como para atrevernos a aventuras a la americana, tipo novela de Paul Auster, la renuncia silenciosa nos viene como anillo al pelo. Aunque algún cínico diría que la llevamos de serie. Un escritor tan nuestro como Enrique Vila-Matas quedó en su día fascinado por Bartleby, el personaje de un relato de Hermann Melville que trabaja en Wall Street y comienza un día a contestar a las órdenes de su jefe con un fenomenal: «Preferiría no hacerlo».

El último informe «Monitor Adecco de Oportunidades y Satisfacción en el Empleo» mostraba un dato coherente con el susto que nos da el otoño que viene: hay un auge de la jornada completa, con la proporción de trabajadores contratados a media jornada en su dato más bajo de los últimos diez años: un 13,7% de todos los ocupados. Nada de Gran Renuncia. Pero también aumenta, por ejemplo, el número de ocupados que estudian y trabajan a la vez. Siempre se le pueden robar horas al sueño, pero teniendo en cuenta los sueldos que se pagan hoy en día… 

Quizá no se comente todavía demasiado, o no en voz alta ni en grupos amplios y/o significativos para la opinión pública, pero ¿no hay una cierta sensación, sobre todo en determinados sectores, de que a algunos jefes empieza a darles… ¿vergüenza? ¿miedo? exigir como antes? 

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