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Múnich, 1972: Juegos Olímpicos de sangre

Once deportistas israelíes fueron asesinados por Septiembre Negro en los Juegos de Múnich, hace justo medio siglo

Múnich, 1972: Juegos Olímpicos de sangre

El equipo israelí desfila en la inauguración de los Juegos Olímpicos. 11 de ellos estaban condenados a muerte | Keystone Pictures USA (Europa Press)

Dos ciudades, Argos y Nemea, se disputaban ser la sede de los Juegos Nemeos de 235 antes de Cristo. Los Juegos Nemeos eran una de las competiciones deportivas que se celebraban en la antigua Grecia con las mismas características que los Olímpicos, es decir, eran panhelénicos, participaban todas las polis (ciudades-estado) del mundo griego. Además se establecía la «paz sagrada» o «tregua olímpica», es decir, se suspendían las guerras que enfrentaban a las polis, y tanto los heraldos que iban por toda Grecia convocando a la competición, como los deportistas que acudían a ella, gozaban de inmunidad. Tocarles un pelo era un sacrilegio.

Hoy día ser sede de unos Juegos Olímpicos lleva a las grandes capitales del mundo a realizar enormes inversiones en instalaciones, mueve fortunas en sobornos, implica la política de Estado de los países. Hace 3.000 años en Grecia pasaba lo mismo; los griegos inventaron nuestra civilización. Un gobernante de aquella época, Arato de Sición, que respaldaba a Nemea, se pasó en su apoyo. Secuestró a los deportistas que acudían a Argos y los vendió como esclavos. Según Plutarco, el famoso historiador romano, fue la más grave violación que jamás hubo contra la paz sagrada en los más de mil años de juegos de la Antigüedad.​

Una flagrante violación de la tregua

Hace solamente medio siglo justo, el 5 de septiembre de 1972, en los Juegos Olímpicos de Múnich, se produjo la más grave violación de la tregua olímpica de los tiempos modernos: la matanza de Múnich. Once israelíes, cinco palestinos y un alemán murieron por una letal combinación de terrorismo palestino, sed de sangre del Gobierno israelí e incompetencia mayúscula de las autoridades alemanas.

El barón de Coubertin reinventó los Juegos Olímpicos a finales del siglo XIX. Entre los ideales que quería promover estaba el de la paz entre las naciones. Por desgracia pronto se vio que la convocatoria deportiva no serviría para suspender la guerra, sino justo al revés, la guerra suspendería los Juegos. La Primera Guerra Mundial impidió que se celebraran los de 1916, y la Segunda Guerra Mundial se llevó por delante los de 1940 y 1944. La intervención soviética en la Guerra de Afganistán llevó a Estados Unidos a boicotear los Juegos de Moscú de 1980, y la diplomacia norteamericana arrastró a 64 países más, es decir, medio mundo estuvo ausente.

En menos ocasiones los juegos han servido a la paz. Los de Helsinki de 1954 se llamaron los Juegos del Deshielo porque participó por primera vez la Unión Soviética. Acababa de morir Stalin y eso permitió un resquicio en el aislamiento que mantenía la URSS frente al mundo capitalista. También participaron por primera vez en el mismo evento deportistas de Israel y de países árabes. Eso no suponía sin embargo ninguna mejora de las relaciones entre árabes e israelíes, que ya habían mantenido la Primera Guerra Árabe-israelí en 1948 y seguirían en pie de guerra durante medio siglo. Al contrario, el encuentro olímpico daría ocasión a una de las tragedias más mediáticas de ese conflicto.

Un rescate mal organizado

A las 4,40 de la madrugada del 5 de septiembre de 1972, un grupo de deportistas americanos volvía a la Villa Olímpica tras correrse una juerga. Pese a la fama de disciplinados y bien organizados de los alemanes, no había medidas de seguridad, los deportistas se escapaban por las noches del control de sus entrenadores y todo el mundo hacía la vista gorda. Se encontraron con unos deportistas árabes y entre todos se ayudaron a saltar las vallas, pero los árabes no venían de parranda. Eran en realidad un comando de Septiembre Negro, el grupo terrorista palestino, que asaltó el pabellón de la delegación israelí.

Hubo un intento de resistencia que costó la vida a dos israelíes, otros cuantos lograron huir, pero la situación al amanecer era que ocho terroristas armados con fusiles kalashnikov y granadas tenían en su poder a nueve rehenes israelíes. Los secuestradores pedían la liberación de 234 presos palestinos de las cárceles israelíes, y de los famosos terroristas alemanes Baader y Meinhoff. Al principio había ambiente de entendimiento, los palestinos permitieron irse a varios deportistas uruguayos y de Hong-Kong que vivían en aquel pabellón, y dejaron entrar al ministro del Interior alemán, para que comprobase el estado de los rehenes. Pero esta concesión resultaría fatal, porque el ministro dijo que había «cuatro o cinco terroristas», cuando eran ocho, y la policía alemana haría sus planes sobre ese equívoco.

Golda Meir, jefa del Gobierno israelí, se negó a cualquier concesión, no soltaría ningún preso palestino, pretendía incluso enviar fuerzas especiales israelíes para intentar el rescate, a lo que se negó Willi Brandt, primer ministro alemán. Entonces pidió que fueran los alemanes quienes usaran la fuerza, cayese quien cayese. «En ese momento el destino de los israelíes estaba sentenciado al 99%» comentaría el jefe de la policía bávara.

En vista a la negativa israelí a canjear presos palestinos, los terroristas pidieron un avión para volar a Egipto con sus rehenes. Presionados por Israel, los alemanes aparentaron acceder a esto, pero tendieron una trampa al comando de Septiembre Negro, los abatirían a tiros en el aeropuerto.

Nunca se organizó peor una operación de rescate. Por imperativo de la Constitución el Gobierno alemán no podía emplear el ejército, y encargó la misión a la Policía de Fronteras. Suponiendo que había cinco terroristas se prepararon cinco francotiradores, lo que era apurar mucho, pues no podía fallarse ningún disparo. Pero además los policías no eran tiradores de élite, no disponían de dispositivos de visión nocturna, ni miras telescópicas, ni fusiles de francotirador. Llevaban el arma estándar del ejército alemán, el fusil de asalto ‘cetme’ de licencia española, arma excelente en la corta distancia pero no indicada para el tiro de precisión.

Del despropósito a la masacre

Hacia las diez de la noche, dos helicópteros recogieron a terroristas y rehenes en la Villa Olímpica y los llevaron a una base de las OTAN. Les esperaba un avión de Lufthansa donde se había dispuesto la trampa principal. En vez de tripulación había seis policías disfrazados, otra vez un número exiguo si suponían que había cinco terroristas. En realidad no habría ni seis policías, pues por razones desconocidas los agentes disfrazados decidieron por su cuenta abandonar el avión.

Al llegar a la base aérea lo primero que hicieron los palestinos fue enviar a dos hombres en misión de reconocimiento. Cuando vieron que en el avión de Lufthansa no había nadie dieron la alarma. Uno de los terroristas tiró una granada de mano dentro de un helicóptero, que se incendió. Allí murieron entre las llamas la mitad de los rehenes israelíes. El resto de las víctimas parece que fueron abatidos por la policía alemana, que practicó cualquier cosa menos el tiro de precisión.

Cuando terminó el pandemónium había nueve israelíes, cinco palestinos y un policía alemán muertos. Otros tres terroristas estaban heridos, fueron hechos prisioneros y posteriormente liberados en otro canje de rehenes. Uno más logró huir, aunque posteriormente sería abatido por la policía. Aunque para la sensibilidad actual parezca extraño, las competiciones olímpicas no se suspendieron.

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