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González Quirós: «El poder político es muy fuerte, infinitamente más que el económico»

El político, columnista y escritor conversa con THE OBJECTIVE acerca de su nuevo libro ‘La virtud de la política’

González Quirós: «El poder político es muy fuerte, infinitamente más que el económico»

José Luis González Quirós. | THE OBJECTIVE

Si a Thomas Mann le preguntaran sobre la política actual, parece que mantendría la máxima con la que se refería a ella en su diario, en el que afirmaba que «todo» está compuesto por esta ciencia humana. Sobre esta premisa, José Luis González Quirós (Asturias, 1947), ha escrito La virtud de la política (Unión Editorial), un manual cuasi iniciático en este arte en el que ahonda los principios y evoluciones del papel de lo político en las sociedades modernas y su implicación en la vida humana, incluido en su parte más íntima.

González Quirós -columnista de THE OBJECTIVE– plasma su etapa en la política en la obra, de la que habla con cierto orgullo a lo largo de esta formación cuando menciona su paso por partidos históricos como UCD y sus posteriores evoluciones en forma de la ECD y el actual Partido Popular. También hay espacio para la acritud al hablar de Vox, uno de sus proyectos más personales del que, admite, ha finalizado «decepcionado» ante el rumbo que ha tomado la dirección que le relevó del cargo.

La virtud de la política explora la parte más profunda del hombre: su ser y su dimensión, con los efectos pertinentes sobre el mundo que le rodea.

El autor conversa con este medio acerca de las claves de la obra, la evolución del mundo moderno, la pervivencia de un liberalismo en perpetua persecución, de los líderes de los principales partidos de España y los males de un país que, relata, ha abandonado los principales debates e ideas que lo conforman.

PREGUNTA .- Como portada eliges el fusilamiento de Torrijos, de Antonio Gisbert. ¿Cuál es la razón?

RESPUESTA.- Bueno, no es fácil escoger portadas y además no es solo una decisión mía, sino que también es del editor. De todos modos es un fusilamiento de liberales, y yo escribo este libro contra el fusilamiento de los liberales. Defender la política y defender la democracia liberal es estar en contra de la mayoría, no conviene engañarse.

P.- ¿El modelo liberal está en decadencia y en riesgo de desaparecer?

R.- Creo que no desaparecerá porque tiene fundamentos muy sólidos, pero desde luego la opinión pública en su sentido más mayoritario y popular está muy en contra. La gente considera que la política es un mal insoportable y hay que verla como algo necesario y como algo benéfico.

P.- ¿La política ha terminado ocupando espacios que no le corresponden?

R.- A lo largo del libro hay dos tesis. Una afirma la politización de la existencia, que señala que los partidos (sobre todo los de izquierdas, los llamados progresistas) piensan que de alguna manera sus objetivos históricos ya se han alcanzado, y como encontrar otros nuevos es muy costoso, lo que hacen es coger cualquier causa que encuentran con más o menos apoyo social y la convierten en una causa política.

Me parece que hay una politización innecesaria de la existencia. Eso lo que hace es no contribuir a que haya un esfuerzo común, que es lo que debe ser la política para construir un país o una comunidad política más grande, más perfecta, más tolerante y más amplia.

P.- Las sociedades se construyen en torno a los conjuntos con un fin superior en torno a un ‘avance’. ¿Sigue siendo posible tender a conjuntos cuando cada vez hay una mayor individualidad?

R.- Lo que pasa es que los individuos y los conjuntos no son contrarios, son dos maneras de ver lo mismo. Esta crítica al individualismo que dice que se desconoce el aspecto comunitario es una falacia como una casa. A su vez, presentar las cosas comunitarias como si no fueran cosas del individuo tampoco tiene mucho sentido. Individuos y conjuntos están en una integración continuada, la discusión es dónde pones la soberanía. Los liberales solemos ponerla en los individuos porque creemos que son los únicos que tiene la capacidad de discrepar y de cambiar porque los grupos, con mucha frecuencia, pierden la razón.

Cualquier política es la construcción de un bien grupal, de un bien colectivo, porque hacer política hacia un bien personal deriva en amiguismo y corrupción. 

P.- En la introducción, Guillermo Cortázar menciona que los gobiernos previos a nuestras democracias modernas destacaban por las continuas luchas palaciegas que, defiende, finalizaron con la llegada de nuestros sistemas. Sin embargo, parece que ahora esas disputas existen y se mantienen dentro de la democracia interna de los partidos políticos.

R.- Siempre hay ese riesgo. La política es una acción colectiva que se compone de acciones individuales o «minigrupales» y siempre existe el riesgo de que pequeños grupos miren por su interés, que es lo que hacen los partidos. La gran crítica que sufren los partidos es que van mucho más a lo suyo que a lo de todos. El drama no es que haya una división entre partidos, sino que dentro de ellos, los que los dirigen van a lo suyo exclusivamente y no a lo que el partido tiene que ir.

«Cualquier política es la construcción de un bien grupal, de un bien colectivo, porque hacer política hacia un bien personal deriva en amiguismo y corrupción.»

P.- ¿Y cómo se evita que los deseos de los partidos copen el rumbo de un Estado?

R.- Con más participación política. Los partidos hacen lo que les consentimos que hagan. En el caso de España, ¿por qué tiene más problemas que otros países con los partidos? Pues porque son imposibles de copiar de un manual de Derecho Político. Puedes copiar filosofías, constituciones, roles, leyes. ¿Pero partidos? Los partidos no se pueden copiar, los partidos se hacen, y cuando se hacen mal, resulta que los males acaban apareciendo antes que los beneficios. ¿Un partido como el Popular qué problema tiene? Pues que no es popular. Es un partido que es de unas élites que están allí y se mantienen al precio que sea o realizan peleas entre ellos pero que no representan realmente un movimiento social.

El Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. | Antonio Gisbert (Museo del Prado)

P.- Menciona que España es un ejemplo muy claro, pero me vienen a la mente ejemplos con democracias occidentales perfectamente desarrolladas que sufren males muy similares como Italia, Francia o Reino Unido.

R.- Ahora mismo es muy general el fenómeno y quizás donde es más preocupante es en Estados Unidos. La vida colectiva es mucho más complicada que hace 100 años y que hace 50 porque están afectadas por unos cambios muy potentes, cambios muy fuertes y muy deprisa, por lo que naturalmente la política se ve sometida a esos cambios y sufre.

Por ejemplo, en Inglaterra, el Partido Conservador lo está pasando bastante mal y tiene varias crisis, pero tiene un sistema que permite expulsar al líder sin que el partido se venga abajo. Aquí, si se tumba a Pablo Casado (que imagino que bien tumbado está), viene otro que es como un dictador que hace lo que se le ocurre. Ahora mismo han convocado una convención que no es ideológica. Si un partido no tiene convenciones ideológicas, ya me dirá lo que tiene.

P.- Pero usted fue del equipo fundador del PP de José María Aznar y ahí se mantuvo hasta 2013. En su etapa vivió dos cambios de liderazgos muy fuertes en el partido (el primero el de Hernández Mancha), lo que no les mermó el camino hacia La Moncloa. Los partidos, al menos en el sistema español, parecen poder descabezarse y volver a resurgir el incluso para gobernar.

R.- Sí, pero el descabezamiento de los líderes no está siendo normal, está siendo siempre traumático. El único normal que ha habido es el de Aznar, aunque también es verdad que se va designando un sucesor, que es una cosa absolutamente anormal en un partido democrático como el popular.

Cuando Casado mete la pata, inmediatamente hay un candidato sin que nadie discuta nada. No se habla de por qué, ni para qué ni para cuándo. Es un arreglo entre cuatro y eso es poco popular.

Hay dos formas de actuar en política: la ideológica absolutamente propia de la izquierda, en la que hay unos horizontes de carácter ideológico, moral, de politización de la existencia y eso es lo que vale; o la de los partidos conservadores y liberales, que o tiene una base muy amplia y parte de analizar los problemas desde abajo o se quedan ahí, como un recurso técnico para acabar con los desastres que hayan hecho otros.

Para un partido como el Popular en España hay cuestiones que deberían ser objeto de análisis profundo, por ejemplo la reforma de la universidad. Pero nunca se ha discutido nada medianamente en serio al respecto en el partido y es un problema de este país evidentísimo. Tenemos un país de segunda y una universidad de quinta, como si la liga española estuviera en tercera regional. Eso no se habla en el PP aunque lo sientan muchos militantes porque el partido no está permeado de abajo hasta arriba. La derecha tendría que saber reformularse siempre desde abajo y seleccionar a sus ‘elites’ de una manera mucho más abierta. 

P.- Parece que la política ya no se sustenta en los ejes tradicionales de progresista y conservador-liberal y que las elecciones no se ganan anclado de uno de ellos, sino que se apuesta por el fenómeno de la ‘moderación’.

R.- Los votantes eligen entre lo que tiene delante y en general es lo que pasa en cualquier tipo de elección. Si tienes que elegir Miss Mundo, eliges una entre 45 señoritas que son todas muy monas, pero no a todas. Con los poderes electorales uno escoge lo que tiene delante. La cuestión es cómo se llega a formular lo que se presenta, que es la dinámica del partido. Cuando te dan a escoger entre unos señores que no sabes muy bien cómo han llegado allí y que tampoco sabes exáctamente lo que piensan, escoges al que cree que te va a hacer mucho menos daño. Creo que se vota mucho en España por temor a lo que pueda pasar y no por impulsar un determinado tipo de reformas.

«Los gobiernos siempre son peligrosos porque el poder político es muy fuerte, infinitamente más fuerte que el poder económico. Si no hay en la sociedad una voluntad de controlar ese poder, los gobiernos tienden a hacerse autoritarios»

P.- Volviendo al libro, su análisis valora que la Democracia surge del control del poder. Sin embargo, parece que el poder ha terminado controlando a a Democracia.

R.- La democracia básicamente tiene dos sentidos: el popperiano, (el pueblo puede cambiar de Gobierno, sin lo cual no hay democracia, evidentemente) y otro, el hecho de que cualquier Gobierno tenga que estar legitimado por los electores. Lo que está pasando -en España desde luego, pero también fuera- es que una vez que un Gobierno o un partido tiene la legitimación, cree que puede hacer lo que quiera. Parece que el hecho de tener mayoría de votos le autoriza a hacer cualquier cosa, y no es así. La mayoría de votos te autoriza a gobernar, pero gobernar significa respetar las leyes, entonces los gobiernos que están empezando a no respetar las leyes son abundantes y en España tenemos ejemplos muy claros.

P.- Menciona usted en el final de la obra que muchas democracias están en una situación tan delicada que se está avanzando hacia un «mundo oscuro», no sé cómo plantea usted que podría evitarse.

R.- La única manera de evitarlo es hacer más fuerte la participación en las democracias y ser más exigentes con el comportamiento de los políticos. Si los electores no son conscientes de sus responsabilidades, en cuanto avalen con su voto actitudes autoritarias es posible que acaben cayendo en gobiernos autoritarios.

Los gobiernos siempre son peligrosos porque el poder político es muy fuerte, infinitamente más fuerte que el poder económico. Si no hay en la sociedad una voluntad de controlar ese poder, los gobiernos tienden a hacerse autoritarios. Es una dinámica casi inevitable.

P.- Usted ha estado en todos los partidos de la derecha de la democracia española.

R.- Bueno, alguno me he dejado. Estuve en UCD (del que fui del Consejo Político y con mucho orgullo), fui del Comité Ejecutivo primero del CDS (también con mucho orgullo), luego estuve en el PP de Aznar y luego fui uno de los fundadores de Vox, de donde me fui al año porque cayó en manos de personas que no son de mi gusto. Y punto. Se corrompió completamente el partido. Si usted mira el manifiesto inicial de Vox, era un manifiesto de un partido liberal y en algunas cosas quizá un poco más conservador (dicho sea de paso, en contra de mi criterio). Era sobre todo un partido que trataba de regenerar la vida política. Vox ahora se ha convertido en algo muy distinto, no tiene nada que ver con ese partido inicial.

P.- ¿Queda algún partido liberal de verdad en España?

R.- No. Creo que el liberalismo no da para un partido. Estoy en la línea de verlo no como una doctrina cerrada o como un sistema, sino que es sobre todo una filosofía política y moral que favorece el modus vivendi, un modo de convivencia, de comprensión, de tolerancia, etcétera. En ese sentido creo que sí que hay partidos con cierta inspiración liberal. Lo que no hay son unas tradiciones democrático liberales fuertemente arraigadas a los partidos.

Los partidos se dejan llevar siempre por el líder y eso pasa desde la derecha hasta la extrema izquierda. Lo hemos visto desde Podemos, que es un partido que nace casi de manera asamblearia y que pretende hacer una cosa transversal y yo que sé la cantidad de cosas que dijeron y al final es un partido que maneja un señor como yo manejo mi coche.

«Vox es una de las cosas más dolorosas que me han pasado en la vida porque puse mucho empeño en ese asunto y al final hice el estúpido, con perdón».

P.- Volviendo a su paso por Vox. El partido está en una situación muy interesante con un liderazgo muy fuerte, un subliderazgo quizás un tanto ensombrecido pero de mucha importancia y en el que los liderazgos regionales no tienen ningún peso y cuando lo tienen dura tanto como el de la señora Olona.

R.- De Vox preferiría no hablar, si no te importa. Te lo explico. Para mí Vox es una de las cosas más dolorosas que me han pasado en la vida porque puse mucho empeño en ese asunto y al final hice el estúpido, con perdón, porque le regalamos el partido a unos señores con los que no teníamos nada que ver. Nos dimos cuenta de que dentro del partido se nos había metido un grupo muy fuerte que quería una cosa completamente distinta y la ha obtenido.

Siempre que hay que hablar de Vox, como tengo que hacerlo para hablar mal, me parece poco elegante porque es una criatura mía y prefiero no hablar de ellos porque es como decir aquello de los hermanos Marx de «Miren lo ingenuo que soy, lo ingenuo que he sido». Hombre, lo reconozco, pero no me gusta estar todo el día repitiéndolo.

P.- ¿En España pervive el liberalismo?

R.- Hay una parte del libro en la que digo que hay que hacer política contra el Estado porque creo que es lo que tendrían que hacer los partidos de inspiración liberal y creo que hay un programa político que está virgen. Yo pretendí que lo cogiera Vox. Aparentemente lo conseguí en un principio, pero inmediatamente lo han abandonado para caer unos autoritarismos bastante cómicos, cosa que se entiende muy bien cuando se ven episodios como los que están en la mente de todos. Y en el PP pues no hay fuerza ideológica, están las cosas de Ayuso que son un poco espasmódicas a veces.

Hay otras posiciones, pero un talante de hacer una política que recupere responsabilidad para la sociedad civil y que ponga en cuestión que el Estado tenga que meterse en ciertos asuntos no la veo.

P.- Parece muy sencillo hablar mal de los políticos españoles, pero haga lo contrario. ¿Qué virtud cree que destaca en el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez?

R.- Pedro Sánchez tiene una virtud que es admirable en un político y es la audacia, que en caso de que no se la subordine a nada puede llegar a ser muy peligrosa. Pero evidentemente ya me gustaría a mí que en el Partido Popular hubiese líderes con esa capacidad.

P.- ¿Y en el caso de la oposición con Alberto Núñez Feijóo?

R.- Bueno, yo creo que Alberto Núñez Feijóo tiene la la virtud contraria. Creo que es un hombre prudente, comedido, poco imaginativo, con demasiado poco sentido del riesgo, aunque eso es también virtud. Es un hombre sereno tranquilo que estudia las cosas y que procura no equivocarse.

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