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José Ángel Mañas: «Quien controla la educación controla el futuro»

El autor de ‘Historias del Kronen’ habla en THE OBJECTIVE sobre los críticos, la ficción, la historia y su manera de contarla

José Ángel Mañas: «Quien controla la educación controla el futuro»

José Ángel Mañas. | Victoria Iglesias

Avisa el escritor José Ángel Mañas (Madrid, 1971) por WhatsApp de que llegará al metro de Colonia Jardín en tres minutos. Son las siete de la tarde y el sol de finales de agosto resalta el skyline del extrarradio. Por Somosaguas, a lo lejos, las grúas y los bloques de viviendas parecen esqueletos apartando a patadas los grandes carteles publicitarios de los centros comerciales que han crecido a lo largo de la M-511. No pasa ni un alma por la carretera. En cambio, la estación presenta un trasiego de personajes que pierden el móvil y piden tabaco. Llega Mañas. Justo: tres minutos. Y justo en tres minutos de culebreo por el barrio encuentra un bar abierto. Entretanto, cuenta que vive en Sevilla la Nueva y que baja a Madrid una vez por semana. Servidos los refrigerios, el autor de Historias del Kronen, Mensaka, El secreto del oráculo o ¡Fernán González!, último título, se alegra del hallazgo tabernario: «No hemos encontrado mal sitio».

PREGUNTA. Dice Roger Wolfe que te trataron muy mal y que tuvo que salir en tu defensa cuando los críticos serios te ponían a caldo. ¿Basta con tener talento o que te lo digan?

RESPUESTA. Tú siempre tienes algo dentro que piensas que vale pero no sabes cuánto, y te hace falta una palmadita en el hombro. Cuando tenía 14 años, envié un cuento al Premio Miguel Hernández. Aquello para mí fue importantísimo, casi más que el Nadal, y me dio a entender que valía. Necesitas que alguien se fije en ti y te anime. El Nadal fue un poco parecido: llegué saltándome todo el escalafón y tuve un éxito inmerecido de alguna manera, pero entré en un mundo con unos códigos que desconocía y entonces cometí un montón de torpezas (yo siempre digo que entré como un elefante en una cacharrería). En ese momento, evidentemente, hubo muchas críticas, que también es normal; hay gente que lleva muchos años trabajando y suscitas envidias y encuentras a gente que no te respeta, cosa que también es normal. En ese momento hubo un puñado de tíos que me apoyaron: Francisco Umbral, Manuel Vázquez Montalbán, Rafael Conte, Raúl del Pozo, Luis Antonio de Villena y Roger Wolfe. A Roger lo veía más cercano y con muchas más afinidades. Su apoyo fue muy importante.

P. ¿Qué diría la persona a la que -dicen- dedicabas El escritor frustrado?

R. Esa novela es curiosa. Está escrita de antes de quedar yo finalista en el Nadal. Siempre lo comparo con Stephen Crane y El rojo emblema del valor. Crane se imagina lo que va a ser la guerra, luego va a la guerra y lo que escribe queda súper realista. Yo me imaginaba una serie de cosas que luego viví, pero tampoco eran tan diferentes. Había gente que decía que aquel tipo era jurista, pero no. Es verdad que en su momento hizo unas reseñas poco favorables, pero nunca dedicaría el tiempo de una novela a alguien que no me cae bien. No tienen ningún sentido.

P. Pero en el inicio se lee que El escritor frustrado va a «un profesor de universidad y reconocido crítico literario, escritor frustrado, alcohólico y de carácter obsesivo y violento es el protagonista de esta mordaz fábula sobre los peligros del éxito como primera y única meta en la vida».

R. (Risas) Pero es un arquetipo. Puede ser cualquiera. Sí recuerdo que había una profesora un poco achaparrada que tuve que era muy buena (la pobre murió), pero él es pura ficción. Siempre haces una mezcla de ficción y realidad, juegas con estar en el filo de la navaja y a veces se entiende bien y a veces no. Es un terreno pantanoso, y cada vez más.

P. ¿Se pretende justificar la ficción?

R. Sí… Ahora mismo, con este tema de la corrección política, para mí hay una lógica de contextos que impera. En un espacio social, como una columna, entiendo que tengas que controlarte; estás emitiendo una serie de mensajes que se pueden controlar, censurar e incluso penalizar si se quiere. Pero por contra está el espacio artístico, que es diferente. Es un espacio con una lógica aparte donde la única regla es que no hay reglas. Un comentario racista en una columna es una cosa, pero un comentario racista en una novela es otra cosa totalmente diferente y creo que ahí no se debe entrar. Esa es la fuerza de la ficción, y ampara, por ejemplo, a Charlie Hebdo o a Salman Rushdie. Aunque parezcan barbaridades, eso es una válvula de escape. Estamos en un mundo que está controlado en muchos aspectos y el arte es uno de esos raros espacios donde puedes ser totalmente libre. Es una libertad simbólica, pero es catártico y esa catarsis es fundamental y buena para el equilibrio de la sociedad, porque permite que la cosa no estalle.

«Cuando es un individuo contra un colectivo, el colectivo te acaba cogiendo tarde o temprano. Todo se construye contra algo»

P. Salman Rushdie estaba amenazado desde que publicó en 1988 Los versos satánicos. ¿Siempre estamos en guerra, aunque no sepamos contra qué o contra quién?

R. ¿Sabes lo que prueba eso? Que no puedes contra una colectividad. Cuando es un individuo contra un colectivo, el colectivo te acaba cogiendo tarde o temprano. Todo se construye contra algo. La identidad española fue contra los árabes, por decirlo así, y la identidad catalana fue contra lo español; la identidad feminista contra lo masculino… Todas estas identidades siempre están construidas contra algo.

P. Individualmente, ¿te construyes contra alguien?

R. Desde luego, el colectivo es necesario, porque es lo que reagrupa. Individualmente, quizás ya puedes ser más cristiano o tirar hacia el budismo o ser más zen… Pero traspasado a lo colectivo es imposible.

P. En el caso de Rushdie es una fatwa contra un escritor, no contra los escritores en concreto. Salman Rushdie está solo ante un colectivo.

R. Hombre, se le intenta arropar, porque lo sientes como un ataque gremial, aunque no deja de ser un oficio muy individual. Hay algunas asociaciones de escritores, pero se convierten en otra cosa y este es un colectivo muy individualista. Es complicado.

P. ¿Contra quién o contra qué está construido Carlos (Historias del Kronen)? Pienso en Alejandro Magno, por comparar, y en Alex DeLarge (La naranja mecánica)…

R. Carlos tiene mucho odio, un odio muy juvenil. Pero ¿contra qué? ¿Contra todo? ¿Cuál es su enemigo? Supongo que los hipócritas, la debilidad, el no asumir las consecuencias de los actos… Es muy nihilista y por ahí van los tiros y está muy claro que está en guerra, pero no sabe muy bien ni por qué ni contra quién, que es algo que sucede con los jóvenes. En los noventa, los grupos cantaban en inglés porque en los ochenta se cantaba en español, por ejemplo. Siempre habrá ese tipo de reacción contra lo anterior, contra el padre, contra la familia… Esos enemigos simbólicos que uno tiene canalizan o atraen tu odio, pero es que el odio cansa mucho, desgasta, y con la edad vas odiando cada vez menos.

P. Eres licenciado en Historia, has escrito sobre Historia… ¿Cómo se puede escribir sobre algo que no has vivido?

R. Al final, aquello que no fui en su momento y que tenía descartado, lo estoy recuperando. Si ahora estoy con ¡Fernán González!, el siglo X lo empiezo a controlar y alcanzo un nivel de precisión razonable que equivale al trabajo de una novela.

P. Pero no has estado allí, sino que te lo cuentan. 

R. Primero, para mí es muy importante la geografía. Me puedo imaginar a dos tíos en un bar, pero me hace falta el bar. Si lo visualizo, ya puedo ponerte a dos tíos o a los que sean. Si describo la escena en un castillo, necesito ir a ese castillo y meter lo que sea, hasta fantasmas, pero necesito la geografía. Cuando hice El secreto del oráculo, me costó mucho porque era una geografía lejana y yo siempre tiraba a unas geografías que conozco.

P. ¿Las incoherencias en la novela histórica son perdonadas si están bajo el amparo de la ficción?

R. Yo tengo muchas incoherencias (risas). Hombre, lo importante es la novela, y considero que lo que hago es más novela que género histórico. Procuras darle ese gusto divulgativo al lector, que los detalles sean precisos y exactos dentro de la medida, pero primero metes la pata, porque es imposible no meterla. Todos lo hacemos siempre y yo soy muy susceptible al error, aunque luego procuro enmendarlo. A veces hay erratas, gazapos y otras, sencillamente, hay licencias.

P. ¿Y cómo sabe el lector que eso es una licencia y no un gazapo?

R. Eso es una putada cuando entras en el género histórico. Estoy en contra de dar la receta final, pero al mismo tiempo entiendo que al lector le gustaría estar seguro de dónde está. Es que hay cosas que no están en las fuentes. Es, quizás, uno de los mayores problemas que tiene el género histórico en la novela cuando se intenta hacer divulgación. Hay quien sencillamente da la receta, hay quien se toma por un historiador, y hay quien pasa totalmente de la historia. Tengo un ejemplar de las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar que un día leyó mi padre y encontró lleno de anacronismos.

P. ¿Eso le quita valor a la obra?

R. No, hombre. Si hubiese estado mejor encajado, mejor; pero no le quita valor literario a la obra. Y tampoco le quita el valor documental que tiene la autora. Se le han escapado detalles como a todo el mundo. Yo cometo muchos errores, no somos máquinas.

P. ¿Tu padre te presionaba? Tenía una gran colección de libros…

R. Es muy bibliófilo. Siempre dice que en vez de ir de putas en sus viajes de negocios se iba a comprar libros. Bueno, eso es lo que cuenta (risas). Pero no. Mi padre pertenecía a la generación de Andrés Trapiello. Son ratas de biblioteca que te encuentras rebuscando en la Cuesta de Moyano. Él quería ser historiador y a mí me gustaba más escribir ficción. Pero curiosamente me metí a estudiar Historia, aunque dentro de eso me gustaba más la filosofía en la Historia. Mi padre escribió un libro sobre Eduardo Saavedra, que era el descubridor de Numancia, pero luego lo dejó (siempre he pensado que yo igual un día lo dejo). Él optó por lo práctico (es Ingeniero de Caminos) y yo por la creación, con todas las consecuencias que tiene. Hay personas que me dicen que dentro de 200 años se hablará de mí. Yo les respondo: «Ya, cabrón, pero mientras tanto tú estás ganando dinero». En un momento dado yo gané dinero, claro, pero es muy difícil mantenerlo. Cuando un libro pega comercialmente y tiene detrás una editorial potente, se puede ganar mucho dinero.

P. Los libros, ¿siempre han de ser cerca de 200 páginas?

R. Eso sería lo estándar, pero cuando son 300 me cuesta un cojón. Las de Alejandro Magno en realidad eran dos de 250 páginas. Mi tendencia es a eso y creo que, por cómo escribo, me basta y me sobra. A los históricos les gusta más el mazacote y con 300 ó 400 páginas el editor puede pedir más dinero. Hay algunos lectores que por ello piensan que les va a durar más, pero yo creo que es un error. ¡Fernán González! me ha salido por 360 páginas, pero porque el hijoputa vivió mucho (risas). Lo pensé mal, porque en ¡Pelayo! sí que me ceñí a un tiempo que era importante, pero en esta última la estructura de la novela me llevaba a su vida y a su muerte, y era mucho tiempo. Se me fue un poco la mano, pero estoy bastante contento.

P. Si la historia y el lenguaje cambian, ¿también la forma de contarlo?

R. Sí, siempre. Cómo nos contamos la historia, cómo nos contamos lo que somos… Eso cambia totalmente.

P. ¿Con riesgo de que no sea siempre la misma?

R. Sí. Va evolucionando. Hombre, hay una esencia humana que es la base; no podemos pensar que somos absolutamente diferentes a la gente del siglo XX. Lo circunstancial va cambiando, los modos, la sensibilidad, prestamos atención a ciertas cosas… Los padres de la Constitución tenían una serie de conceptos y de cuestiones cuando pactaron. Si hoy hiciéramos la Constitución, tendríamos otras cosas en la cabeza. Es humano, ley de vida. Todo evoluciona hasta que se muere.

«Cada estado, teóricamente, se consolida en torno a un idioma, a una lengua… Los que tienen varias lenguas no acaban de funcionar. En casos como el de Bélgica o Suiza no acaban de funcionar. El bilingüismo es complejo y ellos lo saben»

P. Si lo que cuenta es la comunicación, ¿por qué la guerra entre lenguas o dialectos?

R. Cada estado, teóricamente, se consolida en torno a un idioma, a una lengua… Los que tienen varias lenguas no acaban de funcionar. En casos como el de Bélgica o Suiza no acaban de funcionar. El bilingüismo es complejo y ellos lo saben. Los estados siempre han hecho esto: imponer su idioma. Pero tienes que saber cuál es el tuyo. Está claro que estas transferencias que se hicieron fueron salvajes y yo nunca lo entendí. Ningún estado hace una transferencia al 100% de las competencias. Tampoco entiendo cómo cierta gente cree estar en contra de la Constitución del 78. Recuerdo que cuando la estudiaba en la Universidad, el profesor decía que era chicle, porque lo permitía todo. Lo normal es que un Estado, aunque sea federal, tiene que tener un tope de transferencias. Hay un mínimo que no se transfiere y punto, y eso es lo que me falla a mí ahora mismo en España. La educación, ¿en qué momento se transfirió? Fue pegarse un tiro en el pie y ahora es muy difícil de recuperar, porque quien controla la educación controla el futuro. 

P. ¿Y eso es perverso?

R. Es muy perverso. Si en el colegio te dicen que eres catalán, eres catalán; si te dicen que eres español, eres español… Serás lo que te digan, aunque te costará mucho no ser lo que dicen que eres. ¿Y quién controla eso ahora mismo? Las autonomías. Con lo cual, ¿el futuro de quién es? Las nuevas generaciones van a ser «catalanoideologizadas» y va a costar mucho revertir el proceso. Si es que se llega. La clave está en -primero- la educación. ¿Quién la tiene? Pues ellos, que han ganado la batalla. La otra es la Ley Electoral. Los tres pilares de un Estado son la educación, la sanidad y el ejército. Y luego está el tema económico… Yo le regalaría la soberanía al País Vasco -¡que son palabras mayores!-, pero que suelten la pasta. Yo soy madrileño e inevitablemente al serlo, se tiene una sensibilidad más próxima al centralismo que a la diversidad. ¡Ojo! También hay muchas cosas que hemos aprendido a entender y que a lo mejor no se veían. Es verdad que la realidad peninsular es muy diversa y que hay una riqueza idiomática que hay que respetar, por supuesto, pero ahora mismo estamos casi en el extremo contrario.

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