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José Tomás en otoño: la leyenda deslumbra en Alicante

«Se está despidiendo el torero que ha marcado el final del siglo XX y el inicio del XXI en una fiesta que impregna hasta el tuétano nuestra cultura»

José Tomás en otoño: la leyenda deslumbra en Alicante

José Tomás en la plaza de Alicante. | Manuel Lorenzo (EFE)

Pisó José Tomás el albero de Alicante y la plaza estalló en ovación estruendosa, descomunal, unánime, de incondicional entrega al último mito del toreo en la que amenazaba con ser su última tarde vestido de luces. Obligado a desmonterarse, en ese paseíllo en solitario no había un matador de toros, había un monumento. El monumento a una leyenda viva que, 27 años después de tomar la alternativa y en la recta final de su trayectoria, sigue despertando en la afición lo que nadie más puede… y nadie más podrá.

Es JT un torero de época, de una época que vemos apagarse sin que se adivine la apertura de otra. A unos días de cumplir los 47, con apenas cuatro corridas lidiadas en el último lustro, el diestro administra a conveniencia el tramo final del maravilloso tarro de las esencias con el que riega las plazas de España e Hispanoamérica desde 1995, un fenómeno como no volveremos a ver. Y que todavía deslumbra, vaya si deslumbra.

Es pleno verano en Alicante y pleno otoño en la carrera artística de José Tomás. Sale fuego de la plaza en la que el de Galapagar va a hacer una de sus últimas apariciones, esperemos que no la última. Se está despidiendo el torero que ha marcado el final del siglo XX y el inicio del XXI en una fiesta que impregna hasta el tuétano nuestra cultura. La naturaleza, inflexible, le empuja al desenlace y sus incondicionales siguen (¡seguimos!) dispuestos a presenciar cada segundo de los que le puedan quedar lidiando con la muerte ante un toro bravo. Nos pasa con las faenas de JT como a Pérez de Ayala le ocurría con todas hace un siglo: mientras existan, no queremos perdernos ni una.

«Está en otoño, sí, pero sigue movilizando afición y despertando las mismas pasiones que en aquellos años de plenitud»

Más de 11.000 almas abarrotaban el coso de Plaza España de Alicante, un hervidero desde por la mañana en las inmediaciones. En esa fan zone que durante todo el fin de semana ha hecho de telonera del acontecimiento, con una exposición fotográfica dedicada al maestro, zona gastronómica y música en directo. JT está en otoño, sí, pero sigue movilizando afición y despertando las mismas pasiones que en aquellos años de plenitud donde hizo pensar que era posible cortar un rabo en Las Ventas. Gentes venidas de todos los puntos de España (representantes de la Cataluña taurina exhibieron una pancarta que rezaba Marginados en Cataluña) y también de México (las banderas más presentes), Francia, Portugal… A JT se le sigue como al mesías taurino que nunca ha querido ser.

Hay quien no se lo perdona. Que no se haya erigido en el Salvador que la fiesta nacional tanto necesitaba. Le reprochan sus liturgias, como impedir que se retransmitan sus corridas, su inhibición ante el debate público, su renuncia a ser un ídolo de masas y a ser el gran embajador de una fiesta asediada por dos de los movimientos más nocivos de nuestro tiempo: un animalismo mentalmente perezoso y socialmente furibundo y un izquierdismo desnortado que se ha ido a vivir a la frontera con la hispanofobia. Y, en esta última etapa, le recriminan también el hecho de que espacie tanto sus apariciones, que no se anuncie en plazas de primera, que rechace alternar con otros matadores y que diseñe carteles sui generis como los de este año en Jaén y Alicante, con cuatro toros en solitario personalmente seleccionados por él. Todos esos reproches encierran en realidad el mejor de los elogios, pues le vienen a decir que cómo no ha sacado y saca más provecho de esas condiciones y ese genio sin igual.

Uno puede entenderlo, pues es seguro que no volveremos a ver a un torero así, pero jamás osará reprocharle nada. JT es libre de administrar su leyenda. En su plenitud y en su despedida. Como hizo en Jaén, donde volvió a dejar deliciosas muestras de su talento pero se le resistió el triunfo. Como hizo ayer en Alicante. Donde el éxito sí fue total y rotundo, alcanzando la apoteosis con la zurda en la segunda faena.

Sencillamente no hay otro ser humano capaz de ligar esos naturales. No terminaba uno y ya empezaba el siguiente. Alguno todavía dura. Profundos, eternos, inacabables. Diez conté en la segunda tanda, cuajada en los mismos medios. Antes, con el capote, se había ajustado unas gaoneras formidables marca de la casa. La estocada, tendida y tras un cierre de faena esplendoroso por abajo, valió para fulminar a su enemigo. Las dos orejas se concedieron a la vez. JT había puesto la plaza patas arriba.

El clímax aún lo extendió en el tercero. Una voltereta feísima rompió el cuarto derechazo de una serie descomunal. La respuesta de JT, cruzándose todavía más y terminando con unas manoletinas apretadísimas (¿por dónde pasó ese toro?) le valió un nuevo trofeo, que no dejó escapar con la espada. Todos los fantasmas que sobrevolaron en Jaén habían desaparecido de un plumazo. José Tomás puede estar al final de su carrera, pero no en el ocaso.

Las grandiosas verónicas con que saludó al cuarto, que muy pronto se quedó sin juego, fueron el broche a una tarde memorable. Una tarde en la que José Tomás derrochó compromiso y volvió a lucir su mejor repertorio, toreando en una baldosa. Demostrando que todavía es posible bajar un poco más esa izquierda de oro. Y justo ahí, en el sitio donde queman los pies, como le enseñó Andrés García ‘El Cholula’ en un ya lejano 1994 en su querido México. Moviéndose «en la dirección contraria a la que empuja el instinto», uniendo arte y valor como nadie más es capaz de hacer.

«Todavía soñamos con un último baile en su Madrid y cruzamos los dedos para que nos anuncie que habrá al menos una actuación más»

Nos negamos a pensar que esta haya podido ser su última tarde, aunque no sabemos cuánto queda de José Tomás en las plazas. No mucho, desgraciadamente. Aunque no llegamos al fanatismo de Sabina («mi taurinismo es lo único que me acerca a Goya o a Hemingway, y mi torero es José Tomás. Estoy contra todas las corridas donde no está José Tomás»), nos encantaría que alargara su carrera hasta los confines que fijaron De Paula, toreando a los 60, Curro Romero, triunfando hasta los 66, o Antoñete, a cuestas con sus idas y venidas en el albero hasta casi los 70. Pero no parece que tal cosa vaya con la personalidad del genio de Galapagar. De momento, todavía soñamos con un último baile en su Madrid y cruzamos los dedos para que nos anuncie que habrá al menos una actuación más. Y que volveremos a verle ahí, justo ahí, en el lugar donde queman los pies.

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