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La otra cara del dinero

Sri Lanka era el gran laboratorio mundial del populismo y por eso ha saltado por los aires

Rajapaksa y sus predecesores se habían apuntado al repertorio completo: petróleo barato, proteccionismo, energéticas y bancos públicos, impuestos bajos…

Sri Lanka era el gran laboratorio mundial del populismo y por eso ha saltado por los aires

El sábado pasada, después de que una multitud de ceilandeses ocupara el palacio presidencial de Sri Lanka, Gotabaya Rajapaksa dimitió y huyó de la isla. | TO

El pasado miércoles, con nocturnidad y alevosía, el presidente Gotabaya Rajapaksa abandonaba Sri Lanka en un avión militar tras meses de protestas multitudinarias. Deja atrás una nación «en la bancarrota», como su propio primer ministro Ranil Wickremesinghe había reconocido horas antes. Ha decretado el impago de la deuda y está a punto de quedarse sin gasolina ni diésel. Las colas delante de las estaciones de servicio se miden en kilómetros y los plazos de espera, en días. La falta de carburantes impide abastecer las ciudades y los estantes de las tiendas se están vaciando. «Muchas familias que hasta hace poco se consideraban parte de la clase media acomodada», dice The Economist, «deben saltarse ahora una de las comidas diarias».

¿Cómo se puede ocasionar semejante destrozo? Los choques consecutivos de la pandemia y la invasión de Ucrania han influido, pero ningún otro gobernante ha debido salir volando al exilio. ¿Qué ha hecho especialmente mal Sri Lanka?

La respuesta se resume en una palabra: populismo.

Populismo inmobiliario

Tras el final de la guerra civil (1983-2009), la inversión extranjera inundó la isla. La situación internacional no podía ser más propicia. A los excedentes de capital chino se sumó la política ultraexpansiva adoptada por los bancos centrales de todo el planeta tras el colapso de Lehman Brothers. La avalancha de liquidez impulsó un vigoroso crecimiento, pero apoyado en un pilares que les sonará: la construcción de grandes infraestructuras, como carreteras, aeropuertos o la espectacular Torre del Loto de Colombo.

De todos los tipos posibles de inversión, es la que arroja rentabilidades más modestas (cuando no ruinosas, como bien sabemos en España), pero a los políticos, autoritarios o no, les encanta porque se presta a vistosas inauguraciones y genera una amplia y agradecida red clientelar.

Populismo comercial

Sri Lanka ha practicado desde siempre un estricto proteccionismo, siguiendo la acreditadamente ruinosa estrategia de la sustitución de importaciones y esos argumentos que forman parte del fondo de armario de cualquier demagogo: la competencia internacional arruina a nuestros esforzados emprendedores, condena al paro a nuestros honrados asalariados, etcétera. A finales de 2019, el país ocupaba el puesto 140 de 141 en el ranking de apertura comercial del Índice de Competitividad que elabora el Foro Económico Mundial de Davos.

Por plausibles que puedan sonar las justificaciones populistas, la autarquía es ruinosa. A cambio de preservar los negocios ya instalados, la población general y cualquier nuevo emprendedor se ven obligados a pagar más por los bienes de consumo e intermedios. El resultado es un aparato productivo ineficiente e incapaz de batirse en el mercado internacional, lo que se traduce en déficits recurrentes por cuenta corriente que hay que financiar con una combinación de deuda e inflación.

Durante un breve paréntesis liberal, el ministro de Finanzas Mangala Samaraweera intentó en 2017 abrir la economía ceilandesa mediante un desarme arancelario gradual que iba a prolongarse a lo largo de un quinquenio, pero el proceso se interrumpió en 2019 y, con él, la incipiente recuperación del sector exterior.

Populismo energético

En fecha tan cercana como junio, la gasolina estaba en Sri Lanka mucho más barata que en la mayoría de los países de su entorno. Ocupaba el puesto 120 de 170 y, como señalaba el economista Amal Kumarage, «casi todos los que tiene por detrás son naciones productoras de petróleo. Sri Lanka es, por tanto, la nación no productora de petróleo con los precios a pie de surtidor más bajos».

¿Cómo lo había conseguido? Gracias a otro gran invento del populismo: una compañía pública de energía. La Ceylon Petroleum Corporation (CPC) se aprovisionaba en el exterior a precios de mercado, vendía a precios políticos y se anotaba las pérdidas. Eso había ido generando una bola inmensa, pero no se preocupen, porque la deuda la colocaban en otra ocurrencia igualmente feliz: los bancos públicos.

Empujar las facturas debajo de la alfombra es una receta para el desastre y, una vez más, Samaraweera diseñó un algoritmo para vincular el precio de los carburantes al real. La fórmula empezó a aplicarse en mayo de 2018, pero el momento elegido no pudo ser peor. El barril atravesaba un pujante rally tras cuatro ejercicios de caídas y, temeroso de que sus votantes se irritaran si se les trasladaba la subida, Rajapaksa recogió riendas.

El pasivo de la CPC siguió engordando hasta que, en noviembre de 2021, el Gobierno tuvo que cerrar la refinería de Sapugaskanda porque se había quedado sin dólares para importar crudo.

Populismo ecológico

En octubre de 2021, Sri Lanka prohibió la importación de fertilizantes químicos porque quería «que la agricultura fuera […] 100 % orgánica». En la larga y triste lista de meteduras de pata de Rajapaksa esta fue de las peores. El rendimiento de los cultivos se hundió y muchos agricultores ni siquiera se molestaron en plantar para la siguiente cosecha.

«La prohibición devastó el sector», escribe Ranga Jayasuriya. Calcula que solo la producción de arroz se redujo en dos tercios. «El coste del disparate se elevó, según estimaciones conservadoras, a 2.000 millones de dólares [en un país con un PIB de 83.000 millones en 2019]. Empobreció a 1,8 millones de agricultores, que representan uno de cada cuatro trabajadores de Sri Lanka».

Populismo monetario

La independencia de los bancos centrales es una de las bichas de todo buen populista. «¿Por qué hay de ceder la soberanía monetaria a unos burócratas?», se lamentan. «Es una camisa de fuerza para el pueblo», etcétera.

En la práctica, si no dotas de independencia a la autoridad monetaria, acaba convirtiéndose en la fábrica de billetes del político de turno. Es lo que había sucedido tradicionalmente en Sri Lanka. Los gobernantes gastaban sin cuento conscientes de que, cuando llegara el momento de cuadrar el balance, disponían de crédito ilimitado.

Mangala patrocinó una reforma que ponía coto a estos abusos, pero nunca vio la luz.

Populismo institucional

Una constante de Rajapaksa fue su propensión a invadir competencias ajenas. «Aprobó», escribe Amita Arudpragasam en Foreign Policy, «la vigésima enmienda constitucional, que socava la independencia de instituciones críticas como la Oficina Nacional de Auditoría y la Comisión para Investigar Acusaciones de Soborno, con el argumento de que el presidente necesitaba manos libres para desempeñar sus funciones». Seguro que les suena de alguien muy conocido. ¿La Fiscalía de quién depende? ¿Del Gobierno? Pues ya está.

Entre los blancos favoritos de Rajapaksa figuraban los periodistas críticos. Se le ha acusado incluso de recurrir al asesinato de los más contumaces. La justificación es que las críticas no son justas y responden a oscuros intereses. «La gestión de la información no puede depender únicamente de hombres de negocios» y hay que redimir «el periodismo de la servidumbre del capitalismo». Son citas literales de Pablo Iglesias y la Ley de Prensa de Franco, aunque no estoy seguro de cual es de cada quién.

Populismo fiscal

La Hacienda de Sri Lanka es de las que menos recauda del mundo: el 11,6% del PIB en 2019. A pesar de ello, nada más ganar las elecciones en noviembre de ese año, Rajapaksa reunió a su Consejo de Ministros y cumplió su promesa de campaña de reducir los impuestos.

«Fue una sorpresa», recordaría años después P. Nandalal Weerasinghe, el vicegobernador del banco central. En aquellos momentos y, como consecuencia del endeudamiento asumido para la reconstrucción del país (véase «Populismo inmobiliario»), la falta de competitividad de su aparato productivo (véase «Populismo comercial») y el voraz consumo de carburantes (véase «Populismo energético»), la isla necesitaba más recursos, no menos. No parecía que reducir el IVA casi a la mitad amparado en la escasamente fiable curva de Laffer fuese la mejor estrategia.

Y no lo fue. Lejos de aumentar los ingresos, las rebajas fiscales hicieron perder a las arcas públicas más de 1.400 millones de dólares en 2019.

Conclusión

Las ocurrencias de Rajapaksa (y la mayoría de sus predecesores, tampoco le echemos la culpa de todo a él) dejaron la economía esrilanquesa completamente desequilibrada y al borde del precipicio. Habría bastado un leve soplido para que cayera, pero lo que llegaron fueron dos vendavales. La pandemia la dejó sin turistas y la guerra de Ucrania encareció hasta el disparate las materias primas.

Con sendos y abultados déficits presupuestario y comercial y unos mercados de capitales cada vez más recelosos, al Gobierno aún le quedaba el banco central. Echó mano de sus reservas para defender la rupia e imprimió billetes sin rubor para afrontar los pagos más perentorios. Esas medidas desesperadas han llevado la inflación por encima del 50%, pero no han podido evitar que la población sufra unos cortes de luz prolongados, la carestía de alimentos básicos como el arroz y el racionamiento de carburantes.

El sábado pasado, una marea de indignada humanidad ocupó el palacio presidencial de Colombo. Su inquilino «no dijo nada durante todo el día», cuenta The Economist. Por la noche, unos incontrolados pegaron fuego a la residencia del primer ministro y, poco después, Rajapaksa asumió que todo había terminado y anunció por megafonía que dimitiría cuatro días después.

La gente lo celebró lanzando petardos y aullidos de alegría, pero no sabe la que se le viene encima. Las resacas de las juergas populistas suelen ser largas y dolorosas.

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