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Cómo ha cambiado el cine de detectives privados

«Los fans del asunto hemos padecido la dicotomía de elegir entre un estilo de investigador con vocación de gentleman y otro decididamente canalla»

Cómo ha cambiado el cine de detectives privados

Fotograma de la película 'Dos buenos tipos'

Una de las películas más vistas este verano en las plataformas de streaming ha sido Last Looks (2021,Tim Kirkby), basada en la novela homónima de Howard Michael Gould, que cuenta cómo, tras unos años fuera de juego, un antiguo policía de Los Ángeles (Charlie Hunnam) se transforma en improvisado detective privado para investigar el asesinato de la esposa de una estrella de la televisión (Mel Gibson). Lo de menos es el atractivo plantel de estrellas y el resultado final del filme, calificado por la crítica como un simpático ejercicio de entretenimiento donde el cine negro flirtea con la comedia amable.

Lo que más me ha llamado la atención es cómo el largometraje de Kirkby redunda en este nuevo enfoque de los relatos de detectives que estamos disfrutando –o padeciendo, según se mire– desde hace unos años, sazonando con situaciones extravagantes o descaradamente humorísticas una tradición narrativa que no solía permitirse estas licencias por respeto a la poética del héroe maldito enfrentado a un enigma que le supera y a una sociedad decadente que le asquea.

«Conviene distinguir el cine y las novelas de detectives privados como un subgénero dentro del policiaco»

Por si ya se han perdido, conviene distinguir el cine y las novelas de detectives privados como un subgénero dentro del policiaco, que se engloba a su vez en el amplio catálogo de la ficción de intriga o misterio, que tan bien catalogó en el pasado Carlos Rodriguez Joulia Saint-Cyr en un ensayo sobre La novela de intriga (1970). Así que estamos hablando de una temática bastante limitada y un estilo muy concreto de contar las cosas, que se remonta casi un siglo atrás y que, para bien o para mal, parece habérsenos ido un poco de las manos.  

«El policiaco es un género popular que, aunque ha recibido el desprecio de muchos, ha aportado a la Literatura con mayúsculas una estructuración novedosa de los hechos de la historia narrada y la incorporación de la figura del detective a la vida de las diversas generaciones lectoras», explica el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid Iván Martin Cerezo en su Poética del relato policiaco (2006).  

Los aficionados suelen asociar el cine noir –o polar, como lo llaman los franceses– a un crimen o una investigación policial. Pero La soga (1948) de Alfred Hitchcock no es una historia detectivesca aunque se produzca una asesinato y un profesor perspicaz termine resolviéndolo; igual que Los infiltrados (2006, Martin Scorsese) tampoco puede adscribirse a esta escuela puesto que aborda el típico enfrentamiento de buenos contra malos con una trasfondo de corrupción departamental y no hay misterio que valga.

«La trama debe incluir alguna femme fatale despiadada, bares de dudosa reputación, llamadas misteriosas a deshoras, una pizca de tensión sexual no resuelta»

Para que un libro o un filme pueda entrar en este selecto club han de poner en el centro de la acción a un detective privado -cuanto más solitario y pintoresco, mejor–; el cual es requerido para una pesquisa aparentemente pueril, que puede ocultar un homicidio o no, pero que sin duda nos permitirá descubrir a su lado una galería de personajes desquiciados y locales sórdidos. Además, la trama debe incluir alguna femme fatale despiadada, bares de dudosa reputación, llamadas misteriosas a deshoras, una pizca de tensión sexual no resuelta –si es más de una pizca, entramos en el terreno de la novela hard boiled– y el mayor número posible de escenas nocturnas en lugares solitarios o edificios abandonados invadidos por las sombras donde suelen campar debilidades humanas como la envidia, la codicia, el ansia de poder, la violencia o la lujuria.

El otro requisito imprescindible es que el lector o el espectador vaya descubriendo las pruebas al mismo tiempo que el investigador, acompañando a este en ese viaje al corazón de la inmundicia que le dejará –quizá igual que a nosotros– otra cicatriz emocional en el alma. O sea que los fans de este subgénero somos un pelín masoquistas porque, cuando todo se ha resuelto y deberíamos recuperar el sosiego, todavía nos queda una sensación de melancolía ligada a lo mucho que han vapuleado a nuestro protagonista, lo poco que el desenlace cambia las cosas y lo miserable que es, en realidad, el mundo que nos rodea. 

Con estos mimbres, es normal que la alta cultura haya ignorado proverbialmente estas narraciones aparentemente de usar y tirar, encuadrándolas generalmente en la categoría de pulp y negando casi siempre a sus autores el Óscar de Hollywood o el Premio Nobel, teniendo que conformarse con los Premios Edgar Allan Poe que entrega desde 1955 la Asociación de Escritores de Misterio de Estados Unidos, el Grand Prix de Littérature Policière creado en 1948 en Francia o el Premio Hammett que se falla anualmente desde 1988 durante la Semana Negra de Gijón. Una honrosa excepción en el panorama editorial: el Princesa de Asturias de las Letras 2018 concedido a Fred Vargas; lástima que su personaje favorito, el inspector Adamsberg, no sea un detective sino un madero con galones. Y no me vengan a recordar las estatuillas obtenidas en el pasado por filmes como French Connection (1971), Serpico (1973), El Silencio de los corderos (1991), Fargo (1996) o L.A. Confidential (1996) ya que –lo repito– eso eran historias de policías con todo el peso del uniforme amparándoles. 

«Y den por hecho que estamos hablando de varones, porque las féminas han tenido siempre un escasa representación en este rol»

Los protagonistas de las nuestras no llevan placa y son más antihéroes que héroes, porque la vida les ha dado bastante cornadas antes de que aparezcan como si nada en nuestras pantallas. De hecho, parte de la gracia de acompañarles en su incierto periplo urbano –el cine noir rural es poco frecuente– radica en ir descubriendo su pasado convulso según avanza la trama. Y den por hecho que estamos hablando de varones, porque las féminas han tenido siempre un escasa representación en este rol, salvo honrosos casos como la Violet Strange de la novela The golden slippers (1915) de Anna Katharine Green, la serie sobre Nancy Drew de Edward Stratemeyer, la colección de Mrs. Marple de Agatha Christie, la Cordelia Gray de P. D. James o Kinsey Milhone de Sue Grafton. De todas ellas, solo las dos últimas son investigadoras privadas profesionales, quedando las demás definidas por su condición de amateurs. 

Una vez que hemos delimitado el tema, conviene encuadrar este sub-género en la categoría de relato para adultos ya que las fronteras de la legalidad vigente o la decencia burguesa no siempre se respetan. Y es que nuestros detectives favoritos tienen, entre otras manías, una terca tendencia a diferenciar la justicia consignada en el código penal de su propia idea moral de la misma, lo cual les conduce en ocasiones a no entregar al culpable a la autoridad competente o –aún peor– a  tomarse la justicia por su mano, al intuir que la letra pequeña de la norma permitirá al malhechor salir impune. 

«El detective está fuera de la historia y por encima de ella. Es por eso que nunca se queda con la chica, nunca se casa, nunca tiene vida privada. Su fuerza moral e intelectual es que no recibe nada más que su paga, a cambio de la cual protegerá al inocente y destruirá al malvado, y el hecho de que debe hacerlo mientras gana un magro salario en un mundo corrupto es lo que lo mantiene aparte. En ocasiones quebrantará la ley, porque él representa a la justicia. Puede ser herido o engañado, porque es humano; en una extrema necesidad puede llegar a matar. Pero no hace nada por sí mismo. Obviamente, esta clase de detective no existe en la vida real… La novela nunca será una novela sobre un detective. El detective entra sólo como catalizador. Y sale exactamente como era antes de entrar», explicaba Raymond Chandler en 1949 en una carta destinada a James Sandoe.

«La mayoría presentaban un carácter extravagante que les situaba fuera de los cánones sociales establecidos, empezando por el Sherlock Holmes de Conan Doyle»

¡Bendito Chandler! Aunque no podamos considerarlo el padre de la novela negra, distinción que corresponde a Carroll John Daly y su detective Race Williams –y acaso antes, a Poe y su Dupin–, lo cierto es que fueron él y su coetáneo Dashiell Hammett quienes otorgaron cartas de nobleza al subgénero con sus investigadores Phil Marlowe y Sam Spade: tipos distantes de mirada impávida y lenguaje lacónico, con cierta propensión a la ironía y el comentario ácido, que tuvieron la suerte de ser encarnados ambos en el celuloide por el enjuto Humphrey Bogart en cintas legendarias como El halcón maltés (1941, John Huston) o El sueño eterno (1946, Howard Hawks). En ellas, el actor creó un personaje inmortal –Marlowe y Spade no son iguales, pero se parecen– que ha trascendido las fronteras del séptimo arte hasta convertirse en un icono de tipo duro pero justo, un seductor a su pesar, con el corazón de pedernal. 

No todos los detectives de la era dorada respondían a ese estereotipo austero y un tanto cínico, pero la mayoría presentaban un carácter extravagante que les situaba fuera de los cánones sociales establecidos, empezando por el Sherlock Holmes de Conan Doyle y su gusto por tocar el violín y consumir opiáceos y siguiendo por el Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, obsesivo coleccionista de libros raros, hasta llegar al manierismo de Hércules Poirot (Agatha Christie), el gourmetismo de Pepe Carvalho (Vázquez Montalbán) y Nero Wolfe (Rex Stout) o la obsesión por el vino del aristocrático Peter Winsey (Dorothy L. Sayers).

Pero en lo que sí coinciden todos, ya sean hombres o mujeres, blancos o de otras razas –no olvidemos los detectives negros de Chester Himes y Walter Mosley–, más sobrios o más chiflados, es en gozar de unas admirables capacidades intelectuales y conocimientos enciclopédicos que les permiten observar, analizar, deducir y resolver cualquier enigma. Y para que el lector o espectador se identifique con este portento, resulta esencial no encuadrarlo dentro de un servicio público, que siempre limita su libertad de acción.

Como indica Iván Martín Cerezo en su ensayo La evolución del detective en el género policíaco, publicado en noviembre de 2005 en la revista de estudios filológicos Tonos, el detective debe actuar con libertad e independencia, a fin de poder desplegar todo su equipaje de genialidades: «En la narración policíaca el crimen es sentido como algo imprevisto, excepcional, y a ese estado de cosas le conviene que aquel que encuentra la solución sea también extraordinario. El carácter romántico, heroico, con que nace el personaje, determina además su distanciamiento con respecto a la realidad cotidiana. El detective es, a la vez, un intruso y un patrimonio de la sociedad, su salvaguardia».

«Los fans del asunto hemos padecido la dicotomía de elegir entre un estilo de investigador más atildado con vocación de gentleman, y otro decididamente canalla»

Martín Cerezo distingue también, en el citado texto, los diferentes métodos de investigación utilizados por los detectives, desde la capacidad para fijarse en detalles y descubrir pruebas insospechadas de Holmes, pasando por las células grises de Poirot hasta la actitud distante y tosca de Spade, Marlowe o el Mike Hammer de Mickey Spillane y su ocasional recurso a la acción. Y atribuye a ello «una evolución en el género que se produce por causas principalmente sociales y geográficas…»

Así que, durante décadas, los fans del asunto hemos padecido la dicotomía de elegir entre un estilo de investigador más atildado con vocación de gentleman, que bebe té o champagne y acude a hipódromos y balnearios, y otro decididamente canalla, que trasiega whisky, juega al póquer y se codea con hampones y chicas de alterne. «Por qué ha de ser acatado como más verosímil el baqueteado detective de agencia envuelto en su vieja gabardina, agobiado por la sociedad corrompida pero conservando aún cierto fondo de nobleza y una enternecedora afición al bourbon, que el sofisticado sabueso clásico, con batín y cachimba, que entorna los ojos mientras murmura entre dientes ‘curioso… realmente curioso’?», se interroga con razón Fernando Savater en su colección de ensayos Sobre vivir (1985).

Ignoro si mi admirado filósofo tendría algo que decir acerca de la estirpe de detectives posmodernos que nos ha traído el cine del siglo XXI y de la cual Last Looks –con el que se inicia este artículo– es uno de los últimos ejemplos. Pero me lo imagino…

Quizá el primero que anticipó el modelo actual fue el J.J. Gittes de la película Chinatown (1974, Roman Polanski), encarnado por un Jack Nicholson antipático y sarcástico que coleccionaba golpes y fracasos. Aquella era una de esas tramas detectivescas que comienzan con un caso aparentemente sencillo pero que se vuelven tan liosas que uno termina perdiéndose un poco. Más o menos como el Harper, investigador privado (Jack Smight, 1966) en el que Paul Newman daba vida al célebre investigador huraño y solitario creado por Ross Macdonald, siguiendo la escuela de Chandler y Hammet. Nadie se enteraba de gran cosa. Y, sin embargo, en el caso de Chinatown, Robert Towne se alzó con el Óscar al mejor guión original. Pero, al salir de la sala, el espectador se quedaba con las muecas de Nicholson y la belleza inexpresiva de Faye Dunaway. 

«Con estos precedentes, el advenimiento del actual cine de detectives parece una salida lógica para un género que no podía seguir copiándose indefinidamente»

Eran los tiempos del cine indie angelino, el realismo sucio y los scripts escritos a base de farlopa, así que hasta el mismísimo Robert Altman se atrevió a ofrecer su propia versión de Philip Marlowe en Un largo adiós (1973), con un Elliot Gould que prácticamente esbozaba una parodia del personaje. ¡Si Humphrey hubiera estado allí para propinarle un buen sopapo!

Con estos precedentes, el advenimiento del actual cine de detectives, que introduce gags cómicos en un guion casi lisérgico, con desenlace banal y medio indescifrable, parece una salida lógica para un género que no podía seguir copiándose indefinidamente. A las pruebas me remito: busquen en sus plataformas de pago favoritas el filme Hollywoodland (Allen Coulter, 2006) y comprenderán que ni siquiera dos actorazos como Adrien Brody y Ben Affleck –que se llevó la Copa Volpi– pueden salvar un relato tan mal contado y tan previsible. O sea que mejor la broma heterodoxa y desacomplejada que la ortodoxia pretenciosa.

En este sentido, muy por delante del Last Looks de Tim Kirkby –exrealizador de la teleserie Fleabag, ya imaginarán su estilo–, me permito recomendarles dos títulos de Shane Black, un eficaz artesano de películas de acción y entretenimiento (¿recuerdan la saga Arma Letal?) que ya jugó a detectives enloquecidos con los estupendos Robert Downey Jr. y Val Kilmer en la inenarrable Kiss Kiss Bang Bang (2005). Y, perfeccionando ese concepto que integrar la buddy comedy en un relato detectivesco, reclutó a los fantásticos Ryan Gosling y Russell Crowe para la muy setentera Dos buenos tipos (2016), donde el tándem muestra una química actoral inmejorable, enlazando secuencias de acción y escenas desternillantes. El planteamiento inicial del guión es la investigación sobre la muerte misteriosa de una estrella porno. Luego, todo se convierte en un sucesión de acontecimientos inesperados con tintes vodevilescos. 

Por último, una debilidad personal. No dejen de visionar, cuando se presente la ocasión, Puro vicio (Paul Thomas Anderson, 2016), valiente adaptación de la inescrutable novela de Thomas Pynchon por parte del director de Boogie Nights y Magnolia, con un reparto encabezado por Joaquin Phoenix, Owen Wilson, Reese Witherspoon, Benicio del Toro… Sin ánimo de hacerles spoiler, les diré que Doc Sportello es un peculiar detective en la California de 1970, al cual su ex mujer pide ayuda para esclarecer la desaparición de su actual amante. Y hasta ahí puedo contarles. A Carlos Boyero le horrorizó. A Jordi Costa y a mí nos encantó. Véanla y decidan si esto del cine posmoderno de detectives está hecho para ustedes o se quedaron en el blanco y negro.

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