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'Otra' de Natalia Carrero, un libro sobre el alcohol en las mujeres de clase media

La escritora Natalia Carrero rompe con el estigma de la mujer de clase media que bebe en ‘Otra’, donde indaga, además, sobre las derivas mentales

'Otra' de Natalia Carrero, un libro sobre el alcohol en las mujeres de clase media

Ilustración del libro 'Otra' (fragmento de portada) | Tránsito

«Todo comienza con un gluglú», escribe Natalia Carrero en algún momento de su última novela. Un gluglú que podría ser el sonido de una botella al abrirse o de la chapa de una lata al ceder. Un gluglú reconocible que nunca es uno solo. Bajo el sutil título de Otra (Tránsito), la escritora va en realidad aglutinando gluglúes. Su protagonista, Mónica, responde a una fórmula, en apariencia sencilla: mujer más alcohol más clase media. Una mujer que ronda los 50 años que se sienta a escribir las Memorias de una buena borracha, mientras cuida y cría a sus hijos y empieza un pequeño negocio (su primer empleo, de hecho). Y a partir de ahí tenemos esta novela, entre desenfadada y seria, que trata también sobre los asuntos mentales y sus estigmas.

«El primer gluglú fue en realidad mucha verborrea», confiesa la escritora ahora. Y es que como cuenta la propia Carrero, Otra comenzó más como un chupito. Al menos en un principio fue ideada solo como un monólogo sobre una borracha. «Luego con el tiempo ese discurso condujo al personaje de Mónica, y a novelarlo y darle un poco de narrativa», explica.

Sobre su fórmula, reconoce que es un poco donde nos encontramos gran parte de la sociedad que conocemos hoy. «Ya todo es clase media, la desigualdad es tanta que no nos damos cuenta de qué hay más allá de nosotros. En mi caso concreto», intencionadamente sugiere: «Vamos a emborrachar a la mujer de la clase media y vamos a ver a qué posibilidades nos lleva eso». Puede terminar o no en desastre, pero mi intención era terminarla en una mujer con mucha conciencia de su lugar y de sus posibilidades de tener fuerza y poder y cambiar las cosas».

Portada del libro ‘Otra’ de Natalia Carrero cortesía de Tránsito

El alcohol como tema literario

Porque lo cierto es que, desde el punto de vista literario, el alcohol siempre ha sido un tema referencial. «Siempre ha existido en la literatura una épica muy visible del alcohol o el alcohólico que toca fondo –reflexiona la escritora-, pero en el caso de Mónica ella quiere plantear también un estado moderadamente alcohólico, con lo que se pueden hacer muchas cosas, pensar con más claridad, tener lucidez en los momentos en que, si quiere, puede utilizarlo como una herramienta de conocimiento. También desde ese punto de vista, siempre ha sido muy literario el empleo del alcohol y otros filtros y drogas. Lo que yo intenté evitar fue la visión romántica del alcohol, describir que para determinadas fisiologías el alcohol es muy peligroso, y opté por una visión realista y casi científica». 

Recuerdan sus palabras, también la temática, a una película danesa con la que, en español, esta novela casi comparte título: Otra ronda. Dirigida por Thomas Vinterberg, este título que obtuvo el Óscar a la mejor película extranjera en 2020 contaba la historia de cuatro profesores de instituto que se embarcaban en un experimento sociológico: cada uno de ellos bebería hasta mantener la tasa de alcohol en su cuerpo al mismo nivel durante su vida diaria. Carrero recuerda la película. «Luego las cosas se desmadran. Cuando uno se pone límites para ejercicios de ese tipo al final se acaban saltando. Eso da mucho juego y surgen muchísimas interpretaciones. Me interesó mucho la película y lo único que yo le achacaría es que la visión del alcohol que ofrece es muy patriarcal –analiza-. A mí se me puede decir que es muy feminista y es muy de mujer, pero yo intento ser más inclusiva». No obstante, añade, «la película es muy patriarcal porque también hay que reconocer que la historia está contada desde una sociedad claramente patriarcal y desde unos esquemas familiares en los que se puede permitir que el hombre desbarre de manera alcohólica y lo disfrute por completo mientras la familia y todo lo demás carga con ello».

Para contrarrestar, Carrero propone un ensayo escrito por una mujer, Leslie Jamison. «La huella de los días es como un documental experimentado en primera persona, casi una tesis doctoral. Actualiza mucho la relación literatura-alcohol, los peligros y las gradaciones que hay», opina. Además, su novela es un decálogo de otras mujeres y cita el ejemplo de algunas escritoras como Marguerite Duras, Anne Sexton o Ingeborg Bachmann. «En el proceso de trabajo de la novela tenía muchas más autoras, pero elegí estas tres porque son las que Mónica lee mientras escribe las Memorias de la buena borracha –justifica-. Son tres mujeres que representan casos extremos de alcoholismo, que son muy dramáticas, pero también me interesaba verlas y actualizarlas porque el libro quiere ser luminoso. El alcohol ofrece todas estas gradaciones, sus peligros ahí están, pero reconocerlos es tener la conciencia de poder evitarlos. Por eso las puse a ellas como ejemplos que conviene tener en cuenta, para tener conciencia sobre eso», amplía.

«Hay millones de alcohólicos épicos, pero ellas siempre han estado también (…) Marguerite Duras está a la altura de Jack London o Joseph Roth (…) Ancho mar de los sargazos, de Jean Rhys, es una obra maestra y nunca aparece en primer lugar cuando nombramos qué novelistas han utilizado el alcohol hasta límites muy importantes y han hecho grandes obras»

Por supuesto, que hay más, a pesar de que la figura de escritor bohemio y alcohólico siempre la hemos asociado más con bebedores varones. «Yo creo que eso ha pasado porque el canon siempre pone el foco en lo patriarcal, en los hombres. Ahí siempre han estado Jack London o Joseph Roth. Hay millones de alcohólicos épicos, pero ellas siempre han estado también –comenta-. Al igual que hay artistas hombres y artistas mujeres, hay alcohólicos y alcohólicas. Marguerite Duras está a la altura de cualquiera de estos que hemos dicho, sin embargo, no está en el canon que suele rellenar nuestro imaginario colectivo. Ancho mar de los sargazos, de Jean Rhys, es una obra maestra y nunca aparece en primer lugar cuando nombramos qué novelistas han utilizado el alcohol hasta límites muy importantes y han hecho grandes obras. Sí, Jean Rhys es una de ellas al igual que Jack London», se reafirma.

Foto: Vinicius «amnx» Amano | Unsplash

Una sociedad banal

Pero Mónica, su protagonista, no es una gran artista ni una gran literata. Ella es, simplemente, una mujer de clase media que ronda los 50 años que creció en una «especie de perfeccionismo encorsetador que nos iba minando por dentro», denuncia la narradora. Sin embargo, añade: «Las jóvenes de hoy lo tienen mucho más fácil, porque hay libertades que aparentemente que se han conseguido. Aunque esas libertades sean un poco más banales. Estamos todo el rato rozando lo que yo llamo la banalidad de la diversión, incluso la banalidad de la literatura. Se ha avanzado mucho pero también debemos ser conscientes de que queda mucho por pelear. Somos una sociedad a todos los niveles, con todas las series y narrativas que hay, mucho más desprejuiciada, pero al mismo tiempo hay que pensar en cosas que nunca han cambiado como los de arriba y los de abajo», denuncia la escritora. 

Junto a ella, militan otras muchas mujeres, anónimas, que Mónica perfila después de sus Memorias. «Esta parte era una militancia antiglamour. Nos ponemos en el pack literatura más alcohol y salen siempre cosas estupendas, maravillosas. Pensamos en esas grandes obras o películas. Pero como yo también quería ir, no al uso radical del alcohol, sino al empleo moderado, el empleo por etapas en la vida, cuando una persona lo está pasando mal y pasa una etapa más alcohólica y luego ya se modera, pues quería poner a las moderadas también y otras vidas anónimas, esas mujeres que están bebiendo solas aquí o allá y que a nadie le suelen importar y que incluso tenemos prejuicios contra ellas. Me parecía interesante añadirlas y también me documenté y eran historias de gente que he escuchado y de gente que he leído», tercia.

A Otra no le falta tampoco la seña de identidad de Natalia Carrero, que suele llenar sus novelas con dibujos que ella misma hace. «Necesito incluirlos porque durante el proceso de investigación y documentación de lo que estoy haciendo hago muchísimos, entonces me saltan y tengo que incluirlos y elegir algunos. Igual que cuando se dice que Juan Rulfo escribió Pedro Páramo tenía 600 páginas y quedó reducido a cien o a menos. Yo no solo escribo, también dibujo, hago todo esto y luego tengo que sintetizarlo. Pero quedan las dos cosas: dibujo y palabra».

Foto: Jorge Bernabéu | Tránsito

En la cabeza del alcohólico

El otro lado, la palabra, la usa la escritora construyendo un juego del proceso creativo. Una mujer que le cuenta a su hermano la historia de su próxima novela, sobre otra mujer, Mónica, que a su vez escribe unas memorias. «Para mí siempre tiene mucha importancia porque creo en las condiciones materiales de la escritura. Me gusta cuando al escribir se cuenta desde dónde se escribe, por qué se escribe y cómo se escribe. Eso forma parte de lo que ahora llamamos proceso, pero que siempre ha estado ahí», explica.

Y en el otro lado de la balanza, la enfermedad mental que sufre el hermano de la narradora. «Me parecía muy importante ya que abordaba la enfermedad del alcoholismo directamente situada dentro de las enfermedades.  El alcoholismo radical provoca esa verborrea y ese final con unos socavones mentales con los que las enfermedades mentales también están relacionadas. Era una manera de situar que todo el libro se mueve en la zona cabeza y derivas mentales», aclara.

«Donde hay cierto poder adquisitivo hay mejores cuidados que en lugares donde hay mucha más pobreza, donde la enfermedad mental tiene el mismo tratamiento que en los años 80»

Con respecto a las mejores de los últimos 30 o 40 años en materia de salud mental, Carrero opina que se ha mejorado mucho. «Se tiene mucha más conciencia, hasta en el congreso de los diputados se habla de enfermedad mental, también hay mayor conciencia y aproximación social hacia las enfermedades mentales, no están tratadas desde un punto de vista tan individual. O sea que se ha mejorado sí, también a nivel químico, en las farmacéuticas y los tratamientos, pero eso no quita que hay algo que no ha cambiado: los de abajo y los de arriba. Hay también grandes desigualdades y donde hay cierto poder adquisitivo hay mejores cuidados que en lugares donde hay mucha más pobreza, donde la enfermedad mental tiene el mismo tratamiento que en los años 80», denuncia.

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