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La ley incel

«El único motivo para la popularidad de ‘incel’ es que da mucho gusto tener que explicar qué significa»

La ley incel

Jonah Hill, Michael Cera y Christopher Mintz-Plasse protagonizaron 'Supersalidos'. | Sony Pictures

Cerró el verano una polémica originada por un artículo de Juan Soto Ivars. En él se señalaba la alegría vejatoria moderna: tildar de incel a cualquier hombre que ande flojo de amores y, en realidad, a cualquier hombre al que uno desee agraviar por la vía rápida. La polémica, vista en Twitter, daba la razón enseguida a Juan Soto Ivars. Miles de tuits lo calificaron a él de incel.

Contradictoriamente, luego se dijo mucho que los incel son terroristas y que el artículo defendía a asesinos misóginos. Soto Ivars sólo pedía piedad para los hombres sexualmente postergados, pero la cosa se fue de madre y ahora había que crucificar al escritor porque bajo la etiqueta de incel no sé quién no sé dónde decía barbaridades contra las mujeres o, en los casos más extremos, salía a matar gente por las calles. Esto encendía la superioridad moral muy gratamente, como es costumbre.

Siempre ha sido objeto de burlas el varón que no parece gustar a ninguna chica, y ahora, porque seguimos siendo crueles pero menos creativos, en España hemos estirado el acrónimo anglosajón incel para denominar a estos hombres de escaso currículo. Proponer un poco de clemencia con una situación de rechazo sexual continuado (que mucho bien no trae a la cabeza, desde luego) no parece mala idea. Un tal Dan Savage lo hace, entre otras muchas cosas que hace bien, en este artículo. Soto Ivars lo hacía en el suyo.

La voz incel obviamente desaparecerá de nuestras vidas en un año y medio como mucho (igual que ghosting y otros tecnicismos aproximativos), pues su uso no lo reclama la realidad, sino cierta gente que para nombrar la realidad escoge siempre la forma más oscura a su disposición. El único motivo para la popularidad de incel es que da mucho gusto tener que explicar qué significa. Y es tan simple: involuntary celibate. O sea, célibe involuntario. O sea, que no mantiene relaciones sexuales a pesar de que su deseo sería mantenerlas. Es el uso real que se da a este engrudo en los bares de Malasaña, las peluquerías últimas y algunas redacciones de periódico donde en realidad no saben inglés. Lo de los terroristas misóginos nos queda muy a trasmano, es otra sección del diario, pues aquí venimos a hablar de lo ligero y lo cotidiano, seguramente porque no damos para más.

«Matrimonios que no tienen sexo en años hay tantos que, al cabo, no está tan claro que no haya más incels con pareja que solteros»

El incel, visto así, como el negativo, polo opuesto o antípoda del macho alfa, es un sujeto moral genérico, en realidad. Todos hemos sido incel durante determinados periodos que se alargaban más de lo que podíamos soportar, incluidos los machos alfa, que también han conocido sus veinticuatro horas de sufrimiento. Querer follar (usaremos este vocablo zafio porque, realmente, todo lo demás suena sacristano), querer follar, decimos, y no poder, es lo más común. Visualizamos al incel como a un hombre soltero, no muy agraciado, no muy salado, un poco hundido por la vida, pero matrimonios que no tienen sexo en años hay tantos que, al cabo, no está tan claro que no haya más incels con pareja que solteros. Todo el mundo pontifica sobre sexo desde la cima que subió hace 20 años. Nadie afronta al incel que lleva dentro, hay como un miedo natural a ser incel y, por ello, se folla todo el rato de memoria, recordando, exhibiendo logros sexuales del pasado, contando el mismo verano 12 veces. Se olvida que tu esposo lleva siete meses confuso, que tu mujer lleva ya 14en otras cosas. Más incel que eso no hay nada, en rigor. Al incel por lo menos no le rechaza su propio cónyuge.

Según yo lo veo, fuera de estos matrimonios sexualmente desecados, tenemos además a la gente de veras activa, que es la que más dice incel y ríe y percute la baladronada. Es una gente insufrible. Está la vida ya llena de esta gente insufrible, muy contadora de coitos y muy cotilla de sí misma. Básicamente han dejado de tener relaciones sexuales bonitas para centrarse en contarlas de la forma más desangelada posible. Yo salgo poco, conozco a poca gente y además no me interesa su vida. Sin embargo, conocer a alguien que enseguida te diga que ha follado, y con quién, y cómo, es más fácil que conocer a alguien que no lo te lo diga. Antes la vida era así: la gente no te contaba sus intimidades hasta que tú mismo no te volvías su intimidad.

Es esta obscenidad amplificada la que muy claramente reclama primero un contrincante, después una víctima, y finalmente toda una sacralidad: el incel. El incel, como apelativo, hace las veces religiosas de la moral cristiana, del cura y de la monja. Necesitamos curas y monjas para que algo sumamente vulgar sea por lo menos pecado. El incel no consigue volver pecaminoso el éxito sexual ajeno, pero al menos lo eleva por contraste, y por eso se va llamando incel a voleo, a uno y a otro, en plan acusica de pasividades, porque el sexo los que tienen sexo ya solo lo disfrutan como una cosa que pueden contar a los amigos. Y luego a mí, que no soy su amigo y sólo quiero hablar de dinero.

Las relaciones sexuales son un trámite (acaso innecesario) mientras llega el auténtico orgasmo: contar que uno se ha acostado con alguien. ¿Qué fue de dejar que la gente lo note, lo suponga y especule? Era demasiado sutil y elegante, un toreo de silencio. Hay que contarlo porque ya ni se os notan en el ánimo vuestros amores burdísimos. En realidad, la mayoría de la gente no distingue tener sexo de no tener sexo, salvo porque en el primer caso permite liderar una conversación.

«En medio de toda esta batalla, que por supuesto es la batalla social de la autoestima, hay un ángulo ciego fascinante, casi mítico: la gente que folla y no lo cuenta»

Así, todo es incel, sobre todo Tinder, que es donde se apunta la gente cuando se siente incel y quiere, de hecho, tener algo que contar. Es la ley incel. El incel eres tú.

Porque en medio de toda esta batalla, que por supuesto es la batalla social de la autoestima, hay un ángulo ciego fascinante, casi mítico: la gente que folla y no lo cuenta. Aunque no se lo crean, aún quedan personas que te puedes subir a casa un jueves por la noche y pasar con ella horas muy comprometidas y a la mañana siguiente nadie en toda la ciudad va recibir titulares exclusivos, infografías ni pantallazos. Esa gente, hombres, mujeres, santos, son, en definitiva, la última frontera del sexo que una vez mereció la pena. Guardan las esencias del follar, mientras tantos otros las espolvorean en grupos de whatsapp y comidillas de después del trabajo, porque han olvidado el calor que da el secreto y, principalmente, porque ya creen que todo lo que no sea indiscreción es incel.

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