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Teodoro León Gross: «La gran amenaza no es Vox, sino el nacionalismo»

El popular periodista charla en ‘Náufragos ilustrados’ sobre nacionalismo, la pandemia y la vida desde la periferia

Teodoro León Gross: «La gran amenaza no es Vox, sino el nacionalismo»

Teodoro León Gross. | Imágenes de Jorge Pedrosa (THE OBJECTIVE)

Recibe Teodoro León Gross a THE OBJECTIVE un lluvioso día previo a la Navidad en su Málaga natal (1966). Viste un jersey de lana y pide sentarse en el interior de la librería/cafetería en la que se produce el encuentro. Los libros también abrigan y él es «muy friolero». Desde este balcón al mar que son las provincias, escribe opinión desde 1989 y se ha forjado como una de las firmas más solventes y sólidas del panorama patrio. Ahora presenta desde Sevilla un programa matinal de referencia en Canal Sur pero antes, siempre desde la Costa del Sol, ha escrito en los locales Diario 16 Málaga y Diario Sur, regionalmente en el Grupo Joly, para quienes sigue colaborando y en el ámbito nacional articuló su opinión para El Mundo y, hasta hace pocos días, El País. Hoy defiende sus posturas en THE OBJECTIVE. Teodoro León se caracteriza por un poso intelectual amplio y una mirada muy crítica al nacionalismo.

P. Vuelven las mascarillas en los exteriores y ha sido muy contudente contra esta medida.

R. Yo creo que una medida que no está avalada por la ciencia, en la medida en que tenga ciertamente una potencia simbólica, se desacredita sola. En política hay cosas que forman parte de lo simbólico que pueden tener efecto. Pero yo creo que la mascarilla en exteriores, si se hubiese acompañado de un paquete de medidas severas, como se ha hecho en otros países europeos, se hubiera podido entender; pero la mascarilla como medida única resulta absurda, porque se está apostando por lo único que la ciencia no demuestra que tenga un impacto efectivo. Es verdad que algunas comunidades lo habían pedido, pero lo habían pedido dentro de un paquete de medidas. Yo creo que Pedro Sánchez, que lleva desde la segunda ola tratando de evitar ser el responsable de la gestión de la pandemia, sencillamente ha querido tener un pequeño golpe de efecto y devolver la pelota a las comunidades y le ha salido mal.

¿Y qué piensa de las mascarillas en los interiores de las ruedas de prensa? Como ha adelantado THE OBJECTIVE, a Darias la han denunciado por quitársela.

Yo creo que la mascarilla en interior, mientras no se esté consumiendo, es conveniente. Pero en el caso de Darias, es que se lo ha buscado. Primero porque la rueda de prensa no es un lugar solitario, es un lugar donde estás exponiendo a gente y poniendo en riesgo potencialmente a los periodistas. Pero el colmo de los ridículos es que esto te suceda cuando estás tratando de vender las bondades de la mascarilla en el exterior. Yo creo que Darias es una ministra que llegó con el cartel del buen tono cálido del acento canario, pero detrás de su perfil ha faltado capacidad y sustancia.

Se preguntaba en su última columna: ¿Hay alguien a los mandos de este país? Le devuelvo la pregunta.

Justamente ese es el problema, que hay alguien a los mandos (ríe). La respuesta es: sí, hay alguien a los mandos. Hay alguien a los mandos irresponsablemente, que no está conduciendo con el rigor que cabe esperar de quien está pilotando a todo un país. El problema de Pedro Sánchez es que está vigilando mucho más lo que sucede alrededor en los espejos retrovisores.

Está vigilando mucho en la parte derecha la tensión que le provocan desde las encuestas, sentir que la suma de derechas alcanza a gobernar, y está vigilando lo que sucede a la izquierda porque Yolanda Díaz está haciendo una plataforma que puede renovar la estrategia gastada que ha tenido Podemos. Está todo por ver, no parece que haya una expectativa equiparable a lo que augura Iván Redondo, pero Pedro Sánchez vigila a derecha e izquierda. Es un líder que en todo momento se ha sentido cómodo a los mandos de un descapotable. 

Él ha ocupado el poder muy consciente de su visibilidad, de resultar atractivo, es el galán del descapotable. En una crisis sistémica y económica como la que ha traído el coronavirus, yo creo que no era el momento de un descapotable, sino que era el momento de un conductor muy fiable a los mandos de un vehículo que no fuera atractivo, sino un todoterreno a prueba de las dificultades. Quizá Pedro Sánchez hubiera sido mucho mejor presidente con un viento de cola, pero en un tiempo de adversidades…

Mientras tanto, el nacionalismo sigue siendo un avispero agitado.

El nacionalismo es la gran amenaza que hay en España. Nos quieren convencer de que la gran amenaza es Vox, que es la extrema derecha, y no: la gran amenaza es el nacionalismo, hoy nacionalpopulismo. Eso significa que Vox es una amenaza, pero los partidos soberanistas catalanes son la mayor amenaza de toda España. En el caso catalán, se une al soberanismo el independentismo que amenaza la estabilidad de un país con una historia larga y compleja de convivencia. 

El gran problema en España es el nacionalismo, lo ha sido durante décadas el vasco, al que se añadía el terrorismo, con el discurso político de Batasuna que el PNV controlaba con ambigüedad y que ha tendido a la racionalidad perdiendo parte de su condición. En cambio, el nacionalismo catalán, que se había asentado en esa racionalidad y pragmatismo, ha caído en esa irracionalidad que ha contaminado al partido más conservador y más sistémico que era Convergencia hasta su desaparición y transformación en un partido más equiparable a las CUP. 

¿Vox como partido nacionalista no es una amenaza?

El nacionalpopulismo es una amenaza, y eso significa que Vox también lo es. 

Pero yo tengo la percepción de que a Vox, cuando llegue al poder, le ocurrirá como a Podemos, es decir, que después de haber experimentado una efervescencia como partido antisistema con discurso populista anti establishment será un partido integrado como lo es hoy Podemos. Y dentro del poder se desactivará como amenaza. 

El problema es que el nacionalismo y el nacionalismo soberanista en el poder es la mayor amenaza, porque se nutre de ese discurso para mantenerse ahí y, por tanto, la tensión permanente que introduce en la política española es evidentemente nuestra mayor amenaza. La izquierda siempre le ha comprado el discurso al nacionalismo, favorecido por el hecho de haber tenido la hostilidad del franquismo, lo que le ha dotado de una idea de progresismo que no tiene y que ha utilizado la izquierda. La izquierda ha blanqueado al nacionalismo cuando este tiene ya una pátina oscura que debería ser denunciada y no blanqueada en ningún caso.

Con Ciudadanos y Podemos perdiendo fuerza, ¿estamos más cerca de volver al bipartidismo o una eclosión de partidos ultralocales puede hacerlo estallar?

En este momento hay una exagerada percepción de que la plataforma de la España vacía va a desequilibrar el mapa electoral. Puede hacerlo, pero en este momento se opera con presunciones más que con certidumbres. En muchos territorios se sienten abandonados y desatendidos. Ese es un caldo de cultivo excelente para el discurso populista y puede convertirse en la bisagra para que pivote el bipartidismo. Yo creo que Ciudadanos volverá, pero será en un futuro. Va a tener que hacer una travesía en el desierto como han hecho varios partidos liberales en Europa. Hay espacio para un partido liberal, aunque nunca será mayoritario y esa fue la tentación que perdió Albert Rivera, pensar que se podía convertir en el partido dominante en la derecha. 

Le pasó como a Podemos y como le pasará a Vox. 

¿Nunca le ha tentado la política? Quizá estuvo cerca cuando entró en Libres e Iguales.

Soy muy reacio a firmar manifiestos y a las plataformas. Pero cuando yo entré en Libres e Iguales había gente de izquierdas y gente de derechas. Era un respuesta cívica al procès. Nunca me sentí incómodo allí. En aquel momento no tuve ninguna oferta definitiva cerrada, pero sí alguna propuesta de valorar la entrada en política por el entorno liberal socialdemócrata que representaba el Ciudadanos de 2015. En principio no creo que tenga perfil político, no tengo esa disciplina dentro de una organización para militar en un programa. De haberlo hecho por alguno, sería para ese Ciudadanos de 2015. 

Qué momento para ser periodista, ¿no?

(Ríe). Todos los momentos son buenos para ser periodista. A todos nos gusta esa maldición china de que ojalá te toquen momentos interesantes, pero yo creo que casi todos los tiempos son interesantes y que el periodismo siempre ha sido una preciosa tarea profesional. Los periodistas no estamos mejor que siempre, estamos más bien casi peor que nunca, pero el periodismo sí está casi mejor que siempre. En este momento se dan las mejores circunstancias para hacer el mejor periodismo. La única salvedad es que el mejor periodismo estaría bien que estuviera bien pagado. Un periodista expuesto a malas condiciones económicas se convierte en un profesional muy expuesto al despido, es decir, en un profesional a la defensiva. Esto te lleva a evitar ser incómodo o no cruzar ciertas líneas rojas. Yo acabo de vivir en la incomodidad de estar en un medio, saber que el periódico te llegaba a considerar una de sus líneas rojas y acabar saliendo de El País. Eso es algo que debes aceptar también. 

Más allá de las condiciones económicas, suena mucho aquello de que tiempos pasados siempre fueron mejores pero, ¿se hacía mejor periodismo antes?

Se hace mejor periodismo ahora, contundentemente. Lo que ocurre es que un periodista está mejor formado, tiene mejores herramientas y la capacidad de contar mejores historias ahora, pero el periodismo no es necesariamente mejor ahora. En el sentido de que el periodismo se ha construido en torno al modelo de negocio basado en la publicidad, que en los escaparates publicitarios que eran los periódicos de papel alcanzó una potencia formidable en el siglo XX. En aquellas plataformas con un músculo excelente podían cumplir la función de contrapoder que tenían asignada en una democracia, pero en algún momento eso empezó a dejar de funcionar. Ese periodismo que se revitaliza bajo la doctrina de oposición permanente conocería su envilecimiento porque todos los periodistas aspiraban a conseguir un caso Watergate, a derribar a un concejal al menos; lo que no nos llevó al mejor periodismo. No es internet lo que mata a un periódico de papel, es esa decadencia que venía arrastrando. 

¿Qué influencia tiene internet sobre el periodismo, entonces?

Hoy con internet tenemos un mapa más plural, que tiene registros críticos mucho más ricos, el problema es que no tiene un modelo de negocio. Y hasta que este no se recupere al periodismo le faltará músculo. Hoy los periodistas estáis mejor formados y hacéis mejores historias, pero cuando la independencia económica no es sólida el periodista termina actuando bajo el instinto de protección de su puesto de trabajo. Se autocensura para evitar su despido, que hoy es muy fácil, al contrario que en el siglo XX, cuando las redacciones llegaron a ser trincheras inexpugnables, como elogia Umberto Eco en algún trabajo. En ese sentido el periodista pierde potencia de fuego, en el momento en que el periodismo encuentre el modelo de negocio, que lo hará; veremos una reducción de los actores, pero no hasta el punto de lo que ocurría en el papel y volverá la independencia económica y volverá la independencia editorial. 

Ahora, la velocidad hace que duren menos las noticias, las investigaciones, los debates… ¿Aguantan los políticos los scoops porque la opinión pública los olvida en dos semanas?

Sí, el debate es vertiginoso y un político sabe que puede esperar a que pase cualquier ola. Incluso los grandes escándalos de corrupción tienen fecha de caducidad. El periodismo es el primero que comete un error con esa tentación del clic y con esa aceleración. Cuando hay un asunto importante, lo importante es poner a los periodistas a trabajar en ese asunto. Ciertamente, el ruido tiene a veces más impacto que la profundidad. Hay algunos digitales en España que usan el clicbait hasta un punto en que sonrojante sería poco, hay otros en los que se está haciendo una apuesta más rigurosa. Yo creo que el periodismo ahí si tiene un terreno en el que hacer un propósito de enmienda, porque ahí sí nos desacreditamos.

Y en la opinión, ¿con internet se pierde el formato o se revitaliza?

En el mundo del papel, cuando había unos pocos, tenía un carácter totémico. La realidad es que en la opinión en esos periódicos había unas figuras que eran vacas sagradas. Ahora se ha expandido el mercado y ya no opinan 10, sino 1.000; por lo que ocurren dos cosas: que la calidad media baja y que aumenta la riqueza de voces. A partir de ahí, hay medios que tienen secciones de Opinión que están infladas rebajando las exigencias y otros que han entendido que este es uno de los espacios por los que hay que apostar, como el viejo periodismo de revista, y probablemente el ejemplo más significativo sea THE OBJECTIVE. Ver el friso de firmas que tiene THE OBJECTIVE es muy difícil de igualar, no ya por parte de los grandes periódicos de papel, sino por el resto de medios. 

¿Condiciona la exposición directa en redes sociales a la hora de escribir columnas?

Evidentemente las redes sociales son una oportunidad y, también, un espacio de riesgo. En las redes sociales esa tentación del clic es muy significativa. Lo veo como un mentidero en el que es agradable reunirse y donde poder ser un poco más sarcástico e ir un poco más allá. Otra forma de agitar el debate. Es un espacio de grandísimas oportunidades, pero solo si tomas posición del sitio que tienes y cuidas tu marca personal.

Opina desde provincias para temas nacionales, ¿cómo se lleva estar lejos del Parlamento, aunque cada vez se vea menos nivel parlamentario?

A mí me gusta opinar desde la periferia. Defiendo que hay que opinar desde la periferia y me gustó mucho que algún medio nacional se tomara en serio que hubiera voces de la periferia. La visión madrileña era demasiado pesada y algunos creían que el mero hecho de estar en el Parlamento te convertía en la mejor voz para opinar de la política nacional. Hoy, con la tecnología de la que se dispone, se puede tener fuentes y relaciones con dirigentes nacionales sin tener que estar en Madrid. Yo creo que se debe hacer un análisis desde todas las comunidades para enriquecer el periodismo.

En Andalucía también está el río revuelto y no hace mucho consiguió que Juanma Moreno le diese una horquilla temporal para las próximas elecciones, póngase los prismáticos y haga un vaticinio del futuro andaluz.

Ahora mismo tenemos algunas claves y algunas encuestas que hacen pensar que la derecha se mueve en una posición hegemónica sobre la izquierda. El PSOE no ha podido recuperar en una legislatura la fuerza suficiente para volver al poder. Es como esos equipos que bajan a Segunda y tienen una temporada de gracia para subir de categoría, pero si pierdes esa oportunidad, vuelves a entrar en el juego en igualdad de condiciones y lo tienes más difícil. Juanma Moreno ha construido un buen perfil, en el que ha vendido un buen perfil muy moderado a una comunidad que tenía ciertas reticencias a la derecha. Además, ha aderezado ese perfil de andalucismo, sin dejar que Génova dicte las estrategias del PP aquí. Es simbólico que en los últimos congresos regionales del PSOE y del PP el himno de Andalucía solo sonara en el de los populares. 

Juanma Moreno tiene una valoración alta y una posibilidad de alcanzar la mayoría absoluta. En el momento en que PP o PP y Ciudadanos sumen, van a hacer lo mismo que ha hecho Ayuso, es decir, no meter a Vox en el gobierno. Eso tiene la ventaja de no crearte dependencias y el inconveniente de no poder desactivar a Vox como perfil antisistema.

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